Bárbara y el gurú

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Bárbara, mujer de unos 50 años, rubia, largo cabello, alta, de cuerpo esbelto, atractiva, pulsó el botón del portero automático en donde un cartelito indicaba "Centro". A los pocos segundos se oyó una voz masculina que preguntaba quién era. Ella se identificó y la puerta de la casa se abrió con un zumbido. Subió por unas empinadas escaleras al primer piso. La puerta estaba entornada. Vestíbulo, cocina, un cuarto que servía de almacén y un corto pasillo que desembocaba en una espaciosa sala. Un hombre joven la recibió con un apretón de manos. 

- ¿No ha venido nadie más? -preguntó Bárbara.

- De momento, no. Ya sabes que en agosto viene poca gente. Estoy preparando todo, ¿me ayudas?

El suelo de la sala estaba alfombrado y había varios cojines.  Sobre una especie de altar colocaron ramos de flores, encendieron incienso y velas. En el techo giraban las astas de varios ventiladores. 

Un cuarto de hora después aún no había llegado nadie.

- ¿Qué hacemos? -preguntó ella.

- Vamos a meditar nosotros. Cierro la puerta y pongo la música relajante. Siéntate en el suelo sobre un cojín.

El joven cerró la puerta con llave, que dejó puesta, y en la habitación que servía de almacén conectó un aparato con música relajante. Entró después en la sala. Bárbara se había sentado en posición de loto, que el joven también adoptó ante el altar en donde figuraba una foto de gran tamaño de una mujer de aspecto hindú a la que llamaban Madre.

Ambos cerraron los ojos y el joven habló en tono bajo citando los chakras y explicando la función de cada uno de ellos. Durante unos minutos recitaron unos mantras. Después, permanecieron en silencio durante unos diez minutos. Durante la sesión de meditación nadie se presentó en el centro.

El joven se levantó y preguntó a la mujer:

- ¿No te das cuenta de que esto es una señal de Madre?

A Bárbara le extrañaron sus palabras, que no comprendía.

- ¿Qué quieres decir? -le preguntó.

-Madre ha propiciado que hoy nos encontremos solos tú y yo en el centro atendiendo a nuestros íntimos deseos. Siempre hay gente aquí, unas veinte personas en los mejores días y unas ocho o diez en los peores, pero hoy no ha venido nadie más,, y por algo será.

Bárbara le miró con expresión sorprendida.

- ¿Qué quieres decir con eso de que Madre atiende nuestros deseos íntimos? -le pregutó.

-Mi deseo es que quiero entrar en ti, ocupar tu cuerpo, y el tuyo es que quieres tenerme dentro de ti.

Bárbara se levantó con algo de esfuerzo, con la ayuda del joven.

- Tú eres muy joven, te doblo la edad, estás casado y yo también.  Te admiro como gurú, como guía espiritual de esta secta, pero en qué te basas para creer que te deseo.

- En tus miradas mientras dirijo las sesiones de meditación cuando hay gente. Muchas veces te he sorprendido mirándome de manera especial.

- Es que me sorprende que siendo tan joven seas tan buen maestro. Pero he de reconocer que alguna noche he tenido sueños eróticos contigo, tal vez producto de que ya no tengo relaciones íntimas con mi marido, enfermo del corazón. 

- Madre lo sabe y nos ha dado a los dos la oportunidad de entregarnos uno al otro, delante de su fotografía -insistió el joven gurú- Sabes que su filosofía explica que no hay que tener apegos a las cosas ni a las personas, y que no somos culpables de nada. Las cosas suceden porque Dios lo quiere...

Bárbara no podía evitar sentirse excitada. Las palabras del joven gurú, el calor y el aroma de los inciensos contribuían a ello. Decidió que no había nada malo en ello. Mirando al joven se bajó los pantalones y se puso a cuatro patas sobre cuatro cojines, apoyada en las palmas de sus manos y en las rodillas. 

- Fóllame por detrás, no quiero ver tu cara. Me imaginaré que eres mi marido y así me sentiré menos culpable.

El joven se colocó detrás de ella, se desnudó de cintura para abajo, se inclinó y le acarició las nalgas. Luego se arrodilló, le ´quitó la braga, le separó las nalgas con ambas manos, se demoró en la contemplación de su carne y le pasó la lengua por el culo y el pubis cubierto de abundante vello negro. Bárbara emitió sonoros gemidos de placer. El pene del joven, largo, ancho y duro, la penetró con facilidad, pues su coño estaba muy húmedo. Con sus manos apoyadas en los hombros de ella le embistió repetidamente con progresiva intensidad. Ella, fija la mirada en el retrato de Madre, a la que entregó su disfrute,  sintió un inmenso placer y daba gritos de baja intensidad, preocupada por no  ser oída por los vecinos. , 

- Libérate y grita todo lo que necesites --le animó el joven gurú.

Bárbara gritó desde entonces como si la acuchillaran.

Media hora después, el joven se retiró de ella y ambos se acostaron, agotados, sobre la alfombra.

Bárbara se colocó encima de él y le chupó la polla hasta que consiguió que se pusiera otra vez en erección. Cuando el joven eyaculó, ella se tragó todo el semen.

- No había gozado nunca como hoy -admitió Bárbara- y no me siento culpable.

- Madre nos ha permitido este feliz encuentro -comentó él.

Una media hora después se vistieron y en el momento de despedirse, Bárbara le dijo:

- Ha sido una experiencia increíble, pero no se repetirá. Si otro día estamos solos aquí, me iré.

- Como tú quieras -admitió él- Pero conoces a mi heremano, somos muy parecidos. Un día, si coincidimos los tres aquí, sin más testigos, podemos montar un numerito.

- Estoy segura de que harás lo posible para que suceda. Ahora me voy.


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