EL OASIS AFECTIVO 1

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Rafael Santos que era un hombre de mediana edad, al salir de su casa que estaba ubicada en un montañoso pueblo marítimo del litoral de Cataluña se dirigió a una peluquería bisexual que se hallaba a escasos metros de la misma para hacerse un corte de pelo.

Una vez quese hubo entrado en aquel establecimiento le atendió solícita una exótica mujer relativamente joven de una tersa piel morena y con unos ojos negros tan profundos como la noche, quien no dejaba de trajinar con gran diligencia barriendo con una escoba el local y posteriormente poner en orden los objetos y linimentos que había en las estanterías, por lo que a Rafael le dio tiempo para cerciorarse que dicha fémina era oriunda de algún país oriental.

Cuando el cliente le hubo expuesto lo que deseaba a la vez que se acomodaba en una silla giratoria frente a un espejo, tras cambiar algunas impresiones intrascendentes sobre el tiempo, él le preguntó:

- Por cierto. ¿De dónde eres?

- Soy de Marruecos, aunque mi familia y yo llevamos viviendo aquí unos quince años - respondió ella con una estudiada amabilidad.

-Mira que bien. Pues yo venía a veranear a este pueblo desde los diecisiete años. Y en aquellos tiempos el puerto no era más que una cala en la que uno se podía bañar - contó Rafael de un modo un poco gratuito; como si buscara conversación.

- Ah... - expresó la peluquera lacónicamente.

- Sí, este pueblo ha cambiado mucho desde aquel entonces - prosiguió él.

-Lo supongo.

En aquel instante el roce de la atrayente mujer y sobre todo el exquisito trato que le dispenaba le puso en evidencia el hundimiento de su vida afectiva; entrevió lo que pudo haber sido y no fue. Su mujer que últimamente no cesaba de acusarle de machista y de opresor como si él fuese un error de la Naturaleza, al final ella le había confesado que había descubierto que tenía una sensibilidad de lesbiana y se había divorciado de él para ir a vivir como pareja con otra mujer en un piso de Barcelona. Pero a Rafael lo que más le dolía era que sus dos hijos que habían ido a vivir con la madre, influenciados por ésta también lo despreciaran. Mas lo desconcertante era que Rafael cuánto más trataba de ser comprensivo y dialogante con sus vastagos, ellos aún le trataban con mayor desdén. Era como si les molestara su benévola actitud. Claro que si por el contrario el hombre se enfadaba con sus hijos por su falta de respto y de consideración éstos no dudaban en tacharle de intolerante y de autoritario y prescindían de él. De modo que Rafael ya no sabía cómo tratarlos.

 Por otra parte, Rafael que de vez en cuando iba a visitar a su padre que era un hombre de avanzada edad, el cual vivía en un piso de la ciudad había aprendido en no confiarle nada de sus problemas personales ya que él sabía que si lo hacía éste no querría ponerse en su lugar; no le concedería ningún apoyo moral como siempre había hecho a lo largo de su larga vida y por tanto cuando se veían solían hablar de temas sin ninguna importancia.

Dado que la empresa de electrodomésticos en la que había trabajado Rafael hacia tiempo que había dejado de existir y en la actualidad él se ganaba el sustento haciendo de vigilante cívico para el cuerpo de la policía local del pueblo en el que residía, nuestro hombre no podía dejar de sentir que aquella estabilidad tanto afectiva como profesional que tanto había anhelado en su juventud se había desmoronado como un edificio en un terremoto dejándole a él como a tantos otros sumido en un desasosiego y en una incertidumbre total.

Pero ahora Rafael al ver aquella peluquera tan agradable le pareció que tal vez podría congeniar con ella; establecer una nueva relación. Aquella dama bien podría ser un oasis en su árida existencia.

- Oye. ¿Y cómo te llamas si se puede saber?- le preguntó el cliente con una sonrisa algo provocativa.

- Me llamo Safa. ¿Por qué?

- Oh...Curiosidad - respondió el cliente un tanto violento-. Yo me llamo Rafa.

- Está bien.

- Oye Safa. Supongo que tú y tu familia cuando llegastéis aquí os debió de chocar nuestras costumbres.

-¡Huy y tanto! - expresó ella-. En mi país se respeta mucho a la familia y a los maestros de las escuelas. En cambio aquí los hijos mandan a paseo a sus padres y a los profesores. Y veo también que las mujeres mandan mucho en los matrimonios. Es como si los hombres contaran bien poco.

- ¡Bueno! ¡Dímelo a mí!

A Rafael el hecho de que una persona de otra cultura viera con una objetiva perspectiva la manera de vivir de su lugar de origen y denunciase la decadencia social de ahora mismo le llegó al alma. Al parecer al irse a pique las viejas tradiciones de una connotación religiosa que habían perdurado durante tantos años en las que se había apoyado gran parte de generaciones anteriores esto había repercutido en la conciencia de la gente, y en su lugar se había instalado en el  estado de ánimo social una actitud nihilista capaz de negar, de rechazar todo tipo de valores tanto morales como sagrados, por lo que todo da igual.

Era por eso mismo que el cliente tenía necesidad de entablar una relación con una mujer singular que supiera respetarlo con sinceridad y que supiera ofrecerle ratos de una sutil ternura.

                                                                       CONTINÚA


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