Al viejo de Don Margarito le gustan jovencitas (1/2)

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Conocí a Don Margarito cuando el ya vetarro tenía un hijo de seis años (conocido por el mote del “Chiquis”). En ese entonces era su hijo más chico y esto llamaba la atención pues, dada la apariencia del venerable, más bien parecía su nieto.

En las juntas escolares las mujeres se burlaban de él a sus espaldas diciendo que de seguro el Chiquis era hijo de otro hombre, y que la mamá (que dicho sea de paso era por lo menos treinta años más joven que el Don) se lo había enjaretado al viejo. La Seño era su tercera esposa pues Don Margarito se las daba de galán y conquistador. El hombre tenía ya una docena de descendientes, unos hasta casados y con hijos propios por supuesto. Me asombró, ya en aquel tiempo, que un hombre casi sexagenario anduviera todavía de conquistador incluso con las madres de los compañeritos del Chiquis. Claro que había dinero de por medio pues si hay algo que reconocerle al viejo era que supo hacerse de un buen patrimonio gracias a sus distintos negocios. No por nada de esas señoras chismosas que acudían a las mismas juntas escolares no faltaba quién descaradamente “le lanzara el calzón”, como suele decirse, pues el dinero les llamaba el interés.

El viejo picaba más que adolescente calenturiento con aquellas viejas interesadas, bueno, por lo menos eso me presumía. Pues eso sí, era muy platicador y hasta convidaba las bebidas con tal de ser escuchado cuando contaba sus aventuras de cama. ¡Viejo cabrón!, qué temperatura exponía al narrar sus sexososas faenas con aquellas amas de casa, madres de los compañeros del Chiquis.

Escuchar al viejo era más divertido que ver televisión, pero eso sí, cuidado de hacerle comentario sobre su edad, el que lo llamaran abuelo lo encabronaba. Pues, aunque en realidad lo era, como ya he mencionado algunos de sus hijos ya eran padres a su vez, este apelativo lo tomaba como mentada de madre si se lo llegaban a decir. Don Margarito era de esas personas que se niegan a envejecer, siempre se quería mostrar vigoroso, enjundioso, y más en lo sexual. Se negaba a considerarse un anciano. Tanto así que, siendo de ojo alegre, ya le había echado el ídem a Mari Paz, una joven que no llegaba a la veintena quien trabajaba como mesera en su restaurant.

La chica no llevaba ni una semana allí y el viejo ya se la quería chingar.

—Usted ya no está para esos trotes —le dije francamente cuando me lo comentó—. Cómo creé que le va a hacer caso una chamaca así.

Y es que la mencionada se veía de buen ver. Su figura era como de edecán o modelo; quizás no tan bonita de rostro, pero con una figura muy deseable. Se hacía antojable, deliciosa. Silueta bien delineada, formada por un par de piernas morenas cuyos muslos (bien carnosos, hay que decir) conducían la mirada a unos glúteos pulposos de generosa carne; cintura finamente delgada; vientre plano; pechos con perfil de gota amamantadora; y una cara con una boca de mamadora innata que se le notaba, lo digo por el grosor y forma de sus labios. Ese tipo de mujeres nacieron para mamar penes, de eso ni duda hay.

La verdad yo sí me echaba mi buen taco de ojo cuando iba al restaurante de Don Margarito, pero hasta ahí. Bien sabía que la chamaca estaba muy jovencilla hasta para mí, y yo no me metería en un lío siendo casado, además la chamaca tenía güey.

—Vas a ver que sí me la chingo —me afirmaba Don Margarito con total seguridad.

—Ya estamos algo mayores para una chamaca así —le decía incluyéndome, pese a la diferencia de edad entre el Don y yo, nomás para que no me lo tomara a mal—. Está muy polluela.

—¡¿Estamos...?! —dijo el Don, ofendido en lo más hondo—. ¡Lo estarás tú, pendejo! —todavía me dijo—. Yo me echo mis buenos brincos en la cama y sin resuellos.

Tal fue la forma en cómo hizo pantomimas al decir esto último que yo me reí en vez de molestarme.

—¡Ya entiendo porque se ha casado tres veces!

—Pues es lo que te digo... pinches viejas, no aguantan los palos que les doy —dijo, y volvió a emular movimientos copulares meneando la pelvis a manera de culeo, como si arremetiera con fuerza a una hembra que tuviera delante. Luego se rio.

