¿No que no? (3/3)

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Trini estaba echada sobre un montón de retazos de tela; era lo bastante mullido como para servirle de cama.

Todo era suavidad y confort, sin embargo, a la mujer le pesaba aquella realidad. Tenía a Alberto Sánchez Medina, el Jefe de personal, encima de ella y completamente desnudo. ¡Por Dios, ella era una mujer casada! ¡¿Cómo podía haberse dejado llevar hasta ese punto?!

¡¿Cómo le explicaría a su esposo que le hubiese desaparecido su pelambre?! ¡Él inevitablemente se daría cuenta!

Trinidad veía el asta de carne resbalar lúbricamente, amenazando con ingresar a su cuerpo. Aquella endidura se le abría de manera natural.

—¡No, no, no, por favor! ¡Alberto... soy una mujer casada! —gritó la señora.

—Olvidaste la palabra mágica. Debiste decir, soy una mujer “felizmente” casada —dijo burlonamente aquél—. Si lo hubieras dicho yo no haría esto —y el hombre procedió.

La mujer sintió el ingreso del invasor a su cuerpo. Era notablemente mayor que el de su marido. A excepción de las veces que parió, su intimidad nunca se había abierto tanto.

Aunque le era un tanto doloroso, en ese momento tuvo plena consciencia de que su cuerpo en verdad lo deseaba, pues se abrió y adaptó al tamaño y espesor del ocupante.

Desnuda y pelada de ahí abajo, echada sobre aquel montículo de sobras de tela, Trinidad estaba abriéndose a otro hombre. Uno que la deseaba más que su propio marido.

Sánchez Medina la estaba penetrando con su tiesa y maciza carne, y si ésta estaba en esa condición era sólo porque ella provocaba tal excitación. Evidentemente Trinidad le ponía dura la verga a ese hombre, y al tener eso en consciencia, se sintió también excitada.

Alberto le puso una mano sobre el vientre y presionó con intención de sentir su propio pene a través del abdomen femenino, y en efecto, lo sintió. El miembro era lo bastante largo y grueso para así percibirlo.

Trini misma se sorprendió y comenzó a reaccionar al tamaño y a los bríos de la arremetida. Su bajo vientre se movía de forma espasmódica, como en respuesta a la ocupación fálica.

Él la besaba y ella gemía.

La hendidura recibía y tragaba con gusto el gordo pedazo de carne. Sánchez Medina se abría paso sintiéndola estrecha como señorita, pese a que aquella ya era madre de dos. Trinidad bien sabía que Casimiro, su marido, no la había dilatado tanto nunca; él jamás podría hacerlo, y el sólo pensarlo provocaba que sus fluidos de mujer brotaran sirviéndoles a ambos de lubricante necesario para la faena.

El brillo que podía verse a lo largo del fuste de Alberto, mientras entraba y salía, provenía de la propia Trinidad. Percibiendo la temperatura, movimiento y grosor del invasor, el cuerpo de Trini expulsaba aquellos jugos de forma espontanea, reaccionando de acuerdo al placer recibido. Su vibrante reacción a cada arremetida era como un estallido de éxtasis, parecía invitar a una fricción más constante y vigorosa. Ella lo tragaba abrazándolo contra las paredes de su túnel, que le quedaba tan estrecho al macho que parecía guante de carne de menor talla a la requerida.

Trinidad, por propia boca, pidió cambio. Fue así como ella se puso en cuatro mostrando su interés de ser cogida de a perrito. Segundos más tarde ambos parecieron convertirse en máquinas de “coger”. Así como, a unos cuantos metros, las máquinas de coser no paraban en su traquetear productivo, así ellos se mantuvieron cogiendo en un continuo movimiento rítmico, acelerado. Tan coordinado que parecían pareja de hace tiempo. Cada uno se ocupaba del movimiento que le correspondía, uno metía y la otra recibía; luego soltaba para inmediatamente volver a recibir. La ejecución se realizaba diestramente; restregándose uno contra el otro entre suspiros y jadeos; moviéndose constantemente; chocando sus vientres y meneando febrilmente sus caderas; siguiendo un compás marcado por su naturaleza humana. Lo único que ambos deseaban en esos momentos era consumirse en el fuego sexual que los abrasaba.

