Historias del manicomio, tercera parte, uno.

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- Como no podemos tener a todos los locos dentro, encerramos sólo a los cuerdos.

Tal enseñanza fue la que me practicara la doctora en nuestro segundo encuentro casual matritense. Ya me trataba casi de colega- pensé-, pues fue un domingo, mi día libre, y me pilló con mis mejores galas, y avezado, como se contó, en la materia.

- Mismamente tú, que te das ínfulas de entendido en el tema, si fuera posible hacer lo que te he dicho antes, estarías mejor dentro que fuera. A los efectos de ser fieles al espíritu de la letra.

Ahí sí me caló hondo y cuando nos fuimos a despedir, junto al Manzanares, en el puente de Toledo- yo Paseo de los melancólicos hacia arriba y ella a Opañel, Carabanchel bajo, Spain-, me vino la vena de loco de otros tiempos y la besé, como en pretéritos tiempos, en la boca. Al principio ofreció una pequeña resistencia, pero como no me eran desconocidos sus entresijos, se operó una fuerza irresistible que abrió todas las puertas. Tampoco fue menos importante que uno fuera vestido con los aditamentos propios de un gentleman o como se diga. El caso fue, que tras la primera impresión, por pillarla desprevenida, en las hornacinas de tal puente, nos besamos y abrazamos como unos novios cualquiera.

- Te tienes que ir ya a cambiarte de ropa, o piensas entrar al turno esta noche con traje y corbata.

La doctora, no lo podía evitar, tenía una lengua que uno en su ignorancia asimilaba a un abrelatas, por tener la facultad de dejarme siempre en evidencia y mostrando el interior de mi persona. Menos mal que no lo hacía con gente delante, por lo que el escarnio minoraba. Ella era así, lo mismo que estaba de buena.

En ese momento cantaron un gol en el Calderón, con lo que se redondeó- uno era del Atleti- aquel atardecer la faena.


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