Islas Andamán

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Estamos atravesando la carretera Bamboo Flat, que une las tres principales islas  del archipiélago de Andamán. Vamos en un bus desvencijado al estilo indio. Las ventanillas tienen que ir cerradas por el riesgo de que algunos indígenas de las islas, ( los Jarawa, que son los más agresivos ) nos disparen sus flechas. Están enfadados con los colonos indios, porque uno de sus niños resultó herido en la trampa de un furtivo. También vienen en el bus, dos militares con sus fusiles preparados por si acaso: la cabo Amira Shelai y el soldado Sing.

El autobús retumba por la selva profunda, atravesada por una línea de alquitrán como único elemento dispuesto allí por la mano del hombre. Antes de dejar la isla del sur, donde está la capital, Port Blair, subimos en un ferry sin bajarnos del vehículo, cruzamos el canal que separa las dos islas y seguimos la ruta por la selva de Middle Andaman.

Todos miramos por las ventanas por si vemos algún indígena saliendo de la exuberante naturaleza; estamos atravesando por el lugar más cercano a sus tierras y la tensión se nota en el ambiente. Todo hay que decirlo, yo también llevo la cámara preparada por si acaso. En estos momentos conseguir una foto de algún indígena disparando flechas sería un éxito para nuestro reportaje.

Mientras voy pensando en ello:
¡¡¡Flisfff!!!
Silva una flecha impactando en el bus
¡¡¡Flisfff!!!  ¡¡¡Flisfff!!!
Suenan las flechas contra las ruedas y la chatarra de la carrocería. El conductor acelera, pero el autobús no tira a más de veinte por hora y se queda atascado.

Entonces la cabo Shelai abre una ventana de la parte delantera y dispara una ráfaga de su metralleta a la copa de los árboles de la selva:

¡¡ra-ta-ta-tá!!  ¡¡ra-ta-ta-tá!! 

De repente se oye como una desbandada de gente corriendo hacia el interior de la vegetación. El soldado Sing viendo el efecto de su compañera también empieza a disparar al aire como un poseso, hasta que acaba vaciando el cargador de su fusil, al mismo tiempo que se mea de la emoción.

Todos estamos en el suelo del bus, amontonados unos en otros; varias mujeres gritan como si fuera el último día de su vida. La cabo Amira Shelai pide silencio y escucha atentamente los ruidos de la selva. El bus está inclinado en la cuneta llena de vegetación y no podemos movernos, mientras tanto los Jarawa parece que cada vez están más lejos.

El soldado Sing llama por radio y tres horas más tarde llega un bus de refresco, en el que continuamos dirección norte, con una nueva escolta de dos soldados y un cabo.

Nos despedimos de la cabo Amira y el soldado Sing como si fueran unos héroes, alguien trae unos collares de flores y se los ponen alrededor de sus cuellos, también se hizo una colecta en rupías por habernos salvado de los Jarawa.

El nuevo autobús parece más cómodo y además va más rápido, como si no hubiese nadie más en toda la carretera. De hecho, creo que en todo el trayecto nos cruzamos con dos motos y cuatro bicis. Nuestros destino es Ross Island. Una isla solitaria sin habitantes a la cuál se puede acceder con un permiso.

Después de atravesar un nuevo canal ya en barco y sin bus, llegamos a Ariel Bay, último lugar habitado de North Andaman y nos instalamos en una pension del puerto. Enseguida descubrimos la mejor comida del lugar en un local conocido como Happy Prawn, propiedad de una mujer bengalí de nombre Mama, que cocina el curry de gambas gigantes como nadie. Aunque lo de Gamba Feliz no lo entiendo muy bien.

Al día siguiente tramitamos el permiso para ir a la isla solitaria. Nos conceden desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Suficiente para relajarnos de la movida del día anterior.

Preguntamos para contratar un barquero y quedamos a las cinco de la mañana del día siguiente. Él nos recogería y volvería a buscarnos para la vuelta por la tarde. El precio: trescientas rupías. Así que salimos de la pensión con cuatrocientas rupías a las cinco de la mañana, las cien restantes serían para la cena a la vuelta de la isla. 

Amanece de forma espectacular cuando llegamos a Ross Island. Son las seis de la mañana y tenemos doce horas por delante en absoluta soledad. Nos instalamos en una de sus playas y desplegamos las toallas y toda la parafernalia de dos equipos de fotos: cuatro cuerpos de cámaras y muchos objetivos. Tomamos imágenes en formato diapositiva y disfrutamos de la naturaleza es estado puro.

En un momento dado decidimos explorar este islote pequeño de no más de un kilómetro cuadrado. Nos adentramos en la vegetación y dejamos nuestras cosas en la playa. La mini jungla resulta magnífica. Foto aquí, foto allí, mariposas gigantes, insectos extraños. Bueno, pues el caso es que a la vuelta a la playa, parece que alguien ha estado revolviendo nuestras cosas, que mosqueo. Reviso todo inmediatamente y el dinero no está, creo que es lo único que ha desaparecido. Menudo chasco, parece ser que la isla no es tan solitaria. No obstante respiramos aliviados porque no falta nada de los equipos de fotos. 

Pasamos el día de forma muy agradable y a las seis de la tarde nos vamos a un lado de la playa donde ya está el barquero esperando. Como el hombre no habla inglés intento explicarle con señas que no tenemos el dinero, que nos lo han robado. Pero el hombre cree que no queremos pagarle, así que no nos deja subir a la barca. Al final, parece que entiende algo y ya podemos subir y arrancar hacia el puerto, donde quedamos de pagarle en la pensión.

Antes de arribar al puerto, decidimos que nos deje un poco antes en un muelle lateral que está cerca del local de Mama, para ir a cenar antes de ir a la pensión. El indio se mosquea un poco pero accede a dejarnos donde le pedimos. Bajamos de la barca y vamos al Happy Prawn pensando en el curry de gambas.

Entramos en el local y al poco ya estamos dándonos un festín con la mesa llena de platos, no sin antes explicarle a Mama lo del robo de las rupias. 
- No importa - dijo, mañana me pagáis. 
Y entre plato y plato, se presenta el barquero con el mosqueo al máximo nivel, al ver que nos estamos gastando una pasta en la cena, pero a él no le queremos pagar.

Aviso rápidamente a Mama y le pido que explique al hombre lo que pasa y que en breve le pagaré en la pensión. A partir de aquél momento ya todo fueron risas. Cenamos las magnificas gambas y fuimos a la pensión donde pagamos al barquero.

A la mañana siguiente tomamos un barco y seguimos viajando por estas islas tan idílicas como desconocidas.

 

 


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