Piel canela (Melodías en prosa)

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Nunca dijo una palabra dulce, nunca un te amo por comprometedor, pero en realidad le avergonzaba cómo se oiría en su voz. Veía a su mujer y después de tantos años aún sentía estremecimiento cuando la sentía a su lado. Suspiró mientras la música acompañaba como banda sonora un romance otoñal y ella, vieja y hermosa, deambulaba por la casa.
El lado A se fue, quiso cambiar al B, pero su mano temblorosa desfallecía y con dificultad suspendió la aguja en el aire, entonces ella lo auxilió dando vuelta al disco mientras las setenta y ocho revoluciones giraban infinitas. El tocadiscos revivió y el sonido añejo de la aguja recorriendo el ajado vinilo fluyó. “Que se quede el infinito sin estrellas”, con los ojos cerrados la imaginó, más allá del tiempo, fulgurante, “o que pierda el ancho mar su inmensidad”, iluminando el agónico atardecer. Y soñaba con los amores viejos, enamorado de ella, sin expresarlo y a la vez sin dudar. “Pero el negro de tus ojos que no muera”, y en lo profundo de su alma revoloteaba la amante, “miel canela de tu piel se quede igual”, que con atención observaba extasiado.
La aguja se deslizaba produciendo un rumor empalagoso que se confundía con la melodía y embelesaba al atardecer con notas del pasado. “Si perdiera el arco iris su belleza”, y su amor parco brillo en colores, “y las flores su perfume y su color”, el aroma del recuerdo le invadió el alma, “no sería tan grande mi tristeza”, un sobresalto lo tocó y la buscó con la mirada, “como aquella de quedarme sin tu amor”, pero ella estaba y sonreía. “Me importas tú y tú y tú y solamente tú”, la llamó con un leve movimiento de su mano temblorosa, “me importas tú y tú y tú y nadie más que tú”, ella se acercó y él con gran esfuerzo se levantó para abrazarla.
La melodía los invadía, las sordinas romantizaban los tiempos de las trompetas que conversaban con el piano. Los viejos cruzaron sus miradas, “ojos negros piel canela que me llegan a desesperar”, y un te amo silencioso relució levísimo en sus labios, “me importas tú y tú y tú y solamente tú”. Sus sentimientos habían brotado sigilosos, “me importas tú y tú y tu y nadie más que tú”, y ella en su cadencioso silencio al fin los disfrutó.
La banda sonora con melosa armonía se hacía cómplice y Bobby era testigo de su amor.


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