Infancia de un suicida, dos.

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Lo siguiente- véase, infancia, primera parte; si se quiere-, fue encontrar a Isabel. El uno entre cien mil posibilidades de que un indigente encuentre novia, se hizo posible como paso subsecuente al otro uno entre unos cinco mil que existen de que halle calor en otra persona. Haciéndolo mucho más fácil, qué duda cabe. Sólo que tenía un problemilla con la cocaína, Isabel. Pero ahí estaba yo; hecho un gentleman, como decía, y mejor consejero que muchos profesionales en la materia. Isabel había seguido el camino inverso al mío. De deslumbrante profesional de la abogacía a casi prostituida por el polvo blanco, había pasado, en cuestión de muy poco tiempo. Menos del que se puede imaginar a simple vista.

Andaba uno sentado en un banco granítico en un plaza de la calle Huertas, saboreando el purillo- de los dos  que me tenía asignados al día y que me había mercado en un estanco cercano, cuando me pidió permiso para compartirlo- el banco, no el purillo-, ella. Por aquel entonces ya no usaba medias de cristal, ni de seda y aparecía un tanto desgreñada, y se notaba que vestía con cualquier cosa sin preocuparse por la imagen que daba. El narigo la había traicionado. Pero seguía siendo una- si se miraba bien- imponente señora. Experto en toxicomanías que me considero, asumí como reto sacarla de aquel infierno. Sólo necesitaba veintiún días. Veintiún días y una habitación de hotel. Un sin techo sabe muchas cosas, como, por ejemplo, que tres semanas sin esnifar coca son suficientes para perder el hábito, si se quiere dejar realmente el polvillo amazónico, el alcaloide diabólico blanco. Yo creo que si fuera negro, tal disfraz lo haría ostensible: su apariencia inocente engaña, al menos al incauto. Pero esta es otra historia. Ya digo: sólo tres semanas.

Y  así se lo dije cuando me contó su problemilla.

La habían echado del trabajo y estaba a punto del desahucio por impago en la vivienda de alquiler en que estaba residenciada. Ya digo, al borde de muchas cosas de las que no hay vuelta atrás, se hallaba.

 

 Tres semanas, algún tranquilizante y mi dedicación habrían de tener la culpa de que aquella mujer volviera a ser la misma.

https://youtu.be/ulBk53AJqAg


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