Bailes y sexo de salón

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Hace tiempo, cuando aún entonces no eran novios, él había ido de visita a la clase de baile, y ella al verle, sin saber muy bien por qué, quiso provocarlo, y le bailó a un compañero de esa clase y con el que sabía que no tendría problema en bailarle así porque él era gay. 

En seguida atrajo la atención del visitante que no la quitaba ojo mientras ella bailaba muy sensual a su compañero gay de quien no despegaba, dejando entre escapar de cuando en cuando un pecho, ver una pierna e incluso parte de su firme e insinuantes curvas que daban mucho que imaginar; al acabar la clase, se acercó a ella, se saludaron, ella todavía sudorosa por la clase de ese día y por aquél baile que más allá de provocarle a él, la excitó a ella. Ambos, sin vacilar, se dejaron llevar por aquel juego de seducción.  

Fingieron irse como los demás y esperaron a que se fueran todos para quedarse solos y colarse en el salón de baile. Allí empezaron a quitarse la ropa el uno al otro hasta quedarse totalmente desnudos con todos sus deseos al descubierto, ella se abrió de piernas y el empezó a acariciar su sexo con sus dedos calientes, ella gimió, aunque no quería correrse tan pronto aún por más ganas que tenía de él, mientras exploraba su vagina con sus largos y gruesos dedos. Él la excitaba más y más mientras que con la otra mano cubría un pecho y luego el otro, calientes, blandos y suaves que se movían al ritmo de su respiración alterada, y jugaba con sus pezones erectos que pedían cada vez más, al tiempo que deseaba ser penetrada por aquella verga inmensa, ardiente y erecta, rebosante de calor. Sus dedos dejaron de jugar con su vagina para hacerlo su lengua, manteniendo solo el pulgar en su clítoris erecto, latente y caliente que la llevaban al clímax.  

-¿Debí provocarlo?-, pensaba ella. -Si, ¿por qué no?, lo estoy disfrutando, y mucho.  

La dio la vuelta para dejarla con su redondo y gran culo a merced de él, la agarró firmemente de las caderas y la penetró fuerte, ella jadeó mientras él tenía aquel gran culo entre sus manos. Siguió follándosela, sintiendo y escuchando como sus ardientes atributos bailaban y chocaban con ella, lo que le ponía más y más cachondo, hasta que al final y sin poder evitarlo, eyaculó dentro de ella entre gemidos y jadeos mutuos. Sudorosos se movían al compás como si de un baile se tratase, un baile de cuerpos desnudos y calientes entrelazados que no se querían despegar.  

Varias fueron las veces que se vieron en las semanas siguientes, dependientes el uno del otro, adictos a los bailes y sexo de salón.


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