Al viejo de Don Margarito le gustan jovencitas (2/2)

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“Ahí te voy cabrona”, así le diré cuando le vaya a meter mi vergota, vas a ver, se la obligaré a tragar de una sola metida —me prometía.

Parecía casi venirse el viejo de sólo pensarlo. De hecho, hasta puedo jurar que lo vi menearse en movimientos copulares involuntarios mientras me lo contaba. Pinche viejo libidinoso. Viéndolo así era evidente que un día el viejo cabrón se le iría sobres a la pobre chamaca sin temor a represalias.

—Sabes Mari Paz, cada día te pones más chula —le dijo un día Don Margarito como lanzándose por fin a su joven empleada.

—Ah, gracias Don Margarito —respondió ella cortésmente. Tomando aquello como un sano halago, sin darse cuenta de las malas intenciones de su patrón.

—De verdad lo digo muchacha. Estás preciosa.

La otra se sonrojó, pero ya no dijo nada en respuesta. Era notorio que se sentía incómoda. Yo lo noté, hasta estuve tentado a intervenir, pero al fin no tuve que hacerlo.

—Y yo ¿qué te parezco? ¿No dirás que soy mal parecido, o sí? —inquirió el veterano.

—Usted... no, claro, es simpático —dijo sonriendo la muchacha, no queriendo ser descortés con su patrón.

—¿De verdad? ¿Te soy agradable?

—Sí, de hecho, me recuerda a un hombre que quise mucho, hace varios años ya.

—¿Sí? —dijo aquél, ansioso—. ¿Y quién era aquél afortunado?

—Mi abuelo. Mi abuelito que en paz descanse. Se parece mucho a él —dijo.

Casi se me sale la carcajada al oír eso. Eso era lo peor para Margarito, mejor le hubiese mentado la madre. Con dificultad encubrí mi reacción pues no quería problemas con el Don.

Jijo, esa no se la perdonó. Antes de que acabara la semana la despidió, anteponiendo cualquier pretexto, claro.

“¿Cómo está eso de que le recuerdo a su abuelo? ¡Hija de su...!”, me decía el Don, no queriendo aceptar su evidente edad.

Su frustración lo llevó a un estado de obsesión. Cada rato: “Tengo que chingármela”, decía. Estaba obsesionado con Mari Paz pese a que ya no trabajaba para él, tanto que lo invité a un putero para que se desahogara. Y no les miento, el viejo sí que era enjundioso, podía oír en el cuarto que a mí me tocó los crujidos del catre del cuarto de arriba, donde aquel viejo cabrón se chingaba a la suripanta elegida.

«Caray, de la que se salvó la pobre chamaca», pensé cavilando en la muchacha. «Para su buena suerte no se la chingó este viejo cabrón».

Pero estaba equivocado. Para mala suerte de Mari Paz y buena de Margarito, Alejandro, el cónyuge de Mari Paz, tuvo un accidente automovilístico. Luego de una noche de copas, mientras regresaba a casa, se juntaron su estado etílico, la tormentosa lluvia y un desafortunado peatón que había atravesado la calle en mal momento. Aquél no sólo lo arrolló, sino que huyó y luego dieron con él.

Alejandro se veía en un trágico predicamento y junto con él su esposa. Tendrían que pagar los daños ocasionados, además de responder judicialmente por atropellar a aquél. El dineral que le costaría pagar los daños era cuantioso. Ya no digamos el riesgo de ir por varios años a la cárcel.

Fueron días muy angustiosos para la muchacha y llegó, incluso, a pedirle ayuda a Don Margarito, quien se portó especialmente atento y cariñoso con ella. Viejo hijo de la chingada, claro que actuó así porque ya se traía entre manos su sucio plan. Mari Paz no sabía lo perverso que podía ser su antiguo patrón. Así pasaron los días y...

—Cuanto deseaba esto —decía el viejo verde, mientras se asía de las nalgas de la muchacha varios años menor que él, e incluso más joven que algunos de los hijos del “venerable”.

Don Margarito y ella estaban hincados, uno frente a otro, en la cama; ella sólo vistiendo sostén y bragas, y él mostrando orgulloso su correoso cuerpo desnudo. La pareja de joven hembra y hombre curtido destacaba en sus cualidades por contraste. Quedando frente a frente estaban a punto de unirse en cruda unión sexual.

Yo pude verlos así pues el viejo cerdo grabó el encuentro sin que ella lo supiera, y tal video me lo presumió días más tarde lleno de orgullo por su innoble fechoría.

—¿De quién son estas nalgas, mi amor? —decía Don Margarito en la grabación.

Se veía que el anciano deseaba que aquella muchachilla le respondiera: “tuyas mi amor”, pero Mari Paz se quedaba callada, incómoda. El Don sabía bien que eran suyas de cualquier modo, el dinero que le había facilitado a la pobre necesitada pagaba por ellas. Eran tan suyas que podría hacer con ellas lo que quisiera y nadie se lo impediría.