Mari Paz ni en cuenta estaba del interés de su patrón. Ella vivía con un joven chafirete.

Mari Paz de seguro lo montaba cada noche, por lo menos así me lo imaginaba, pues de ser yo así lo haría. Ya la podía ver, ella triturando el pubis de su macho con su pelvis femenina montada sobre el falo haciendo un sexo desaforado, tal cual metlapil sobre metate haciendo masa. Así me los imaginaba mientras la veía limpiar las mesas del restaurante de Don Margarito en el entallado y escueto uniforme que el Don la hacía usar. Éste consistía en una faldita negra, bien entallada, que le llegaba más arriba del medio muslo; la blusa bien escotada; y su infaltable pequeño delantal atado a la cintura.

Y es que viéndola era más que obvio que su marido debía de aprovechársela en la cama. Si yo fuera aquél me la chingaría de a perro, sacándole profundos gemidos a su escueta figura. Me le abrazaría con fuerza para metérsela toda todita; la abriría bien separada de piernas y así me seguiría encajando a su cuerpo para al final inyectarle mi caliente esperma, rociándole así su intimidad con mi nutrida descendencia. De seguro que ella lo agradecería.

Y es que está de más decirlo, pero el cuerpo de Mari Paz parecía rogar por quedar preñado. La naturaleza es así, llegado a su edad es natural que se lo exija; todo llega a su hora. La joven hembra exudaba un no sé qué que daba a entender que estaba más que necesitada de ser inseminada.

Claro que Alejandro, su hombre, bien podría inseminarla, pero tenía un gran defecto, le gustaba beber a desmedida. El dinero que ganaba como chofer lo derrochaba en las bebidas, era por eso que Mari Paz tenía que trabajar. Como siempre había sido chambeadora, eso no le importaba, y no lo veía mal, sin embargo, la exponía a los ojos libidinosos de clientes, pero en especial a los de su patrón.

“Cada día me gusta más la condenada”, me decía el cabrón de Don Margarito pese a estar ella a tan sólo unos pasos de nosotros. A mí me avergonzaba el que nos pudiera oír, pero al viejo no y lo hacía con toda intención.

El morboso Don (y yo mismo) no dejaba de mirarle los sudorosos senos; y la hermosa colita de señora/señorita, envuelta en aquella apretada y cortísima falda, en especial cuando ella se empinaba.

—Hasta mañana Don Margarito —le decía al despedirse la muchacha, sin sospechar los sucios pensamientos de su patrón.

—Que Dios te acompañe Mari —le respondía el viejo libidinoso, a quien casi se le salían los ojos nomás verla retirarse caminando con su natural y sensual contoneo. El muy cabrón me mostraba su erección bajo su pantalón como para presumir que aún se le paraba por sólo ver eso, como demostrando que no era ningún viejo chocho.

Aquel lujurioso no dejaba de contemplarle las nalgas sin que ella lo notara. “Un día ahí mismo te la encajo, vas a ver”, decía mirándole el culo a la muchacha estando yo presente. Luego me confiaba lo que le haría a aquella nomás pudiera: “Uno de estos días la llamo a mi privado y ahí mismo me la chingo, vas a ver. A mano abierta me voy a apoderar de esas deliciosas nalgas”.

Según él le enrollaría la faldita en la cintura y se atascaría tocando sus suculentas carnes para después meter su cara entre aquellas mejillas que le servían de asentaderas a la joven.

“¿De quién son estas nalgas mi alma?, le diré y ella me va a responder: son tuyas Margarito —me sentenciaba el Dón—. Luego le meteré la lengua en medio de la raya que le separa las nalgas hasta llegarle a la jugosa raja de adelante.

En seguida le abriré la blusa, sacando sus dos tetas al aire y me amamantaré de ellas; le voy a chupar cada uno de sus pezones oscuros con tal succión que le causaré dolor a la muchacha, pero le va a gustar, te lo aseguro” —me indicaba como queriendo enfatizar su fuerza de macho.

Sus propósitos no terminaban ahí, claro. Ya que se la imaginaba echada en el piso por propia iniciativa y así, totalmente encuerada, ella misma se le ofrendaría bien abierta de nalgas, al máximo. Según él ella le rogaría que se la metiera.


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