UN CAMINO PERTURBADOR.

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Una creencia no es simplemente una idea que la mente posee, es una idea que posee a la mente” (Robert Bolt, 1924-1995, escritor y guionista británico)

Fue una noche del mes de abril, de luna oculta y   sin la acostumbrada brisa marina que siempre corría en la costa.  Se daba inicio a la Semana Santa; por el litoral de la playa, un hombre apuraba el paso, hundiendo en la fina arena   la suela de sus botas de vadeo y soportando, con aptitud de disgusto, las gotas de sudor que resbalaban desde su cabeza hasta cubrir parte de su rostro. Había culminado su faena en la orilla del lago, sin antes asegurar “El Cangrejo Azul” un bote, que ató en un improvisado atraque que compartía con alguno de sus compañeros.

 Horas antes, había culminado la actividad de pesca junto a su compadre Marcos Croes, un experimentado marino que había inmigrado desde alguna isla del Caribe y desde entonces, cultivaban amistad y confianza.

 La residencia de Marcos estaba muy cerca a la orilla de la ribera, la de él, mucho más retirada. Era un inmueble   que arrendaba   en dicha temporada, y que por esas asiduas visitas  efectuabas al pueblo, ya era lo suficientemente   conocido y estimado por los nativos.

Vicente, se llamaba, de cuarenta y cinco años, de contextura fuerte y aunque se observaba de recio semblante, poseía la típica personalidad de las personas que se admiran por mostrar respeto y consideración por los demás. Esa noche, había renunciado a seguir pescando, no solo por el sofocante clima, sino por la poca expectativa:  ningún movimiento de peces hubo, ni en las profundidades ni en la superficie de las aguas.  Por esas razones, ambos hombres, decidieron regresar a sus hogares.   

 Pasadas las 12:00, cada uno partió.  Vicente avanzó por la trilla que sale al poblado, aún le faltaban un largo trecho  por recorrer. Debía cruzar la calle principal y después, tomar rumbo adentro, hasta llegar al próximo caserío, adyacente a una zona boscosa y densa  que dividía  aquel lugar.

 No escuchaba el zumbido de las chicharras ni el graznido de alguna ave nocturna, extrañaba el ulular de los búhos, asomados en los huecos de los troncos de los árboles, también lno oír  los  zambullidos de las gaviotas y  el  de los flamingos, habituados  a apostarse en la ribera para proveerse de alimentos, como  tampoco    el vaivén de las  altas palmeras que abundaban  en todo el paisaje lacustre. >Que noche tan calurosa, pero, lo raro es tanto silencio> Murmuro Vicente.

Fue en ese momento, al susurrar sus palabras, cuando   recordó las recomendaciones dadas por su compadre al despedirse:

—Vicente ve con cuidado, ojos y oídos abiertos.  Sé que no eres creyente, y mucho menos, sobre apariciones y visiones, pero aquí como en todo pueblo, es muy común que la gente vea y perciba ese tipo se sensaciones y en estos días santos, al parecer se presentan con más frecuencias - Comentan que, por el paraje, después de   atravesar la avenida, han visto   manifestaciones de fenómenos sobrenaturales. - Desvíese de la ruta, váyase por la otra vereda, la del lado izquierdo. Igual va a llegar a su casa- Vaya con cautela, pueden no ser fantasmas sino vivos para hacer maldad.

— ¿ Compadre y usted da crédito   a esas murmuraciones? … ¿acaso estamos en la Edad Media? Todo está en la imaginación y creencias de uno mismo. Es más, no  voy a desviar mi camnino - Usted tranquilo, mañana nos volvemos a ver y roguemos tener mejor suerte, duerma  y descanse- Se despidió Vicente, con voz seguro  y optimista.

No obstante, inició su rumbo acelerando el andar. Cargaba a cuesta el morral donde guardaba todos los utensilios de pesca, que, para apaciguar el peso, forzosamente tuvo que detenerse para cambiarlo de posición, aprovechando para colocarse en la cabeza una linterna frontal y así con agigantados pasos siguió la vía que había decidido. 

 Pasado unos minutos, escuchó un silbido proveniente de la parte de atrás, lo que lo obligó a voltear la cara, siguiendo la luz de la linterna, Vicente explayó los ojos, giró su cabeza de derecha a izquierda y profundizó su mirada hacia lo que había recorrido, para ver quién lo seguía, de quién se trataba. Lo lograba ver nada, solo penumbras  entre la espesura del monte, pero, el silbido continuaba…en la medida que avanzaba, lo escuchaba más cerca en  sus espaldas. Era una resonancia vibrante, alta, perturbadora. < Ese silbido es de mujer, no tengo dudas>. Pensó Vicente.

Inevitablemente y con más razón continuó aligerando el paso, mientras que el sonido ya lo llevaba como cabalgando  pegado a la nuca.. No podía negar que el temor invadió su cuerpo, paralizándolo,  y sin poder  atreverse, nuevamente ,  a voltear  su cabeza   > Esto no me parece que es de humano> Reflexionó.

 Cuando logró reponerse, dispuso irse a las zancadas, esperando que, que por las corridas, el silbido iba a abandonarlo, pero fue inútil,  persistía …  Lo escuchaba tan próximo que ya lo sentía dentro de sus oídos con una sensación de turbulencia.  Fue en ese ínterin, cuando una fuerza que emanó de su propio cuerpo, lo lanzó velozmente a correr. El hombre corrió y corrió, saltando todo lo que creía ver como obstáculo.

Pero, el zumbido perturbador, se hizo prolongado en el interior de su cráneo, retumbando en su cerebro. Ahogado en sudor y temblando de frío, Vicente alcanzó la puerta de su domicilio. Tiró de la puerta y entró.

— ¿Qué le pasa Vicente? ¿Por qué esa palidez en su rostro? ¿Dónde está su mochila? -Preguntaba su mujer, María Julia, imaginándose las peores cosas y sin escuchar respuestas, se le acercó y ansiosa le tocó la frente.

Vicente, estaba inmóvil, jadeante y sin poder dar un paso. Solo se tapaba con ambas manos sus oídos. 

Hombre…si trae fiebre, dígame, ¿qué ha sucedido?

El hombre respiro profundamente y se tiró al piso, sumamente agotado.

—Mujer, usted sabe que no creo en fantasmas, pero algo sobrehumano   me persiguió hasta acá- Un silbido me acompañó en todo el viaje, que casi me vuelve loco, en la medida en que creí alejarme de él,   más cerca lo oía – Por primera vez he sentido  morir  de miedo.

—Y por qué vía regresó?, no me diga que por lo que llaman “la trocha de las apariciones.”

—Pues sí, desafié lo que me advirtió mi compadre. Y tengo la certeza de que ese silbido es de mujer, estoy más que seguro.

 —Yo no lu dudo… Dicen que ese silbido es el llamado de la Ánima Sola, que solo lo escuchan los no creyentes, los testarudos y los hombres que se creen valientes- Respondió María Julia, con una entonación de   sarcasmo.

—¿El Ánima Sola?, pues, tengo quince años casado con una que se parece a ella, cuando no tengo dinero para entregarle, me ensordece  con su chillido agudo  y aterrador  ¡Mujer desconsiderada! -Le respondió el hombre visiblemente molesto.

 

 


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