CAZADORES DE DESTINOS (3 de 3)

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Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
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Lunes 18: Entrega de diplomas

El teléfono sonó toda la mañana, en ocasiones atendían e insultaban al que llamaba; otras, lo dejaban sonar. Llamaron nueve veces, pero a Víctor le pareció como si hubiesen sido cientos.

Se puso la corbata frente al espejo, pero allí solo podía ver reflejado al hombre de la máscara de arlequín.

-Víctor -dijo su madre-, no hay tocino. ¿Por qué no comes un plato de cereales?, te ayudará a sentirte y verte mejor en la ceremonia de hoy.

A Víctor le dieron más náuseas que cuando vio vomitar a Eric en la fiesta del sábado. No es que no le gustara el sabor de los cereales, jamás los había probado, tan solo ver a su padre comiéndolos cada mañana le provocaba rechazo; el mismo rechazo que tenía a una vida rutinaria, llena de obligaciones y fórmulas químicas.

Al llegar al colegio se juntó con todos sus compañeros, en el acto había mil y un jóvenes vestidos de toga negra y birrete.

Llegó el turno de Eric Babbard de subir al escenario:

-¿Qué pasó con la borla de su birrete, señor Babbard? -le preguntó un profesor en las escaleras.

Eric la había perdido.

-Ni me había dado cuenta de que no la tenía -rio Eric.

-¡Suba de una vez! -ordenó el profesor.

Todos aplaudieron cuando Eric alzó los brazos arriba del escenario; era sin dudas el más querido por sus compañeros.

Luego le tocó el turno a Víctor. La celebración fue menor, aunque los profesores compensaron bastante aplaudiendo a quien había sido uno de sus mejores alumnos.

En medio del discurso vio a su acosador sentado entre sus compañeros. Llevaba una toga, un birrete y su sempiterna máscara de arlequín.

Víctor saltó del escenario con determinación. Corrió tras el extraño que lo espiaba desde el sábado. El misterioso enmascarado huyó. Ambos iban a la misma velocidad, podría decirse que estaban sincronizados en aquella trepidante carrera. La distancia entre los corredores permanecía constante, el más pequeño detalle podía decantar el resultado de la persecución.

El hombre de la máscara de arlequín se volvió para comprobar la distancia que le separaba de su rival y entonces tropezó; la suerte se había decantado del lado de Víctor.

Lo alcanzó y le saltó encima, usando sus rodillas para presionar sus omoplatos con fuerza. El arlequín estaba inmovilizado, y sus esfuerzos por liberarse solo le causaban dolor y aumentaron su frustración.

-¿Qué demonios quieres? ¿Por qué no me dejas en paz?

-Intentaba aprender de ti, supieron que tiraste las cartas de las universidades y que no haces más que hablar de arte. No debiste hacerlo, ahora estás sentenciado. Quién sabe lo que será de ti…

-¿Pero de qué estás hablando? ¡Vamos, di!

-Todos tienen uno, en caso de que no quieran seguir su destino. Mejor vete antes de que lleguen…

Víctor le sacó la máscara de arlequín y se echó hacia atrás liberándolo. Tras la máscara había un muchacho que era exactamente igual a él.

Verse a uno mismo llorando frente al espejo es un espectáculo desgarrador, pero no es nada comparado con lo que le sucedió a Víctor en ese momento; su doble lloraba lleno de temor por su propia vida.

-Solo seguía órdenes -continuó el doble de Víctor-, pero ahora no me importa si me matan. No quiero hacerte eso. Si tú haces lo que debes hacer y tienes una vida plena, yo estaré feliz y será como si yo viviera también. Si se enteran de que me has descubierto acabarán también conmigo. Debes irte antes de que lleguen –su voz temblorosa caló en lo más profundo del alma de Víctor.

-¿De quiénes hablas? -preguntó Víctor-, ¿del gobierno?, ¿de dónde has salido?, ¿cómo es que…

En ese preciso momento alguien llegó y le golpeó la cabeza haciendo que perdiera la conciencia.

 

Martes 19: La inscripción en la universidad

El teléfono sonó, pero esa vez el visor mostraba que el llamante era Eric:

-Hola, señora Adam -dijo el Gordo- ¿Se encuentra Víctor en casa?

-Buenos días, Eric. Salió esta mañana antes de que despertáramos. Dejó una nota diciendo que se iba a anotar en la universidad de ciencias.

Después de colgar el teléfono, la señora se dirigió a la mesa para desayunar con su marido.

-Me alegro de que haya tomado la decisión correcta -dijo el padre de Víctor mientras se atragantaba con un plato de cereales-. Le dije que lo mejor era que estudiara aquello para lo que realmente está dotado, en lugar de aquello que es solo una pasión.

-Sí -dijo algo afligida-, supongo que es lo mejor.

Luego advirtió que junto al suyo había otro plato.

-Querido…, ¿de qué es ese plato sucio que dejó Víctor?

-Por lo que veo, desayunó cereales -dijo el hombre.

-Pero él los odia -dijo ella sin terminar de creer lo que estaba viendo.

-La gente cambia, querida; la gente cambia...

 

FIN

 


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