La noche de S. Juan

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Nos invitaron a tomar unas cervezas y algo de picoteo una tarde de verano calurosa y agitada. Se trataba de la noche de San Juan. Había bastante gente, música, cigarrillos de marihuana y muchas ganas de disfrutar. Venía con nosotros Xusa Chela, una bruja de la Galicia más profunda..., con decir que solo hablaba gallego. Ella decía que si venía con nosotros era por algo y yo que la conocía bien, me temía que la iba a liar. Pero no me quedaba otra que estar a su lado y traducir todas las rarezas que probablemente se iban a dar.

Un colega que toca los tambores trajo a su maestro. Un músico africano de primera calidad. La verdad, no sé cómo apareció en la penumbra del atardecer, trayendo consigo un sonido envolvente de lo más vibrante y misterioso. La cosa empezó como un ligero trance que fue subiendo a medida que anochecía.

La hoguera subió de tamaño y su luz añadió nuevas formas y movimiento a la psicodélica fiesta que poco a poco iba in crescendo. Xusa Chela puso sus ojos en blanco y lanzó un conjuro en el gallego más arcaico que se pueda oír. Tenía que ver con unas meigas antiguas que habitaban un sub-mundo al que solo ellas podían acceder. No se trataba de algo negativo, al contrario, las meigas pertenecían al "círculo de las curandeiras", así que era el momento idóneo para protegerse del mal de ojo y de las enfermedades. 

El maestro del tambor creó una melodía especial solo "tocada" con su energía ya que sus manos deslizándose por el espacio no tocaban el tambor. Mientras tanto Xusa elevó los conjuros de tal manera que empezaron las manifestaciones luminosas. Se trataba de entidades curativas enviadas por el Señor de la Salud, un Ser que dominaba todos los espíritus responsables de las enfermedades. Aquella noche saldríamos de allí limpios de alguna enfermedad. 

Más tarde Xusa pidió el aguardiente y se trincó un cuarto de botella de un solo trago. Exhaló y salieron chispas de su boca que danzaron alrededor del fuego como si tuvieran vida propia. Aquellas volutas de energía podían tocarte y convertir tu mente en un chicle de felicidad. El subidón era único, como si ya lo supieras todo, ya no había misterios. 
- Pero que tontos que somos - me decía a mí mismo. Vivimos en la más absoluta ignorancia y no exploramos regiones de la conciencia que explican muchos misterios que están por esclarecer. Qué se le va a hacer.
Resulta curioso que en una fiesta acaben todos indagando en el fondo de su conciencia, pero todo hay que decirlo, el que no estaba borracho se había tomado algún trocito de cactus San Pedro que había traído Juan. Otros tomaron cookies de Thierry y alcanzaron el éxtasis. Todo esto con cervezas de gengibre y de frambuesa, eso sí, tocadas por la mano de Xusa, que a partir de esa noche ya fue Santa.
Todo esto pudo ocurrir el veintitrés de junio de dos mil veintidos.

P.D. Saltamos la hoguera y pedimos deseos.

 

 


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