¿No que no? (1/3)

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Eulogia no sabía si esperar aún, o ya de plano irse. Hacía mucho que sus demás compañeras se habían marchado y ella todavía estaba ahí, a la salida de la fábrica, esperando. Ya debería ir en camino a casa, tenía mucho que hacer por allá: preparar comida; lavar; ir por las hijas a la escuela, además... ¿qué necesidad de estar ahí perdiendo el tiempo? Pero Trinidad era su amiga después de todo, es más, incluso eran comadres. Se sentía responsable de verla salir con bien de allí pese a que...

...en fin, pese a lo que estuviese haciendo. Corría un gran riesgo si su esposo la descubría, ¡qué va!, si cualquiera de las compañeras le fuese con el chisme a Casimiro... Lo harían sólo por chingar, ni hablar, así son.

No podía creerlo, ¡¿cómo se había atrevido a...?! Si la propia Trini le había negado el tener intenciones de hacerlo cuando la misma Eulogia le habló del asunto. La comadre se lo había advertido:

—Ten cuidado comadre, yo sé lo que te digo. Sánchez Medina te trae ganas, se ve a leguas, y si no le pones un alto atente a las consecuencias. Cuando a él se le antoja una trabajadora..., uy comadre, ni te cuento. Muchas han preferido irse nomás por evitar el escándalo. Tienes que ponerle un freno si no quieres que te pase algo. Si supieras cómo les ha ido a las que han caído en sus manos. Y si te lo advierto es porque eres casada, si estuvieras soltera, bueno..., allá tú, la cosa podría ser diferente. Es guapo y tiene buen puesto, lo sé, entiendo que muchas caigan en sus redes, pero ni creas que él va en serio. No es un príncipe azul como muchas creen. Él sólo busca hembra pa’ saciarse, ya luego ni las pela. Aquél es un verraco, nada más se las aprovecha y listo. ‘Ora que si a ti se te antoja y quieres darte el gusto pues...

—No, cómo crees qué se me va a pasar por la cabeza algo así. Jamás, ¿me escuchas?, ¡jamás! —le respondió Trinidad muy indignada.

—Siendo así lo mejor que puedes hacer es pedir tu cambio. Deberías irte pa’ la fábrica de Naucalpan. Allá estarías a salvo de ese cabrón. Hasta estarías más cerca de tu casa —le aconsejó Eulogia.

—Pero es que no es tan fácil. Para que me den el cambio hay que meter permuta, y luego ver si hay alguien de allá que se quiera venir pa’ cá. Está muy difícil.

—¡Pues haz algo comadre!, antes de que pase alguna cosa grave... ¡ay Trini, donde se enteré Casimiro! Donde se entere que aquél te está echando los perros se arma la de Dios Padre. Ya sabes cómo es tu marido, bien prontito que se encabrona por cualquier pendejada. Y... no se vaya a comprometer poniéndole una madriza a aquel desgraciado. Que la tiene bien merecida el sinvergüenza, que ni qué, pero Casimiro puede perder el trabajo... o hasta peor, ¿qué tal si lo meten a la cárcel...? ...nomás por defenderte —concluyó Eulogia.

Al oír las palabras de Eulogia, a Trini le vino a la mente su esposo. Su comadre tenía razón, si Casimiro la veía siendo “cortejada” por el Jefe de personal de la fábrica poco le importaría el cargo de aquél y su propio trabajo. De seguro Casimiro se le iría directamente a los golpes a Alberto. Y, quizás, hasta a ella misma por dejarse.

Pero qué podía hacer para que aquel patán la dejara en paz. Tan sólo se le caía la cara de vergüenza al recordar su último encuentro con él. De hecho, ni se lo había comentado a su comadre, le abochornaba.

El Jefe de personal había coincidido con ella en el estrecho pasillo que llevaba a los servicios. Ella salía del baño de damas y él se dirigía al de hombres.

Como otras ocasiones, al sólo verlo, Trinidad se sintió acalenturada. Se daba perfecta cuenta de que aquél algo quería con ella, y eso la hacía sonrojarse, sin embargo, ya de por sí, el guapo y alto hombre le estimulaba instintivamente. Su simple presencia le espoleaba las hormonas. Era como si su ser requiriera saciarse de una necesidad que, bien sentía, sólo él podría aplacar.

Por su parte, Alberto Sánchez Medina, como cada vez que estaba ante una nueva “víctima”, exhibió una particular caballerosidad.

—Pase usted —le dijo en el tono más amable, brindándole indiscutiblemente el paso por el angosto pasaje.

Trinidad aceptó la cortesía y procedió a avanzar, no obstante, y pese a lo dicho, Alberto también avanzó tan rápido que fue inevitable que ambos cuerpos colisionaran en terrible encontrón. El hombre procuró colocarse de tal forma que su bulto se resguardó justo en medio de las nalgas de Trinidad, sacando lo mejor de la situación.

El tamaño y suavidad de las ancas se le hicieron sentir deliciosamente al hombre, mientras que a la mujer le fue patente la dureza y el grosor de su atacador, quien hasta movió la pelvis como copulando, aunque había ropa de por medio.

La Señora ni protestó ni reclamó, sólo pujó en reacción involuntaria y se desatrancó como pudo. Se alejó de ahí sin decir nada, como si no hubiera pasado. No se lo confió a nadie, ni en ese momento ni después. Y es que hubo otras ocasiones en las que Sánchez Medina le expresó físicamente sus deseos de aparearse con ella, pero ese era el problema, Trinidad no pronunciaba queja alguna. Ni concedía ni se negaba, simplemente hacía como si no pasara nada. Ella nunca se quejó de las acciones de aquél, ni mucho menos se lo dijo a su esposo. No quería que, por soltarse de la lengua, Casimiro se viera metido en problemas. Pero quizás había algo más. Era como un placer culposo. Aunque aquello no lo aceptaba ni sí misma.

“No, ese hombre no me gusta. Además... ¡soy casada! ¡Por Dios!”, le decía a su comadre Eulogia, engañándose con sus propias palabras. En el fondo eso no era del todo cierto.

Trinidad se auto engañaba diciéndose que aquel hombre no llegaría a más, pese a que era evidente que aquél era uno de esos “vergas sueltas” que no se detiene si no lo detienen. Alberto Sánchez Medina se cogía toda hembra que se dejara. Aunque en el caso de Trini la cosa era más arriesgada, ya que su esposo laboraba en la misma empresa, eso a aquél no le importaba. Si se la quería coger se la iba a coger, aunque fuera frente a las narices del marido.

Por algo bien se lo había advertido Eulogia, “O te interesa el Jefe de personal, y sacias tu deseo cuidándote de que tu marido no se entere; o le pones un hasta aquí y se lo dejas bien claro a ese cabrón, para que no tengas problemas”. Pero Trinidad no parecía ser coherente con su propio sentir; ni se alejaba de las intenciones de Sánchez Medina ni las aceptaba abiertamente, así que todo siguió su curso. Trinidad hizo lo que las personas que no quieren cargar con la responsabilidad de vivir hacen: dejan todo a la voluntad de Dios diciéndose, “Que sea lo que Diosito quiera”.

Y así fue, en vez de decidir por su propia cuenta.


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