Cuando por fin llegó el tan anhelado orgasmo para Trini, la sudorosa mujer se encorvó y tiritó de placer. No obstante, su amante, quien la tenía bien sujeta de sus caderas, la siguió horadando sin detenerse. Para él aún le faltaba bastante para llegar al clímax, por ello no dejaba de bombearla.

«Cómo aguanta», pensó ella, teniendo como única referencia a su esposo, con quien comparaba al que en ese momento la penetraba.

Alberto la embestía con un frenesí que nunca le viera a Casimiro. Cada choque del pubis masculino contra su trasero femenino, y el agarre de esas fuertes manos en sus caderas, demostraban para Trini que aquel hombre que tenía detrás en verdad sentía algo por ella. Creyó que Alberto Sánchez Medina la amaba con una pasión desbordada, y que así se lo estaba demostrando. Sin embargo, lo que para la mujer era amor, para el macho era puro ardor sexual.

La entrada y salida del miembro masculino se volvió aún más violento y bestial, parecido a un férreo pistón entró y salió en rápida fricción que produjo un calor intenso en la vagina a la mujer no acostumbrada a tal trato. Esto llegó a serle ardoroso.

—¡Aaaayyyy....! ¡Para, para! ¡Me arde! ¡Me lastimas! —gritó ella.

Pero el hombre no cesó. La cópula se había vuelto terriblemente violenta y, como remate de ello, Sánchez Medina usó sus manos para cachetearle varias veces las nalgas a la señora que empalaba en su asta de carne.

Los terribles manotazos pronto rompieron vasos capilares que le confirieron un tono más oscuro a las morenas nalgas de Trinidad, nunca antes tratadas así. Alberto se hizo de Trini con tal velocidad y dominio que ella misma se sorprendió al quedar en otra pose sexual en un par de segundos. Había colocado a la Señora de lado con una de sus piernas estirada y la otra flexionada. Así siguió penetrándola y amasándole las nalgas, que ya evidenciaban el maltrato.

Sin dar muestras de cansancio, la colocó luego encima de él para que ella lo cabalgara.

La mujer, a pesar del trato recibido, hizo lo que estaba en su naturaleza, sin necesidad de mayor instrucción meneó sus caderas instintivamente. Empotrada en el poste de carne, cual suripanta ejerciendo su oficio, batió su pelvis como si su vida dependiera de ello, lo meneó con la mayor de las fuerzas.

Terrible montada brindó aquella mujer casada a su improvisada yunta sexual.

Alberto la tomó de las pantorrillas, deslizó las piernas de Trini hacia el frente haciendo que ella quedara en cuclillas. Con tal cambio hecho la conminó a que hiciera sentadillas sobre su vergazo.

Sánchez Medina le ofreció sus manos como apoyo entrelazando sus dedos con los de ella. Esto Trini lo tomó como otro gesto amoroso que le brindaba seguridad para no caer. No obstante, aquél pronto le retiró tal sostén, pues usó sus manos para pellizcarle los oscuros pezones. De forma extraña, Trinidad sintió un doloroso placer. Sujetando tales remates de las tetas de la Señora Alberto los meneó con tal fuerza que las dos mamas temblaron. Sus senos jamás habían padecido tal tipo de trato.

Para cuando aquél se le vino disparándole su semilla dentro (no habían usado condón), la mujer vibraba; su sudor la recorría desde la cabeza hasta deslizarse por el surco de la espalda y llegarle al canalillo del trasero. Trinidad Gómez Hernández se sentía consumida de placer y consumada como mujer.

Se dejó caer sobre el hombre que la había poseído y así ambos amantes se abrazaron; ella pensando que aquél la amaba, él satisfecho de haberse chingado a otra más.

Minutos después, la antes recatada señora, le mamó el miembro al Jefe de personal, lo hizo a pedido de él quien no se quedó pasivo ya que le metió dedo en el apretado anillo, un orificio que a la mujer le servía exclusivamente de salida a sus excresencias. Ahora, sin embargo, se convertiría en entrada para aquello que ella mamaba; aunque Trinidad aún no lo sabía.

