No fue su guerra

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Me mostró algo que ella podía,

me trasladó en el tiempo con cuentos

que podían parecer tan despiadados

como la vida misma.

Aquel pasado envuelto en suspiros tan profundos que, 

solo emanan, cuando un dolor ha sido sutilmente encubierto por otro dolor.

Sus ojos ciegos, junto con sus manos,

me buscaban  para trasladarme a aquellos años

en los que lavaba ropa ajena en el río,

para dar de comer a los hijos que la naturaleza quiso darle.

Quizás no trabajó lo suficiente

porque de los siete, dos murieron de hambre

y el mayor que los cuidaba, de pena.

Había por aquel entonces olor a pólvora, soldados con plomo

y hermosas princesas tan delgadas como el hambre,

vestidas de luto y con zapatos tan blancos como la cal.

Yo quería quedarme allí con ella,

quería consolar y saber más de aquellas princesas,

me parecían poderosamente mágicas.

Mas por su necesidad que por la mía

mi princesa me trajo al presente

desenvolviendo la tragedia, envolviéndola en una aureola

de mágica calma que paralizaba nuestro tiempo.

Un año de mi vida tardó en pasearme de la mano

por los asombrosos límite de la suya.

Su destino no era aquel, lo sé

en aquel último viaje me mostró, que hay seres humanos 

que tienen poderes, atreviéndose a cambiar los destinos;

aunque la sangre se les cuele entre los dedos.

Aun así ella ganó, mi princesa oscura solo tenía ciegos los ojos.

 

 

 


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