Adriana, reviviendo el recuerdo de una obsesión.

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         Pablo celebró su cincuenta cumpleaños en solitario o, como a él le gustaba decir eufemísticamente, en la intimidad de su hogar. Echando la vista atrás, en líneas generales, no se arrepentía de las decisiones que había tomado. 

        De pequeño los libros le habían servido de refugio. En ellos había encontrado la amistad sin rechazos y el amor. Bueno el amor platónico. El mundo no era un lugar para los tímidos. La mayoría de las chicas le producían indiferencia y unas pocas, las que le resultaban atractivas física e intelectualmente estaban fuera de su alcance, o al menos eso pensaba nuestro protagonista cuando creaba barreras y prejuicios que solo estaban en su cabeza. Era tan fácil en los libros, era tan sencillo acompañar en su viaje al pasado a Mr. Scrooge, protagonista de "Canción de Navidad", y decir las frases correctas para ganar el favor de su prometida después de que la idolatría al dinero rompiera su relación. Sí, aquella escena se había quedado grabada en su mente, aquella escena y otra que le ocurrió un año antes de entrar a la universidad.

       Casi treinta y dos años después había llegado el momento. La física, las matemáticas y la investigación, el incansable trabajo convertido en obsesión estaban a punto de dar sus frutos. 

        Los números y las fórmulas que llenaban la pizarra eran correctos, tenían que serlo.

         Las matemáticas nunca le habían defraudado.

*************

        Adriana medía metro sesenta, su cabello largo, rizado, rubio llegaba a la altura de sus caderas. Tez pálida, ojos azules y boca pequeña. Complexión media, poco pecho. Aquella lejana tarde, en clase, Adriana estaba inclinada sobre el pupitre hablando con una compañera. Llevaba puestos unos vaqueros ceñidos y una camiseta de manga corta. Detrás de ella estaba Pablo, haciendo que leía mientras no perdía detalle de la conversación. La voz de Adriana era bonita, sus palabras hacían cosquillas en sus oídos. Levantó la vista del libro y se encontró a escasos centímetros del trasero de su compañera. Se ruborizó y apartó la vista tratando de pensar en otra cosa. 

      En ese momento, el profesor anunció que el plazo para elegir pareja para el laboratorio de química concluía ese día.

 Adriana se dio la vuelta y preguntó a Pablo. 

- ¿Quieres ser mi pareja? -

      Pablo, con la sensual escena todavía en su mente,  tardó unos segundos en encontrar la voz. Se había formado un nudo en su garganta y era incapaz de hablar. 

- No... es que Luis me preguntó y ya le dije.- tartamudeó indeciso.

Se arrepintió al instante. 

    Luis le había preguntado a él como podía haberle preguntado a cualquiera y el había dicho no a la chica de sus sueños.

*******************

   Treinta y dos años después Pablo entró en el laboratorio y revisó por última vez los aparatos y las complejas fórmulas. El experimento duraría una semana. Se trataba de una sustitución temporal, de un viaje al pasado especial. El dispositivo rastrearía su ADN en unas coordenadas y un momento concreto de la cuarta dimensión y haría la sustitución. Básicamente su cuerpo de cincuenta años permanecería en la silla, dormido, mientras su mente sustituía a la de su yo de dieciocho años. Iría al pasado, volvería a clase, se enfrentaría con Adriana. Solo que esta vez contaría con la ventaja que da la experiencia, la ausencia de timidez y todo el conocimiento del mundo. 

Sería un dios.

******************************

       La conciencia despertó poco a poco. Los olores, el bullicio antes de comenzar la clase y la sensación de estar en un cuerpo distinto le pilló por sorpresa. Miró a su alrededor y vió a sus compañeros de colegio. Otra vez jóvenes.

      Frente a él, hablando con su amiga, Adriana. El timbre de su voz o quizás el contenido de la conversación o la mezcla de ambos a la vez, eran un tanto infantiles. Estudió su cuerpo y mentalmente lo calificó de regular. Para empezar la ropa parecía gastada, camiseta y pantalón no combinaban bien. El físico dejaba que desear, en los brazos desnudos crecía más vello de la cuenta y su retaguardia, en fin, no tenía nada de sensual. "¿De dónde diablos había venido todo ese rubor? Aquella chica era una más de tantas, más bien normalita tirando a..."

La entrada del profesor detuvo sus pensamientos. 

     Adriana se giró y leyó el guión que la Historia ya había escrito. Esta vez Pablo respondió rápido, con un escueto, frío y ensayado  "vale".

       Durante los siguientes días, el científico hizo alarde de su conocimiento y obsesión por la perfección para sacar la máxima nota en un test, acaparar las respuestas en cada clase y de paso atraer la atención y aprobación de todo el mundo a su alrededor. En el laboratorio, con Adriana, sacó su lado de educador para instruir a su pupila, que es como consideraba a su otrora idealizada compañera. Incluso se atrevió en dos ocasiones a corregirla dejándola en evidencia delante de Laura.

          Laura era una chica más madura, con cara de mayor. Pablo se sintió atraído por ella y jugó con sus armas para atraer su atención. Laura, aunque no sentía especial interés por el físico de aquel chico, si notaba cierta superioridad y madurez,  y enseguida vió la posibilidad de sacar partido de todo aquello.

       La tarde antes de cumplirse la semana, Adriana estaba en clase mirando por la ventana, aguardando la llegada de Pablo para la clase particular que habían acordado. Aunque notaba cierta indiferencia en el chico, había algo en él que la atraía, quizás fuese la antigua timidez que, extrañamente, parecía haber perdido. De pronto, el rostro de la estudiante cambió. Fuera, junto a un árbol, Laura y Pablo estaban besándose en los labios con pasión.

       Adriana miró el reloj, pasaban veinte minutos de la hora pactada. Una punzada de celos la invadió. Durante unos minutos observó su futuro y no vio nada más que oscuridad y tristeza. No se le daba muy bien el estudio, por indiferencia o falta de interés los chicos no se acercaban a ella. Pablo parecía diferente, la había mirado, era o había sido, tímido como ella y podría ayudarla. También estaba Miguel... pero ella había elegido, una vez más, al chico equivocado. El pensamiento de abandonar el mundo cruzó por su cabeza por primera vez.

******

Epílogo

      Pablo, de vuelta a su cuerpo y a su tiempo suspiró. El sabor en los labios de aquel beso era agradable,  pero como todo tenía fecha de caducidad. No había podido ver a Adriana el último día,  pero tampoco le preocupaba mucho. 

      Se conectó a la red, tecleó un nombre y una fecha y la imagen de una carta apareció en el panel. De repente la memoria de su otro yo se fundió con la información en la pantalla y le alcanzó de forma abrumadora mientras , el aguijón de la culpa, se clavaba en su corazón.

Fin


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