La fantasía perversa

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Un día como cualquier otro. Parecía que iba a llover, nubes oscuras colmaron un cielo azul que desaparecía dejando una gran incertidumbre y la inesperada brisa navideña se hizo sentir avisando la venida de otros tiempos. Mientras, mi vecindario permanecía tranquilo como de costumbre, cada quien en sus asuntos y yo, perdido en mi mundo, tomando un baño con exquisita sangre ajena dominada a placer. El silencio me acompañaba, mis ojos cerrados en plena calma, vivía cada segundo intensamente, bebí del néctar, admiraba su color cayendo entre mis manos, inhalaba ese fascinante olor; un perfume para mi nariz y el jabón de la inmortalidad cubriendo cada pulgada de mi cuerpo, a la postre, cumplí mi fantasía.

El cerebro humano es complejo. Si no que lo digo el mío; bullicioso, enérgico. Mis impulsos y fantasías incrementaron con el paso del tiempo. Hasta que una noche, aburrido mirando videos de terror en mi computadora, de repente, un anuncio en una página web reclamaba mi plena atención. La curiosidad me invitaba a seguir el rumbo, así que sin dudar un segundo, entré. ¡Y vaya grata sorpresa! Lo podría describir como el mismo paraíso celestial en la tierra; material sangriento de todo tipo; asesinatos, suicidios, abuso, agresiones físicas… Mis manos temblaban de alegría, mis ojos dejaron de parpadear, perdí la noción del tiempo. Recuerdo que admirar ese color rojo oscuro, espeso, provocaba en mí un orgasmo inexplicable jamás alcanzado con el onanismo.

Deseaba profundizar en cosas cada vez más fuertes, no podía saciar mi hambre, necesitaba ese estímulo más seguido y por desgracia, desarrollé una obsesión constante que me distanció horriblemente del mundo real. Tiempo después me diagnosticaron ansiedad generalizada, depresión maníaca y trastorno de personalidad antisocial. Y sin olvidar los cortes profundos que hacía en mi espalda con un alfiler, la comida basura, el consumo desenfrenado de alcohol y los relajantes de venta libre; razones suficientes para morir, pues lastimosamente nunca estuve en peligro. ¿Suerte? Quizás, aunque si me ponen a escoger entre: vivir para siempre con esquizofrenia incurable o morir asesinado a quema ropa; me inclino por la segunda, sin duda.

En casa, mis padres estaban ausentes. Yo siempre pasaba desapercibido para ellos. Nuestro contacto era básico. Yo no percibía ese afecto sincero que tanto añoraba. Y sin percibirlo, crearon a un monstruo que incansablemente luchaba por calmar sus deseos internos repulsivos que ya asomaban sus narices. Ese tiempo en solitario, ese silencio, esa falta de cariño, la supresión de amor desencadenó mi instinto asesino tal y como lo haría un cáncer en fase terminal controlando el sistema inmunológico y aniquilando todas las células a su paso. Regresar no era una opción, continuar era una obligación.

Y sé que sonará extraño, pero soy capaz de recordar los detalles de una situación, lugar, hora, reacciones faciales, olores, clima; una habilidad que raramente tendría el ser humano común. En mi mente todavía recordaba ese momento especial, ese catastrófico día para ella y la anhelada recompensa para mí. Nos conocimos en una farmacia a dos cuadras de mi casa, exactamente, iba por mi medicamento habitual, y sin quererlo, hubo química instantánea y una cosa llevó a la otra... El sexo fue maravilloso, que no hicimos. Aun así, no estaba satisfecho y sabía que era la ocasión oportuna... Me levanté de la cama sin hacer bulla, sin pensarlo dos veces, caminé hacia la cocina, busqué el cuchillo más filoso, lo observé un par de segundo con cara de locura extrema babeando saliva, sonrisa de oreja a oreja, regresé al cuarto dando pasos de gigante y en un abrir cerrar de ojos; surgió como el ave fénix.

Un lunático insensible, ese era yo, acuchillando cerca de cincuenta veces a esa chica. El color de la cama se tornó rojo oscuro ante tal charco de sangre saliendo esas lesiones profundas que le ocasione. Yo estaba excitado, el tiempo pasaba en cámara rápida cada vez que introducía mi cuchillo en su cuerpo hermoso, suave. Tomaba cada gota de sangre cayendo del cuchillo. Era como lo soñaba mientras dormía aquellos días faltos de amor cuando a nadie le importaba mi estado emocional. Las consecuencias llegaron, yo era consciente; mi fantasía era más importante, fui egoísta, pero valió la pena cada maldito segundo y lágrimas derramadas de sus ojos color café claro.

Acabé mi ritual en el baño. En mis hombros, así la llevé hasta la tina, mi cuerpo y el de ella, uno solo, me restregaba con cada parte, saboreaba la sangre como un hombre sediento bajo el caliente sol del desierto. Cuando terminé, escondí el cuerpo. Tal como un carnicero, corté los brazos, piernas, cabeza, torso y los puse en bolsas de basura en lugares estratégicos para que nunca nadie los encuentre. Cada día, sin falta, hago cosas explícitas que aquí soy incapaz de describir, puesto que ocuparía un libro entero con varias sagas. Mi fantasía perversa, premeditada de principio a fin, la causa de mis desvelos, el efecto de unos padres lejanos, desinteresados por la salud mental de su único hijo.


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