Chiquita

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He conocido a Vero de una forma puramente ocasional, ella regresaba de despedir al novio que se desplazaba por cuestiones de trabajo y mi amigo Jaime la encontró e invitó a una reunión de amigos a la que él se había invitado por su interés por Mónica, una argentina que a su vez se invitó atraída por Alfonso que es quien la organizó.

Vero es chiquita, prudente, con voz suave y de una delicadeza que me llama a cuidarla desde un primer momento. Busco el acercamiento y enseguida percibo que mi cuidadosa actitud le complace y entonces persevero en ello. Es entusiasta y en cada tema que toca pone de su cosecha personal con un encanto que me llama a una atención en exclusiva. Sin apercibirnos hemos hecho un aparte, la dejo hablar y la escucho con el máximo interés y diría que con embeleso. Está encantada con mi atención, le sigo en cada tema que propone, se abre a las cuestiones más diversa del arte, la ciencia, la política, sabe de todo y lo razona con una sensibilidad única. No hay forma de no estar de acuerdo con ella por su sentido común, pero es que, además, tiene unos ojos preciosos, una boca redonda de dulce y sobre todo es proporcionada y chiquita. No alcanza al metro cincuenta y tiene una fragilidad física que me llama a protegerla y mimarla. Empieza la despedida del grupo y nos sorprende tanto que no sabemos que decir, no estamos preparados para separarnos. Quedamos solos y seguimos hablando, la invito a casa y viene sin pensárselo. En casa la cuido con mimo, busco el lugar mejor para ella, la atiendo con mil detalles, le ofrezco cuanto tengo consumible de calidad y ella sigue con su amena conversación llena de detalles curiosos y de pinceladas sutiles de candor. Adquirimos un grado de confianza que le permite poner su mano en mi brazo o darme con el codo a modo de complicidad. Cada uno de sus acercamientos abre en mí expectativas nuevas e imprevistas. No soy capaz de poner fin a la velada y ella tampoco, nos desplazamos al sofá buscando el confort y allí seguimos juntos, curiosamente sin hablar. Estamos tan cerca el uno del otro que no me cuesta poner el brazo por sus hombros y ella se acomoda y encaja su cuerpo con el mío. Estamos tan a gusto que nos quedamos en una quietud complaciente. Sorpresivamente suena su móvil y la despierta como de un sueño profundo. Le cuesta reaccionar. Cuando lo hace me indica la llamada para advertirme que es de su novio. Le da contestaciones breves, luego sigue con evasivas y termina diciéndole que está muy cansada. Cuando se despide y cuelga, en su gesto advierto cierto desconcierto, no sabe muy bien como asumiré el haberme obviado sin mencionarme tan deliberadamente. Cuando desconecta el móvil y vuelve a inclinarse sobre mí, percibo como su calor corporal es otro, ha sido algo repentino, presumo que acaba de tomar conciencia de nuestra realidad juntos y cambian para ella algunas cosas. Tal vez, toma consciencia de que su abandono no es tan casual, que una especie de imán nos atrae de forma incontrolada. Acaricio sus brazos con delicadeza y percibo su entrega. Temo mancillar tanta hermosura y soy breve en cada caricia. Me siento el ser más privilegiado cuando me roza con sus labios. Sus dedos inquietos me van dando pistas, desea algo más de mí, no quiere sobreponerse sino abandonarse a mis avanzadillas. El primer beso me sabe a néctar, los siguientes me abren a la locura y la paladeo con deliciosa fruición. Su cuello se hace más breve al sentir la humedad de mis labios. Con parsimonia exquisita la voy despojando de prendas sin que ponga reparos, está demasiado abstraída en mis caricias y su deseo. Desnudos sus pechos diminutos los abarco uno a uno en mi boca y hago vibrar sus pezoncitos con giros endiablados de lengua. Gime complacida. La contemplo con verdadero embeleso. Es realmente maravillosa. Tardo en retirar su prenda más íntima porque tengo que ir sobreponiéndome a la emoción que me invade. Apoya sus nalgas redondas, preciosas, chiquitas y al abrir sus muslos me sobrecoge su pubis cuidado y la humedad que ya se manifiesta tras sus rizos. Busco el néctar de su intimidad y acoplo mi cara a su hendidura abierta y deseosa. No tardo en sentir su aceleración, sus espasmos breves y continuos que me acompañan en cada uno de los giros internos de mi lengua. Sus gemidos ahora son profundos y sostenidos. Su sabor me embriagaba y enardece. Ella se deja hacer y se abandona en total complacencia. Mi virilidad desde hace rato está desenfrenada, frenética por salid de su escondrijo y deseosa de tomar parte de este festín maravilloso. Me he resistido prudente, temiendo que su presencia lo alterase todo, aunque soy consciente de que la sensatez huyó de mí tan sólo verla. Ella, con la delicadeza que acompaña cada uno de sus gestos, la busca con su mano, pero queda quieta e incapaz de proseguir cuando alcanza a valorar su potencial. Estoy demasiado alterado para dar marcha atrás. Retomo las caricias de su hendidura mientras libero inquieto a mi aguerrida compañera. Ésta, en libertad, pronto establece un mando manifiesto. Vero que está sumida en la impresión, ahora no deja de contemplarla en una mezcla de sobresalto y deseo descontrolado. Cuando cierra los ojos y su boquita redonda se entreabre me enloquece. Sin dejar de contemplar su cuerpo chiquito y sugerente voy incorporándome para propiciar un acercamiento que ya resulta inevitable. La cabeza en plenitud resalta tanto que temo la imposibilidad de que entre en su sonrosada, entreabierta y muy excitada cuevecita. El roce delicioso, la llamada de su deseo, el empuje de mis ansias le van dando paso con una lentitud que la hace enloquecer y desborda sus límites de sensatez y prudencia. La respuesta de su cuerpo pequeño lubricándose para competir en la desigualdad va permitiendo una penetración que colma en si misma todas mis pretensiones. Emite sonidos guturales lleno de matices sensuales enajenada con tantas sensaciones. La siento impresionada de su propia capacidad de respuesta, así como perdida en la emoción que la invade, rendida e incapaz de negarse a proseguir. Desea alcanzar esas cotas que intuye imposibles y yo estoy ya en condiciones de ofrecerle un recital maravilloso que nunca olvidará. En un movimiento in crecento me adentro en ella y sus gemidos de gozo me van dando la pauta a seguir, está perdida en un mundo de gozo y disfrute que la sobrecoge y aceleran llevándola al descontrol y a mí, al disfrute pleno de su cuerpo maravillosamente chiquito. Llevo la penetración al máximo, estoy muy enervado, acelero el ritmo y ella se encoge, grita cuando le sorprende el orgasmo y luego se asusta de sus propias emociones. Me transmite su miedo y quedo en quietud, percibo sus fuertes espasmos internos, está desarbolada. La siento poderosa dentro y ella también porque casi sin voz me dice, - sigue…, le puede el deseo. La saco hasta la mitad y cuando vuelvo a darle con intensidad sus gritos son de gozo, incredulidad y descontrol. De seguido continúan sus orgasmos…


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