Conociendo de hembras, el Jefe de personal ejerció un especial trato al área clitoral para que ella estuviese susceptible. Con dedicación y tiempo, logró poner en marcha la propia lujuria de la dama a quien estaba dispuesto a empalar por el ano. Trinidad, por propia mano, siguió masturbándole.

Sin que ella lo advirtiera, el hombre tomó posición, colocándose detrás suyo. Trinidad supuso que simplemente le volvería a “hacer el amor” desde detrás. Alberto, sin embargo, manipuló su propio miembro hasta que éste estuvo sobre el asterisco bien cerrado de la dama a penetrar. Esto dio aviso a la mujer de que aquél pretendía...

—¡No, por ahí no! —gritó.

Trató de detener a su invasor empujándole el pubis con una mano, pero no pudo, fue inútil. Alberto se abrió camino por el túnel estrecho. El miembro fálico expandió el oscuro canal cual embutido, alojándose ahí por unos segundos.

La mujer chilló como puerco en matadero, pero su atacante no dejó de asediarla. En cambio, dio fuerte cachetada en una de las mejillas traseras. Alberto no la amaba, no le hacía el amor, sólo quería saciar su apetito sexual, pero ella aún no lo entendía.

Tras un momento Sánchez Medina se puso en cuclillas e inició el bombeo; parecía como si estuviese haciendo sentadillas, con la peculiaridad de estar conectado con la Señora vía fálica. Su talega testicular daba constantes chasquidas al pegar incesantemente con el perineo de la mujer.

Sánchez Medina la tomó de ambos brazos para cruzarlos tras su espalda, haciendo que

ella cayera directamente sobre su cara mientras la seguía penetrando analmente. Pese a intentarlo Trinidad no podía zafarse.

El hombre siguió así por varios minutos. Las vigorosas sentadillas parecían una rutina de ejercicio que él ejercía con disciplina. La dama lo continuó recibiendo con evidente dolor por el ano.

Las otras trabajadoras de la fábrica, sus compañeras, continuaban con su jornada laboral a unos cuantos metros. Algunas sabían lo que le estaba ocurriendo a Trini, no eran tontas. Al no verla en su lugar, y haberla visto anteriormente con el Jefe de personal, era lo más obvio. Por ello no faltaron los habituales cuchicheos.

Eulogia también lo sabía y lo lamentaba. Lamentaba que no le hubiese hecho caso Trinidad. Ahora se venía lo peor cuando Casimiro se enterase de que el Jefe de personal se había chingado a su propia esposa. Con tanto chismorreo eso era prácticamente inevitable.

Cuando llegó la hora de la salida, como buena amiga, en vez de irse a su casa, decidió esperar a Trinidad afuera de la fábrica. Rogaba porque Casimiro no llegara.

Así estuvo angustiada Eulogia. Los minutos le parecieron horas mientras aguardaba a su comadre.

Pasados unos minutos Trinidad por fin salió. Se le notaba exhausta, agotada, se diría que extenuada.

—¡¿Qué pasó comadre?! —le inquirió inmediatamente Eulogia.

Pero Trinidad guardó silencio, no contestó.

Sin embargo, tal cuestionamiento inició una ola de pensamientos en la mente de Trini. Ni ella misma sabía cómo explicarse lo ocurrido. A decir verdad, no podría decir que no quiso impedirlo. Pero, por otra parte, llegado el momento, no podría negar que lo disfrutó, pero... ¿cómo llegó a eso?

Y en ese momento Alberto, el Jefe de personal, salió de la fábrica por otro lado, por el estacionamiento, en su auto. Trinidad lo volteó a ver. Eulogia, viendo cómo lo veía, creyó comprender, dando por juzgada la situación.

—Ay comadre, ¿no qué no? —le dijo Eulogia.

Trinidad inmediatamente se sintió ofendida. Ella amaba a su marido, ¿cómo podía creer su propia amiga que fuese capaz de...?

Pero, después de todo, había pasado.


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