Lengua francesa (III) - dulce pecado

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Recapitulando

 

 

- Trato de hacerme el ambiente, le respondí amablemente pero alerta - ¿Por qué lo dices?

- Es lo que veo, dijo ella con falta de ideas.

- Camila es una chica simpática, tiene historias interesantes y es graciosa. Respondí con varios propósitos.

- Se nota que Santiago sabe bastante, es modelo, hay una valla publicitaria con él posando en una de las estaciones de tren, parece un tipo muy interesante. Me dijo ella como queriendo competir.

- Ja ja ja por supuesto, desde la primera clase pude apreciarlo. Le respondí honestamente preparando el siguiente movimiento - Quiero preguntarte algo, le dije aún entre risas.

- Dime.

Me senté a su lado guardando algo de distancia desde mi cuerpo, pero asomando mi cara a la suya y clavando mi mirada en sus ojos y boca cuya expresión me enloquece.

- ¿Estás celosa? le dije con una sonrisa como para que no me tomase en serio, pero con la suficiente finura para provocarla. 

- ¡Atrevido! Me respondió tomando aire de indignación, de golpe con su cara se vio enrojecida por mi inquietud. sin embargo, aún se mantenía en el asiento.

-¿Yo, atrevido? Ja ja ja pero si yo no soy quien se estresa por una sonrisa ajena, no soy yo quien trata de demostrar cual tiene un mejor compañero. Le dije sonriendo, pero tajante.

- Tan viejo y tan bobo; idiota, apenas le conozco igual que tu hoy con tu señora. Dijo tratando de recobrar el dominio sobre sí misma.

- Y sin embargo eres tú la que intenta demostrar que él vale más. Le dije sin perder mi sonrisa y acercándome nuevamente a su rostro que ahora estaba más pálido. Podía pararse e irse corriendo o seguir peleando, el parque frente al insti que figuraba como campo de batalla era tan amplio y sin embargo su mirada me decía que se acorralaba sola e indefensa en la esquina de la silla, sus dedos jugaban entre si por la ansiedad y de esa expresión tan sensual que ya he descrito varias veces y; aún sin atinar con palabras todo lo que me provoca, dejó escapar una leve mordida a su labio inferior, pero aún se mantenía orgullosa y helada como tempano; esto lo advertí por lo que me procedí a retirarme no sin antes tirar un último dardo.

- Ok, no es como que estes tan buena después de todo.

Volteaba mi rostro para acabar con el tema y su mano apretó la mía, mientras la otra buscó mi cabeza que giró bruscamente para que nuestros labios se encontraran apenas un breve instante y diesen paso a nuestras lenguas que danzaban a la francesa, de gestos lentos oscilábamos a mordiscos agresivos mientras nuestras manos procedían con la timidez de un explorador a tocar la carne. De golpe paró los besos.

- ¿Y ahora si te parece que estoy buena? Me preguntó provocativamente.

- La verdad no, pero me das mucho morbo. Le dije con la franqueza del deseo más puro mientras tomaba su rostro en mis manos y la seguía besando, jugando de cuando en cuando con mis dientes en sus mejillas, lo cual me encanta y a juzgar por sus expresiones ella también disfrutaba.

- Idiota. decía mientras su mirada se perdía hacia las nubes víctima de la sofocación.

Paré de comer su boca y aún conservando su rostro entre mis manos, con mi torso rodeado por sus brazos le disparé.

-¿Motel o miedo? Le pregunté sonriendo mientras mi mente pensaba «A la mierda la clase», sus ojos se entreabrieron aún más que cuando me llamó atrevido.

- Conozco de uno discreto, pero está lejos y no traje la moto, respondió ella animada.

- Esas no son penas mi amor, ja ja ja entonces casa, vivo muy cerca. Le respondí con una seguridad tal que me siguió.

La verdad es que vivía al menos a quince minutos en carro, en este punto me juzgaría a mí mismo por mentiroso, pero por la filia tan orgánica que me causaba su sonrisa hubiese movido montañas, dado mil cabezas de ganado a la iglesia sin tenerlas y acabado con cien hombres.

Nos agarramos de las manos y corrimos como niños jugando en el parque de recreo mientras pensaba en la ruta y la forma de llegar más rápido, «¡Eureka!» me dije a mi mismo cuando vi una estación de préstamo de bicicletas.

-Tomemos estas. Le dije usando mi tarjeta y la de mi hermano que por suerte me la había prestado con anterioridad para usarlo en el tren, ya que la mía no tenía ni un duro.

Con mi madre fuera visitando a mi abuela y mi hermano en práctica de natación pedaleé tanto como pude procurando en cada parada de semáforo estar junto a Sarah y besarla, mi carne se quemaba en las llamas del deseo y no podía permitir que las de ella perdiesen su calor por una carrera improvisada. Atravesamos el río del parque y llegamos a la torre, guardamos las bicicletas en el garaje y fuimos a parar al elevador donde retomamos los besos de manera más discreta ante la cámara de vigilancia.

- Sabes que es solo sexo ¿Verdad? Pronto me voy a casar. dijo ella mientras yo buscaba sus orejas para chuparlas; había evitado el tema de su matrimonio para que se sintiese más tranquila conmigo, pero la calma fruto de la venida en bicicleta la pudo apaciguar por lo que tire de su cabello hacia atrás y agarré sus nalgas mirándola fijamente.

-¿A caso esto sería más rico si pasase después de casarte? No entiendo; respondí sonriendo y a la expectativa.

- En ningún momento se debería engañar a quien uno ama. Dijo ella de manera reflexiva.

- Tampoco se debería engañar uno mismo; puedes juzgarme de idiota o payaso; cada decisión conlleva un posible arrepentimiento, le puede pasar tanto a aquél que se casa como al que no, por ejemplo, en cuanto a lo que observo en mi entorno creo que sufre más aquel que se decide por la omisión. Sufre porque peca contra sí mismo al dejar de lado su deseo. Respondí pausadamente sin perder mi sonrisa ni la vista de sus ojos no obstante a para mis adentros pensaba «Cuanta mierda está supurando mi boca, puto hedonista barato» y a la vez me sentía como Don Quijote convenciendo a Panza de vivir una nueva aventura; y funcionó, me tomó del cuello.

- Entonces que sea nuestro dulce pecado, dijo ella con una voz nasal muy seductora.

Salimos del elevador, entramos al piso y fuimos en seguida a mi habitación que es bastante amplia y con grandes ventanas, la torre en que vivía en ese entonces estaba cerca a todo y a nada por lo que dejé las cortinas abiertas, saqué dos copas y serví en ellas algo de vino blanco barato, jamones y queso...sin embargo y como por un efecto de conciencia inútil, mi espíritu se mantuvo fuera de la alcoba.

 

 

Continua parte IV


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