UN TRAJE MUY SINGULAR 1

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Benito García era un hombre de cincuenta años; casado y padre de un hijo adolescente el cual se ganaba la vida haciendo de contable en una importante empresa dedicada a la fabricación y venta online de ropa tanto masculina como femenina de Barcelona, pero a su vez tenía un sentido de la estética por lo que se refiere a la forma de vestir un tanto trasnochado que estaba en consonancia con su escala de valores. Para él el estilo de vida que se enseñoreaba en la actualidad era claramente decadente y destruía con total impunidad la tradicional educación que había recibido desde su infancia, por lo que aquel hombre se sentía fuera de lugar.

Mas un día que en su empresa apenas tenía trabajo, se acercó al almacén de la misma donde se hallaban colgados en unos estantes con perchas un sinfin de trajes de hombre de todas las tallas y colores, y de entre las novedades que había se percató que sobresalía curiosamente un elegante traje azul marino que a juzgar por su diseño bien podría ser de los años 70 del siglo pasado que a Benito le llamó poderosamente la atención. ¿Qué hacía alli aquella prenda? - se preguntó el  contable-. A veces hay objetos tales como un libro, o un vestido como era en aquel caso que sintonizan con nuestra sensibilidad; es como si con su presencia le llamaran a uno para que sea su dueño como así sucedió con Benito por lo que decidió quedarse con él. Pues ya le pagaría a su jefe el importe de aquel vestido; o lo que éste le pidiese.

Obviamente el traje necesitaba algunos arreglos para ponerlo al día y sobre todo ajustarlo más a su talla. Así que Benito cuando terminó su jornada laboral regresó a su hogar muy ufano con aquella adquisición donde encontró a su  mujer Cristina, que era una bella fémina morena de ojos grises en compañía de su vieja amiga de cuando ellas iban a la escuela  llamada Griselda, que era una mujer rubia, de ojos azules con un aire un bastante sensual.

- Me he quedado con este traje, que es magnífico - le informó Benito a su mujer tras haberle dado un beso en los labios y mostrándole aquella prenda-. ¿Te gusta?

- Hombre, no sé qué decirte. ¿Cómo ha sido éso? ¿Te lo han regalado en la empresa? - inquirió Cristina inspeccionando por todos los lados con un aire de esceptico aquel traje.

- No mujer. Ha sido un capricho mío. Pero yo me identifico plenamente con él. ¡Antes sí que se valoraba la elegancia y no hoy en día en que todo da igual - respondió sonriente Benito.

- ¡Que exagerado eres!- apostilló Gertrudis-. Es cierto que las modas han cambiado, pero ahora también hay gente elegante.

De manera que una vez que aquel traje ya estuvo en condiciones, aquel sábado por la tarde Benito vistió aquella indumentaria y fue con su mujer al teatro a ver un famoso musical.

Sin embargo algo insólito ocurrió. Benito sentado en su butaca sintió una fuerte sacudida, y le asaltó un modo de pensar que era muy diferente a su manera de ser; era como si "otro" personaje invisible gobernara a su mente. Esto se puso de manifiesto cuando en la sala entró un joven minusválido sentado en una silla de ruedas acompañado por un hombre mayor, que con toda seguridad sería algún pariente suyo.

- Mira a este pobre chico. Tan joven y va en silla de ruedas - le dijo Cristina a su marido reparando en aquel minusválido-. Pero todo el mundo tiene derecho a disfrutar de la vida. ¿No crees?

- ¡No! Gente así, con estas taras no sirven para nada y mejor sería que se muriesen - respondió Benito con una frialdad que estremeció a su acompañante.

-¡Benito! ¿Por qué dices éso? Tú siempre has sido un hombre muy comprensivo con la gente más débil - le reprochó Cristina horrorizada.

Su marido le echó una despectiva mirada y sin responderle se concentró en el espectáculo.

Cuando el matrimonio estuvieron de vuelta a su casa, Benito se desprendió del traje y se puso un batín, por lo que volvió a ser el hombre apacible y pacífico de siempre. No obstante Cristina no podía desprenderse de la mala impresión que le había causado el desnaturalizado comentario de su marido acerca de aquel minusváido en el teatro.

- ¿Has dicho en serio lo que me has comentado en el teatro? ¿Que los que padecen una minusvalía deben morir? - le interrogó ella una vez en la alcoba. Pues en aquel instante Cristina no estaba segura si se hallaba ante un hombre hipócrita que  aparentaba ser una buena persona pero que en realidad fuera un sujeto más inhumano.

- ¿Yo he dicho eso? No puede ser. No  lo recuerdo. Pero si lo he dicho no tengo perdón de Dios. No sé. En el teatro ha habido un momento que me he sentido raro... Alterado. No sé cómo explicarlo - expresó él con toda franqueza.

Aquel pequeño incidente pronto cayó en el olvido y Benito volvió a su  trabajo. Pero anhelaba volver a vestir aquel traje tan elegante. De modo que a mitad de semana, se lo volvió a poner, y tan pronto salió a la calle se encontró con la sensual Gertrudis, la amiga de su mujer que vivía en el mismo barrio e iba con el cesto de la compra.

- Que gusto volver a verte, chica. ¿Vas de compras? - inquirió él con una sonrisa seductora, mirándola fijamente a los ojos.

- Sí... Mi marido regresa hoy de viaje de negocios y voy al Mercado para comprar una buena comida - repuso ella.

- Tu marido ha tenido mucha suerte  de haberte  conocido, porque eres una mujer encantadora. Muy pocas mujeres son como tú - la halagó él.

- Bueno, bueno. No hay para tanto. Cristina también es una mujer estupenda. ¿No te parece?

- Sí, sí. Claro. Pero tú tienes un algo especial que las demás no tienen. Por ejemplo, esta sonrisa que es un bálsamo para el alma.

Gertrudis enrojeció.

- Bueno. Me voy. Ya nos veremos - quiso cortar ella. Pero Benito, o el "otro" no la dejó escapar.

- Te acompaño.

El hombre se situó a su lado, y empezó a contarle ocurrencias para hacerla reír. Era evidente que la asediaba; que la buscaba sexualmente. En un momento determinado cuando se hallaban en la boca de un callejón por el que apenas circulaba nadie el sujeto le dijo:

- Te voy a hablar claro Gertrudis. Tu marido no te merece. Sólo piensa en los negocios y me consta que te sientes muy sola. Pero yo puedo  remediar esto.

- ¡Cómo te atreves a insinuarte así conmigo! No lo esperaba de ti. Yo quiero a mi marido, y tú no me interesas en absoluto - le gritó ella con resolución.

El hombre abrió los ojos con un odio indescriptible. Aquella estúpida mujer lo despreciaba; lo tenía por un miserable como lo había juzgado una antigua compañera de instituto al que había ido en su juventud que se parecía a ella. Seguidamente, en un fatídico impulso vengativo y con una frialdad espeluznante, Benito, o el "otro" arrastró a Gertrudis a un viejo portal de una sórdida escalera y la extranguló. La acción duró apenas dos minutos y nadie vio la escena por lo que no habría testigos que pudieran inculparle.  Seguidamente Benito como si nada hubiera ocurrido siguió impertérrito su camino.

                                                                     CONTINUA


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