Susurros (1/3)

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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No soy una persona de fe. Tampoco creo en temas paranormales. O mejor dicho, no lo era hasta hace poco tiempo. Lo que estoy a punto de revelar puede que sea el principio de mi fin, pues revivir aquellos sucesos nuevamente, puede que lleven a dejar atrás el frágil camino de la cordura, y me hagan saltar hacia el abismo de la locura y lo absurdo. Intentaré no desvariar en la medida de lo posible, pero no puedo prometer nada. Dejaré plasmadas en este papel todas y cada una de las palabras que voy a contarles, pues quiero que quede constancia de lo vivido, aparte de dejar una nota de advertencia a todo aquel insensato, que, como yo, reniega de lo absurdo y lo oculto.

Todo comenzó un atardecer tras la visita a unos parientes en el apartado y pequeño pueblo de Villa del Monte. Hacía tiempo que no veía a mi tía Carmen y al tío Andrés, casi tanto como años hacía que había fallecido su único hijo, mi primo Simón. Siempre tuvimos muy buena relación los cuatro, la cual, tras el repentino fallecimiento de mi primo, se vio cortada y enterrada el mismo día que Simón. Ahora no recuerdo el por qué, pero algo me empujaba a descolgar el teléfono y hacerles una llamada tras la cual, subí a mi coche y fui a visitarles. Como digo, al atardecer de ese mismo día emprendí el camino de vuelta a casa. Ellos insistieron en que me quedase a dormir allí, pero lo cierto es que no apetecía estar más tiempo del indispensable dentro de aquella casa, la situación por algún motivo desconocido había cambiado, por más que ellos no quisieran aceptarlo. Tras arrancar el coche, sintonizar una emisora de radio y despedirme de ellos, conduje de vuelta a casa. El astro rey me abandonó al poco de iniciar la marcha, y rápidamente la luz tenue de la luna empezó a bañar de sombras todo el paisaje. A la media hora de iniciar la marcha, un ligero pero constante sopor se empezó a apoderar de mí. Bien por el vino de mis tíos, bien por la soporífera música de la radio, lo cierto es que cada vez me costaba más tener una visión nítida del entorno. 

Por suerte y como surgido de la nada, pude divisar un cartel que indicaba que en la próxima salida había una pequeña zona de descanso. Lo cierto, es que no recuerdo haberlo visto en el camino de ida, no obstante, me quedaban por delante casi 3 horas de viaje y no me veía con fuerzas de completar el monótono trayecto de vuelta. Puse el intermitente y tomé el desvío que se adentraba hasta el bosque de las afueras del pueblo, aunque, a decir verdad, toda la zona estaba rodeada de bosques, lagos y montañas, y la niebla en las noches era una compañera asidua del entorno. Tras adentrarme unos 100 o 150 metros, me encontré con una serie de pequeñas cabañas de madera en un pequeño claro del bosque, cuya zona estaba alumbrada débilmente por una pequeña farola alimentada con un pequeño pero ruidoso motor de gasolina. Había un único coche aparcado por fuera, supuse que sería de la persona encargada de la zona de descanso, y pude confirmarlo una vez entre en la cabaña que estaba identificada con un cartel que ponía “recepción”. Allí la persona que estaba al cargo se encontraba sentada leyendo un periódico de hace 2 días, la radio estaba encendida al igual que la pequeña y vieja televisión que colgaba de la pared. Me quedé mirando al recepcionista y al ver que este no reparaba en mí, decidí iniciar yo la conversación.

- Buenas noches.

No hubo respuesta por su parte. Tras aguardar unos instantes donde la única respuesta que hubo fue el parloteo de la radio y el ruido blanco de la televisión, volví a insistir.

- Buenas noches – dije esta vez más alto.

- Buenas noches… le he oído la primera vez – respondió.

- Pues quién lo diría – contesté más para mí que dirigiéndome a él.

- ¿Deseaba algo? – preguntó el recepcionista.

- Pues si no es mucha molestia, quisiera alquilar una cabaña para pasar la noche.

- No es molestia señor… ¿seguro que quiere pasar aquí la noche? – en todo momento el recepcionista seguía leyendo el periódico sin tan siquiera mirarme. 

- Si, estoy seguro de ello – contesté.

Tras esto, el recepcionista dobló lentamente el periódico, abrió un cajón de la mesa a la que estaba sentado y lo guardó. Se recostó ligeramente en la silla y entrelazo los dedos, apoyando las manos sobre su marcada barriga.

- Estaba a punto de marcharme, pero no hay problema, puede quedarse si quiere.

- Bueno, siento que se tenga que quedar aquí por mi – le dije con sinceridad.

Él me miró durante unos instantes, tras las cuales, se dibujó una pequeña y rápida sonrisa en su boca para acto seguido contestar:

- Yo no pienso pasar aquí la noche señor.

Lo miré con extrañeza ante su respuesta. ¿Me quedaría solo en aquel lugar en ese caso? Demasiado cansado como para seguir pensando y proseguir aquella conversación, simplemente torcí el gesto dándole a entender al recepcionista que me daba igual, sólo quería descansar. “Como quiera” contestó, acto seguido se levantó de su vieja y desgastada silla, y me guió hasta la que sería mi cabaña durante esta noche. Nada más abrir la puerta, un olor rancio y cargado inundó mis fosas nasales. Encendí el interruptor y como era de esperar, la cabaña seguía el mismo patrón de mantenimiento que la de recepción. Muebles viejos y desgastados se fusionaban con un suelo entablado igual de bien conservado, regado con una buena cantidad de barro que indicaba que la limpieza de aquel lugar brillaba por su ausencia. Me mantuve debajo del marco de la puerta sin llegar a entrar en el interior y pude observar unas extrañas huellas marcadas en el barro que había dentro de la cabaña. Aquellas huellas despertaron en mí una ligera inquietud. No era experto en la fauna local, pero desconocía por completo qué clase de animal podría dejar unas huellas semejantes. El recepcionista se percató de mi hallazgo.

- No se preocupe, si cierra la puerta con llave no entrará ningún animal por la noche. No lo olvide – me dijo.

- ¿Qué clase de animal deja estas huellas, usted lo sabe?

- Hay toda clase de animales por esta zona, jabalíes, zorros, ciervos. Puede que hayan entrado varios animales distintos. A veces las puertas se quedan abiertas para ventilar las estancias, y bueno, estamos rodeados de naturaleza – fue su respuesta.

Asentí ligeramente con la cabeza mientras recorría la cabaña con la vista.

- Bueno señor, yo me marcho. Empieza a ser noche cerrada y debo salir ya. Si el motor de luz se para, le recomiendo que coja una de esas garrafas de gasolina que hay en el pequeño cobertizo de ahí – dijo señalando al cobertizo que no había visto hasta ahora – y lo rellene o se quedará sin luz. Y la luz, bueno, puede espantar a ciertos animales de la zona.

- Gracias, lo tendré en cuenta – respondí.

Le pregunté por el precio de la estancia y el tono de su respuesta me dejó con un escalofrío en el cuerpo y con la duda de si no sabia algo más que no me estaba contando respecto a esas extrañas huellas. “Si sigue aquí mañana por la mañana, hablaremos del precio señor”. Y con esas inquietantes palabras en el aire, se dio media vuelta, arrancó su coche y se perdió entre la espesa niebla y la oscuridad más densa.

 

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