La Historia de Pilar y Carlos - Un Hombre Llamado "A" (5/6)

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Pilar, apenas vio a su esposo, se sentó en el borde de la cama y tomó el miembro que la esperaba listo, el deseo le llevó a no andarse con juegos, devorando el miembro con su boca y provocando un gruñido, casi un grito en el sorprendido Carlos. Ella continuaba con las caricias orales, sacando completo el miembro de su boca, para volver a hundirlo de inmediato, su lengua se movía ágil, recorriendo el pene duro y brillante a causa de su propia saliva, miró hacia arriba y su mirada se cruzó con la de su esposo.

Dios mío Pili, que bien lo haces ¿Te gusta? fue la innecesaria pregunta, porque bastaba ver la cara de placer de Carlos para tener la repuesta.

Su perversa sonrisa se dibujó en su rostro mientras jugaba pasando el miembro por su rostro, para volver a concentrarse en complacerlo

Carlos sabía bien que, si ella se lo proponía, en 5 minutos estaría acabado, quería detenerla, pero a la vez no quería dejar de sentir ese enorme placer, apoyó su mano en la cabeza de ella, sin forzarla, casi acariciándola y dejando que el vaivén fuera a su gusto.

A contemplaba como Pilar devoraba el miembro de su esposo, al principio sólo lo había adivinado por la posición de los cuerpos, pero luego ella había caído de rodillas, suavemente consiguió que se pusieran de lado y contempló el sexo oral en todo su esplendor, vio como ella miraba a su esposo, sin quitar la sonrisa de sus labios, acariciando su rostro con ese pene duro. Él mismo tenía una incómoda erección ante este espectáculo y aprovechó la soledad de hombre divorciado para abrir su pantalón y empezar a acariciarse despacio, excitado por el espectáculo y por el recuerdo de su propio encuentro con esa mujer.

De pronto vio a Carlos retirarse, pensó por un momento que iba a eyacular y no podía culparlo, pero no fue así, sólo la hizo levantarse para besarla, mientras caían nuevamente en el lecho., rodaron entre risas y caricias hasta que él logró su cometido, estaba debajo, y consiguió hacer que ella reposara casi sentada en su pecho, con ese sexo caliente y brillante casi a su alcance. Suavemente tiró de sus caderas y ella le dejó hacer porque sabía lo que deseaba, cuando la tuvo a su alcance, Carlos juntó su boca a esos otros labios, que se abrían expectantes, Pilar cerró los ojos ante el contacto sin notar siquiera los otros ojos que la miraban desde una pantalla. Carlos jugaba con su lengua, acariciando ese clítoris hinchado que se le ofrecía, mientras sus dedos se abrían paso hacia la intimidad de su mujer, que se humedecía cada vez. Entre gemidos, Pilar se movía, casi cabalgando, moviendo las caderas, pidiendo que las caricias fueran más profundas. Carlos la hizo recostarse, con las piernas separadas, levantadas a todo lo que podía, mientras que él, de rodillas se hundía profundamente en el sexo de su esposa, mordisqueando los muslos, lamiendo los labios, acariciando con sus dedos la profundidad de su vagina, esparciendo sus propios flujos que facilitaban la penetración de dos dedos que la acariciaban. Carlos aceleró sus caricias, siempre en el punto exacto hasta que ella gritó e intentó cerrar las piernas, pero él no se lo permitió y continuó hasta que explotó en un orgasmo intenso, la espalda arqueada, las piernas rígidas, los gemidos en sus labios, los pechos subiendo y bajando con la agitada respiración de Pilar, hasta que se relajó por un instante, pero Carlos no estaba aún saciado de su mujer y reanudó las caricias, más delicadamente dado lo sensible que estaba, logrando en poco tiempo que un rayo la recorriera desde el clítoris hasta explotar en su cerebro. Como pudo se revolvió y consiguió cerrar las piernas, atrapando la mano de Carlos que continuaba dándole placer, quedando rendida, recostada de lado, en posición fetal, con las piernas muy juntas, mientras él subía a su lado en la cama acariciándola suavemente.

El orgasmo que A acababa de contemplar había sido brutal, había disfrutado por un buen rato el cuerpo de esa mujer, sentada en la boca de su esposo que se esmeraba en complacerla. La vio cerrar los ojos, volverlos a abril, la mirada perdida de placer, de sorpresa ante cada nueva caricia. En ningún momento notó que lo mirara o que siquiera recordara que estaba ahí. Cambiaron de posición y ahora él hombre estaba entre sus piernas comiéndola toda, hasta que la vio y la escucho gritar en su orgasmo, al que siguió otro porque ese hombre no le daba respiro, quedando como un juguete roto acostada de lado, notaba la agitada respiración y a Carlos acariciándola y arreglándole el cabello, pegado de sudor.

Eres malo conmigo, fue el reclamo de Pilar, cuando al fin su respiración le permitió hablar ¿Porque bebe? ¿No te gustó? Si mi amor, me encanta siempre que lo hacemos, pero pensé que me iba a desmayar, te empujé y no me hiciste caso No puedo dejar de saborearte, y aún no hemos acabado. Lo se mi rey, soy tuya y tú eres mío.

Recuperando su agilidad, ella se montó encima de su marido, el pene rozando su sexo, ella moviéndose para acariciarlo hasta que poco a poco el miembro empezó a abrirse paso, camino facilitado por la humedad que brotaba como una inagotable fuente de ella. Carlos disfrutaba este juego, sentía que su miembro empezaba a invadir esos territorios pero ella jugaba y lo retiraba hasta que se salía por completo, para volver a bajar y permitir que la penetrara un poco más. Este juego siempre terminaba igual, con la desesperación de Carlos que la tomaba de las caderas y la obligaba a sentarse, enterrando su miembro completo dentro de ella y provocando su risa y un grito de placer.

Si, si, soy tuya, penétrame, no te detengas Te amo tesoro, era la respuesta mientras ella empezaba a moverse, cabalgando este animal furioso y caliente que llenaba su ser.

Las manos de Carlos se deleitaban en los pechos que tenía delante, mientras ella cambiaba constantemente de movimientos, intentando que la penetración fuera más profunda. Cambiaron de posición y ahora ella estaba debajo, con él de pie al borde de la cama, penetrándola con las piernas levantadas, acariciándolas y aferrándose a ellas en cada nueva embestida. Pilar acariciaba el rostro de su marido con sus pies y él se frotaba en ellos, besándolos de vez en cuando sin dejar la penetración, más profunda debido a la posición en que se encontraban. Los gemidos cambiaban a pequeños gritos y gruñidos, palabras de amor entrecortadas y más gemidos. Pronto llegarían los dos a fin y ella trató de moverse ante las embestidas de ese hombre al que amaba desde hace tanto tiempo, un nuevo orgasmo la invadió entre gemidos y lágrimas de placer.

Continuará.


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