EL VERANEO 1

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Aquel día Mario Rius que era un hombre de cincuenta años de edad, removiendo unos papeles que estaban en el cajón de la consola de su casa descubrió casualmente una diminuta foto en blanco y negro de sus parientes maternos en un lejano día de verano aproximadamente del año 1930 del siglo pasado, disfrutando del campo.

Sin ninguna duda aquella foto había sido hecha con una pequeña y sencilla máquina que no tenía ninguna complicación, dado que el ser humano desde que había empezado a tomar conciecia de sí mismo había tenido la necesidad de verse reflejado, de perpetuarse eternamente sea en un lienzo, o en una foto tan pronto como empezaron a surgir las incipientes tecnologías; aunque en aquellos años muy poca gente disponía de tales aparatos, por lo que en las celebraciones familiares tenían que acudir a los fotógrafos profesionales del barrio.

Mario recordaba bien cómo eran las vacaciones de verano en aquella época puesto que se lo había contado su familia infinidad de veces, que sólo las podían hacer por breves días la gente más o menos acomodada ya que la clase obrera no se podía permitir aquellos lujos.

Al empezar los primeros calores Isabel la madre de la familia Rius llevaba a sus hijos pequeños al consultorio del médico de cabecera, que solía ser amigo del matrimonio, para que este les hiciese un chequeo y le diera las indicaciones pertinentes para la salud de los mismos.

- Tus hijos están bien - tranquilizaba el doctor a la mujer tras el exámen con su habitual aire de grandilocuencia, ya que él era el "mago" de la salud pública-. Ahora es conveniente que los llevéis una temporada a tomar baños de mar, y luego es mejor que paséis el resto del verano en un pueblo de montaña, a respirar aires sanos.

- Claro que sí, doctor- respondía muy circunspecta Isabel.

A la familia Rius alguien les habló de la playa del Masnou que era un pueblo marítimo del litoral catalán que no estaba muy lejos de Barcelona. Así que Isabel y su familia tomaron el quejumbroso tren que por supuesto iba con una máquina de vapor y que fue el primero en circular en la península, el cual iba de la capital a Mataró - el pueblo principal de aquella zona- y al cabo de un tiempo que a la familia se le hizo muy largo, llegaron a la playa en la que en un extremo de la misma había algunas barcas de pescadores, y al fondo se veían unas casetas de tosca madera para que la gente se pudiera cambiar. Y así como hoy en día todo el mundo va a la playa en verano y España  practicamente vive del turismo que suele ir a la Costa, en aquellos años era todo lo contrario y quien se atrevía a adentrarse en el mar se le cosideraba un loco, un tipo temerario. Tal como recomendaba el médico de la familia Rius lo que se estilaba era ir al campo; a los pueblos del interior. Mas por lo visto en aquella ocasión la gente había decidido ir a la playa y llevaba sus fiambreras con la comida y la bebida como quien va de pícnic al monte a pasar el día. Por entre los bañistas merodeaban los minuteros que eran fotógrafos ambulantes, que llevaban a cuestas sus utensilios en un trípode, para inmortalizar a quien se lo pidiese aquella festiva y alegre jornada. Por otra parte, el mar aquel día estaba algo revuelto por lo que las personas que estaban en el agua, todas jugaban con las olas riendo pero agarradas a una cuerda, muy cerca de la orilla porque nadie sabía nadar.

Los días de playa pasaron muy pronto, y la familia Rius como era habitual fueron a pasar lo que restaba de vacaciones a un recóndito pueblo de montaña llamado Martorellas que se encuentra en el Vallés Oriental entre el río Besós y la cordillera Litoral. Cuando la familia y otros veraneantes llegaban allí no era raro percatarse que los habitantes del lugar  refufuñaran por la llegada de los forasteros; era como si a ellos les incomodase su presencia puesto que los veían demasiado remilgados y altivos Se trataba de una pequeña villa rodeada de huertos y algunos pinos en el que en la plaza central había una iglesia de estilo románico.

Como en dicho pueblo no había demasiadas distracciones los veraneantes organizaban excursiones a una fuente llamada Sunyera en la que se decía  que salía el agua muy fresca, la cual se hallaba casi en las inmediaciones de aquel municipio. En realidad la sociedad de aquel entonces tenía obsesión por las fuentes rurales. De modo que la familia Rius cuyo padre de los niños era un industrial de tejidos, en compañía del progenitor de Isabel llamado Carlos que era un apoderado de la multinacional inglesa Fabra&Coats dedicada a la fabricación de hilaturas, junto a los primos de la mujer un sábado por la tarde se encaminaron hacia aquella famosa fuente.

Esta se hallaba en un recoveco del paisaje rodeada de higueras, y todos se acomodaron junto a unos árboles, dispuestos a beber agua con vasos de latón. Pero para excitarse la sed  comían pastillas de chocolate que les inducían  a tomar el precioso líquido constantemente.

- Respira nena, que esto es salud - le dijo el patriarca Carlos a su hija.

- Sí, papá - respondió Isabel obediente ya que ella sentía veneración por su padre.

- Que tranquilo es esto - dijo de pronto el primo de Isabel llamado Enrique que era un joven soltero que estaba empleado en la multinacional en la que trabajaba su tío Carlos-. Ojalá en Barcelona reine la calma y la paz - añadió éste refiriéndose al caos social que se había vivido en la ciudad con los atentados terroristas de los anarquistas, seguido del pistolerismo que estaba propiciado por los fabricantes quienes contrataban a sicarios para que asesinaran en plena calle a los sindicalistas; razón por la cual era muy peligro deambular por la ciudad.

- ¡Sí! Ya era hora de que saliese alguien con autoridad en el Gobierno de la nación que acabara con esto y que vuelva a imperar la Ley y el orden - repuso en un tono marcial el padre de Isabel pesando en la dictadura de Primo de Rivera. Pues los hombres de aquella época eran muy estrictos en su comportamiento y en su manera de pensar, sobre todo si veían peligrar sus inereses económicos.

Entonces Enrique se sacó del bolsillo una pequeña máquina de fotografías que la había comprado en los Encantes de Barcelona, e instó a la comitiva para que se juntaran en grupo para hacerles una fotografía; que era precisamente la que había encontrado Matio Rius en la consola. 

                                                               CONTINÚA

 

 


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