CRÍMENES EN BLANCO Y NEGRO (2 de 3)

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Romero llevó a su casa la resma de hojas impresas con las conversaciones de Karina y sus amigos; eran la última esperanza de encontrar algún dato que lo guiase al Asesino de la rosa negra. Se sentó a leer en su antiguo escritorio de madera junto a su lámpara oxidada, una de esas que ya no se fabrican y que dan la sensación de que seguirán funcionando por siempre.

Se sirvió un vaso de coñac e inició la lectura. Se sintió perdido entre tantos emoticones y palabras abreviadas. No le parecía estar leyendo conversaciones, sino jeroglíficos modernos sin sentido, pero se necesitaba más que eso para detenerlo. De pronto leyó que Karina hablaba de haber conocido a alguien interesante en el sitio amigochat.com. La joven mencionó a un muchacho romántico, inteligente y con sus mismos gustos. El detective se sirvió un segundo vaso de coñac mientras reflexionaba y recordaba la habitación negra y rosa de la joven. Bebió medio vaso de un sorbo, y encendió su viejo ordenador decidido a ingresar a amigochat.com.

Había decenas de salas para elegir, pero primero debía crear un perfil adecuado. Marcar el casillero de género femenino, subir una foto bajada de internet y poner un nombre que incluya alguna parte del cuerpo serían cuestiones suficientes para atraer la atención de cientos de hombres en minutos. Todo aquello lo hizo pensar en la cantidad de veces que un hombre mayor y alcohólico ingresaría al día con un perfil falso para hablar con jovencitas ilusas.

Haciendo memoria de las víctimas se dio cuenta de que todas tenían ciertas características en común. No eran chicas populares y llenas de amigos; se trataba de muchachas más bien introvertidas. Consideró que un perfil atractivo desde lo físico no despertaría el interés de un asesino como aquel. Entonces lo decidió. No puso foto ni indicó su género. Para finalizar se llamó a sí mismo Niñapoetisa, y así comenzó a recorrer las salas de chats.

Entre los usuarios en línea encontró a muchos personajes con nombres extraños e incluso irreproducibles, pero hubo uno que llamó su atención: Mimo666.

Niñapoetisa no le habló, por supuesto, prefirió esperar a que Mimo666 diera el saludo inicial. Luego de media hora, dos vasos de goñac, y muchos saludos de otros potenciales degenerados, Mimo666 se presentó.

A Romero le temblaban las manos, tenía un sospechoso del otro lado de la pantalla; tan lejos y a la vez tan cerca.

Tuvieron una conversación de varias horas, tiempo en el que el detective abría una ventana tras otra con poemas y frases que le ayudaran a hacer ver a su personaje como una apasionada pero elegante muchacha deseosa de un cortejo.

«¿Quién es tu escritor preferido» preguntó en un momento Mimo666.

«Edgar Allan Poe» dijo Niñapoetisa, «me gusta la poesía oscura».

Mimo666 le pasó un poema que él mismo había escrito, un poema que revolvió las entrañas putrefactas de Romero:

«Te arrancaré la lengua, te cortaré los dedos, y no podrás entonces dialogar de nuevo.

Echaré plomo derretido en tus oídos, y no volverás jamás a discutir conmigo.

Serás como un mimo, que habla sin palabras, que en sus actos deja las cosas claras.

Y cumplirás tus promesas, día tras día, pues no podrás vender tus frases vacías».

–Te encontré, maldito –pensó Romero en voz alta–; este poema solo pudo haber sido escrito por un loco.

Luego de que el ritual de letras se prolongara por uno minutos más, Mimo666 invitó a Niñapoetisa a una cita para la noche siguiente. Del otro lado de la conversación Romero escribió «Me encantaría :)», y envió el mensaje con un clic y una sonrisa triunfantes.

___________________________________

–¿Algún rasgo particular sobre los ladrones? –preguntó el oficial Zurita mientras tomaba nota.

El denunciante dudó por unos segundos y luego respondió casi pidiendo permiso:

–Sí…, los cuatro estaban vestidos de payasos.

–¿Payasos?

–Sí, payasos. Tenían ropa a rayas blancas y negras, sus rostros estaban maquillados y durante el asalto no dijeron ni una palabra. Ni siquiera puedo asegurar si eran hombres o mujeres.

El detective Romero estaba parado a unos metros tomando un café con licor. Al escuchar eso se acercó e intervino en la conversación:

–Esos no eran payasos; eran mimos.

El detective terminó su trago en un instante y se dirigió al oficial:

–Quiero que me acompañes a interrogar otra vez a la niña de los labios cocidos.

–Sobre eso le quería hablar, jefe –dijo Zurita.

Ambos se fueron a un rincón y el oficial le contó lo que había sucedido con Judith.

–¿Cómo que se escapó? –preguntó el detective.

–La dejé sola un momento y luego no pude encontrarla.

–¡Pero es una niña! –dijo Romero–. Su padre está detenido, no podemos permitir que ande sola, sobre todo luego de lo que le pasó.

Un oficial se acercó para decirle a Romero que el comisario deseaba hablar con él en su despacho; otra vez estaba en discrepancia con sus métodos. No era el mejor momento para hablar con el detective, no estaba de humor, aunque a decir verdad Romero nunca estaba de buen humor.

___________________________________

–Sabes cuántos casos has resuelto de los últimos veinte que se te asignaron –preguntó el comisario–. No tengo idea –dijo Romero– ¿Usted dónde lleva la cuenta?, ¿en su diario íntimo?

–Tres, Romero. Solo tres.

–¿De verdad? Esas son fantásticas noticias. Creí que me iba a decir que no resolví ninguno. Uno solo habría sido suficiente para que todo mi trabajo cobrara sentido. Me ha alegrado el día, jefe.

Los ojos del comisario se abrieron como si estuviesen a punto de incinerar al irreverente detective. Apoyó sus palmas en el escritorio, llenó de aire y sus pulmones y estaba punto de gritar cuando alguien golpeó la puerta del despacho; era el joven Zurita:

–Disculpen la interrupción –dijo el oficial–, pero parece que El asesino de la rosa negra ha cobrado una nueva víctima.

...

continúa en la tercer y última parte www.cortorelatos.com/relato/45973/crimenes-en-blanco-y-negro-3-de-3/


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