MI AMADA SONDA URINARIA (1/2)

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Estimados lectores, es con renovado entusiasmo que vuelvo a escribir acerca de un asunto que ya les presenté en otro texto mío, anterior a este. Ahora me gustaría departir con ustedes algunos comentarios, recuerdos y vivencias mías de índole sexual, y para ello debo inevitablemente mencionar otra vez mi uso de sonda urinaria permanente, dado que para mí es un fuerte estímulo sexual y un elemento inseparable de lo que es el placer que obtengo de mis genitales, a la par que estéticamente resulta en un fuerte estímulo visual para mí misma y también para Julio, mi pareja varón.

Como he dicho ya, mi afición a usar sonda urinaria se inició de manera circunstancial a mis 20 años, hace de esto tres lustros. Fue cuando, por entonces, tuvieron que hacerme un estudio del aparato urinario (vejiga y riñones), y para realizarlo tuvieron que sondearme aproximadamente a las 8 de la mañana; y tuve que quedar con sonda durante todo el día hasta las 6 de la tarde, cuando finalmente me fue quitada. Un total de diez horas. En ese entonces fue una vivencia más bien desagradable porque me causó algo de dolor su colocación, y también después, su tenencia a lo largo de ese día.

Me acuerdo bien que me llevaron a una sala donde debí desnudarme, indicándome el personal de enfermería que luego me acostara en la cama que allí había. Me higienizaron la vulva con un producto desinfectante y antibiótico a fin de evitar contaminación bacteriana del meato urinario, y una enfermera muy joven me explicó lo que iba a realizar en mí, mostrándome la sonda en cuestión que introduciría por mi uretra. Al principio me asusté un tanto, pero ella me habló con mucha dulzura, tanto como para calmarme lo suficiente y poder relajarme lo necesario, que es lo más importante en esas ocasiones. Enseguida tomó la sonda con sus manos y comenzó a meterla por la uretra; pero a pesar de estar lubricada y tener un sedante suave, todo ello no fue para nada suficiente a la hora de evitarme dolores, lo que me hizo quejarme, e incluso gritar por momentos. Hoy día recuerdo esos instantes como una vivencia maravillosa, y honestamente lamento no haberlo disfrutado a cabalidad, como hubiera sido adecuado e interesante. Cuando terminó su labor así me lo expresó, y quedé un rato descansando acostada y con las piernas separadas, al tiempo que la sonda asomaba triunfante, espléndida, maravillosa, justo por debajo de mi gigantesco clítoris, más allá de toda la vellosidad de mi pubis y mis labios mayores.

Quizá unos diez minutos más tarde llegó nuevo personal médico y me indicaron que me bajase de la cama; como les expresase mi gran temor de que la sonda se me saliera y tuvieran que repetir todo el abrumador procedimiento, la doctora me dijo que no había riesgo de ello, repitiéndomelo hasta que finalmente me persuadió de ello. Tenía bastante dolor en mi área genital, y sin duda algo de temor en mi pensamiento, pero incluso así me incorporé y descendí de la cama. Me puse unas sandalias, y envuelta en una manta me condujeron a otra sala donde, nuevamente acostada, me llenaron la vejiga con líquido; al rato me acostaron de lado y me hicieron orinar, tras los primeros estudios evaluatorios. Me dijeron que podía pasar a descansar y distenderme en una salita adjunta. A lo largo de la jornada el proceso se repitió, siempre con la misma sonda hasta mediodía; y luego me la quitaron para ponerme otra, repitiéndose entonces todo el proceso de dolor y ardor. Finalmente, a las seis de la tarde (hora 18) el prolongado estudio fue dado por terminado, me quitaron esa segunda sonda y tras vestirme pude regresar a mi casa.

Un aspecto inesperado de todo el procedimiento, que nadie me explicó y que, por lo mismo, yo no estaba en condiciones de afrontar y de asumir, fue el dolor quemante que tuve que sufrir durante más de doce horas al momento de orinar cada vez que lo hacía sin sonda, dada la irritación reiterada que me había sido causada. En su momento fue atroz, incluso más intenso que todo el padecimiento sufrido durante el sondaje; pero al paso de los meses empecé a recordarlo de una manera más benévola y a considerarlo de un modo más erótico, sintiendo así una gran curiosidad por repetir esas vivencias que tanto me habían marcado mentalmente. Probé a usar sonda nuevamente, y me resultó tan cómodo que ya no pude dejar de utilizarlas de modo permanente.

Me he extendido bastante en la explicación y detalle de aquel estudio, como para que mis lectores puedan conocer y entender el origen y posterior intensidad de lo que iba a convertirse en una obsesión y terminaría volviéndose mi parafilia más amada, algo que ya he narrado en uno de mis escritos anteriores, titulado precisamente MI PARAFILIA MÁS AMADA.

Como ya expliqué oportunamente, una enfermera de confianza me enseñó en casa la manera correcta de ponerme sonda yo misma; y como ya vienen lubricadas de fábrica, su colocación es muy sencilla una vez aprendida la técnica adecuada para no causar lesiones. El entorno ya era otro, mi estado mental era muy distinto al de aquél día, y entonces finalmente pude empezar a reconciliarme con mi pasado cercano como para considerar el caso presente de otro modo. Y a Julio, mi pareja varón, le encanta verme así, y contemplar mis genitales con la sonda asomando diez centímetros hacia adelante, y ama lamerme la vulva y succionar mi sonda. Por aquél entonces, a mis 20 años, yo ya estaba en contacto con Julio, quien en ese momento no era tanto mi pareja sexual estable sino más bien y simplemente un amante ocasional, si bien bastante asiduo. Él es cuatro años mayor que yo, y por entonces estaba recién casado con mi gran amiga Nadia Nozhatú, quien consintió y estuvo muy de acuerdo en que yo en ocasiones mantuviese relaciones íntimas con su novel esposo, dado que ella misma es bisexual como yo, y tantas veces hemos tenido aventuras amorosas de carácter lésbico, tanto en su hogar como en el mío. Así que él no pudo (ni quiso) oponerse a que yo tenga encuentros con su marido.

El día que le revelé a Julio acerca de mi parafilia, y mi decisión de usar sonda con carácter permanente, él quedó visiblemente conmocionado ante la naturaleza de mi afición, dado que nunca había oído hablar de algo así, y le resultaba extrañísimo que alguien pudiera obtener placer sexual, siquiera comodidad, en todo ello. Pero lo aceptó de buen grado, incluso mostrando luego una singular curiosidad que no pudo disimular, con lo cual yo misma me recreaba las primeras veces.

Me acuerdo bien que por varios días él tuvo serios escrúpulos al momento de mantener relaciones sexuales conmigo en este estado, como yo quería; él se resistía un tanto a ello, argumentando el temor a lesionarme o causarme serias molestias derivadas de la sonda insertada en mi uretra hasta la vejiga; pero pude persuadirlo de ello mostrándole con cuánta comodidad podía introducirme un consolador de silicona en la vagina, mismo que mantuve en mi interior al subirme la bombacha y dejándomelo insertado por más de cuarenta y cinco minutos. Ese día estuvimos copulando apasionadamente como nunca antes lo habíamos hecho, y creo que como pocas veces luego de ello.


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