Le bajó entonces las pantaletas dejando al descubierto los dos gajos de carne morena y la raya que los dividía. Eran tan bellos como me los imaginaba, no voy a negarlo. Luego retiró el brasier y se apoderó de los pechos, tomando ambos con sus dos manos, y sorbiéndolos uno por uno con chupetones bien tronados.

—Mi nena linda, te adoro —le decía a la indefensa quien guardaba silencio.

Y es que Mari Paz se veía culpable. Culpable de haber aceptado el trato ofrecido por su patrón, quien se había comprometido a pagar gran parte del adeudo generado por el accidente, siempre y cuando ella se le entregara como mujer mientras su esposo estuviera en presidio.

Mari Paz no sabía cómo volvería a ver a los ojos a su marido después de eso, de eso que Don Margarito le estaba haciendo en ese preciso momento, lo que la mortificaba y eso para mí era evidente en la grabación mientras Margarito le chupaba los labios vaginales.

Por su parte: “De verdad que te saben delicioso”, decía Don Margarito luego de chupar aquella tierna carne. Goloso se tragó los jugos que inevitablemente se le escurrieron a la hembra tras el chupe intenso; después de todo ella era de carne y hueso.

Como la oyó sollozar, el hombre le dijo:

—Ya no sufras más que ahorita te penetro mi amor, te voy a llenar ese hueco que necesita tanto mi carne —y la ensalivó de ahí lo mejor que pudo, humedeciéndole a consciencia la entrada con el fin de dejarla bien lubricada para lo que vendría—. Ahí te voy —le dijo, y el veterano hombre guió su pene a la abertura vaginal de su empleada, aquella mujer que había aceptado eso sólo por verse necesitada. De no ser así...

A pesar de eso gimió levemente cuando el anciano entró en ella. Mari Paz se estaba uniendo sexualmente a un señor mayor, y, ciertamente, se notaba su repulsión. Como tantas otras mujeres antes que ella lo hacía con él sólo por dinero, claro que ella en verdad por necesidad.

Mari Paz era penetrada por un viejo cerdo, pero ella lo despreciaba claramente y sólo lo dejaba hacer por su necesidad. Por su parte, Don Margarito era un viejo bien libidinoso, que había nacido para fornicar y engendrar hijos. Así lo calificaba yo cuando veía a Mari Paz trabajando nuevamente en el restaurant, sólo que ahora con evidente vientre de embarazada.

La pobre chamaca había quedado encinta estando su hombre preso; quién sabe cómo se lo explicaría el día que aquél saliera.

“Desgraciado viejo cabrón”, me dije mientras que ocultamente miraba en el celular cómo Margarito la inseminaba.

—A partir de hoy te voy a hacer el amor a diario —podía oír a través de los audífonos. El descarado se me sonreía, como haciendo patente la satisfacción de presumir que él le había hecho esa panza.

Gracias a aquel acto había hecha a la pobre muchacha en otra más de esas madres solteras, pues de seguro su marido no la aceptaría así una vez saliera. Y eso estaba aún muy lejos de ser.

Eso reflexionaba mientras continuaba viendo cuando ella lo montaba mientras él le decía: “Te amo; te amo..., jinetéame amor, jinetéame. Anda cariño, móntame, móntame como si fuera tu potro.” Y la agarraba de las nalgas, no sólo con interés de manosearla, sino también para marcarle el ritmo con que él quería que se meneara.

Con deseo de presumirle su potencia, se incorporó cargándola, y así la siguió bombeando en pie.

Joven mujer y viejo hombre así muellearon unidos en sus sexos, pero nada más alejados de un acto amoroso. Sus motivos para tal evento eran bien distintos. Margarito lo que quería era saciar su apetito sexual y su ego, presumiendo ante cámara lo vigoroso, activo y enjundioso que era, capaz de hacerle el sexo a una mujer joven; pero Mari Paz, por su parte, sólo lo hacía por el bienestar de su marido. Hombre que de seguro la despreciaría nomás se enterara de que ella estaba preñada sin que entre ambos hubiesen tenido relaciones íntimas en meses.

Varias veces lo hicieron, el viejo la hizo suya tanto como quiso y yo los vi por medio de las grabaciones.

pero todo tiene un límite y...

—¡Pinche vieja despreciativa! —le vociferó Don Margarito a la vez que le sacaba la verga encabronado pues Mari Paz le había rechazando un beso que aquél le había querido dar en sus labios.

Esa fue la última vez. Mari Paz estaba harta, lo único que quería era terminar cuando antes con aquello. Había cumplido con aquel sucio trato y lo que en verdad deseaba era alejarse de ese hombre que tantas veces se le montó encima a pesar del desprecio que sentía por él.

Después de eso ya no supe de ella, quién sabe qué fue de la joven madre soltera que cargara en su vientre otro de los tantos hijos de Don Margarito, cabrón viejo libidinoso.


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