El contrato

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Él era “de esos”…

De los que rasgaban malamente la guitarra en el rincón más transitado de una olvidada estación del Metropolitano de la Vida; de los que acaban llorando en su soledad acurrucándose en la oscuridad de la esquina más cercana a las letrinas del pecado; de esos que se sonrojan al ser vituperados por su condición de pobre, esperando con las manos extendidas una pequeña limosna de amistad en busca de consuelo; de esos que no apartan la mirada porque ya nada tienen que ocultar, ni siquiera el dolor de su existencia… De esos que contentan su razón de vivir por un simple esbozo de un beso ingratamente escapado; de esos que no paran de canturrear en torpe síncopa unos desgarrados versos de amores rotos y fraudes vitales; de esos locos cuerdos que sintieron los fantasmas transitar a su alrededor y se atrevieron a hablarles quitándose el sombrero del terror que cubrían sus cabezas llenas de trasnochados ideales… Era de esos con semblantes siempre esquivos por sentir vergüenza ajena de sus propias vergüenzas, de esos cuya existencia lamentas porque hacen aflorar de tu interior la bajeza de la vida…

Él era de esos… Sí.

Hasta que aprendió a ignorarse por saberse tantas veces ignorado y perdido en un firmamento de inalcanzables estrellas; y, pletórico de hartazgo, entregó su rendición sin pactos ni capitulaciones para ceder finalmente la alcaldía de su alma.

Acaso somos de esos porque eso somos al final de cualquier especulación, depósitos miserables en un Monte de Piedad del que nunca se recogen nuestras últimas migajas, monedas fraccionarias de cambio rápido entre manos llenas de roña y olor a pecado, transiciones en un rompecabezas interruptus, mezcla de colores entre sombras huidizas, dolor y miserias, hurtos famélicos, espectros, amores rotos, alegrías vanas y meras ilusiones… Y, al final, chispas de energía perdidas en la locura de la inmensa negrura de lo incomprensible.

Así somos porque la Vida es muda, calla y no se explica; y su gestora, la Parca, siempre cobra su mísero préstamo al cliente con un interés leonino cuyo seguro impago lo empuja al desahucio de su morada más íntima que creía en propiedad… Sin apenas darnos tiempo de ponernos el monóculo y leer la letra bastardilla del contrato.


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