CRÍMENES EN BLANCO Y NEGRO (3 de 3)

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Romero estaba dispuesto a asistir a la cita de Mimo666 y Niñapoetisa esa noche; el asesino había matado a siete muchachas en tres meses, y alguien debía poner fin al asunto, aunque fuese por un medio no ortodoxo.

Parado en un oscuro callejón encontró un joven obeso, vestido con ropa en blanco y negro.

–¡Arriba las manos! –gritó Romero–. Soy oficial de la policía. Estás detenido por el asesinato de siete mujeres.   Mimo666 levantó sus manos a la vez que expresaba una inquietante sonrisa.

El detective esposó y revisó al sospechoso. No encontró armas, ni siquiera un puñal, pero de uno de sus bolsillos sacó una rosa negra. Llevó al sujeto a su automóvil y lo empujó al fondo del asiento de atrás.

A las pocas cuadras se inició la conversación; ambos tenían mucho que decirse:

–¿Niñapoetisa? –preguntó el sospechoso– ¿Usted es Niñapoetisa? La esperaba mucho más atractiva, oficial.

El joven comenzó a reír mientras el enojo del detective se reflejaba en el espejo retrovisor.

–Ríete mientras puedas, mimo; estas serán tus últimas risas. A decir verdad, creí que el asesino de la rosa negra sería más inteligente.

–¿Así me llaman? Yo no seré inteligente, pero ustedes no son nada originales. De todas maneras no me interesa su opinión; el ascenso de los mimos ya ha comenzado. Boris Zhanitsyn estaría orgulloso de mi trabajo.

–¿Boris quién?

–Boris Zhanitsyn –dijo el sospechoso–, el mejor mimo de todos los tiempos.

A Romero le resultó conocido ese nombre. Comenzó a rebuscar en su memoria hasta que lo recordó.

–¿Acaso estás hablando del cuento? Has derrapado, muchacho; Boris es un personaje inventado, no es real.

–Usted puede creer que Boris es ficticio; usted puede creer que logrará culparme por esas víctimas; usted puede creer lo que quiera, oficial; pero dígame una cosa… ¿qué escribirá en el informe?, ¿acaso pondrá que me atrapó Niñapoetisa?

El joven comenzó a reír otra vez ante el mutismo del detective.

–No tiene nada en mi contra, viejo; me liberarán por la mañana y a usted lo dejarán fuera del caso.

Romero detuvo el automóvil y obligó a bajar al joven:

–Camina –dijo.

Ambos avanzaron hacia un callejón aún más oscuro que aquel en el que se habían visto por primera vez. El detective iba unos pasos atrás del sospechoso.

–Oiga…, espere…, ¿qué hacemos en este lugar? –preguntó el muchacho.

Al darse la vuelta vio que el policía lo estaba apuntando justo al medio del rostro.

–¡Silencio! –dijo Romero–; los mimos no hablan.

El rostro del joven se puso tan pálido que pareció que estaba usando maquillaje. Apenas tuvo tiempo de poner un gesto de horror justo antes de que el detective apretara el gatillo.

___________________________________

Seis años transcurrieron desde que el padre de Judith fue detenido. Seis años transcurrieron desde que ella se fue a vivir con un viejo tío materno que viajaba mucho y casi no estaba en la casa. Seis años transcurrieron desde que se descosió los labios, pero las cicatrices aún estaban allí.

Por la mañana Judith se enteró de que a su padre lo habían asesinado en la cárcel; los mimos maltratadores de menores no son populares de ningún lado de las rejas.

La adolescente se encerró en su habitación, donde podía verse que no era una amante del orden. Tenía ropa sucia tirada en el suelo, su cama era un colchón afectado por la humedad, y había cajas sin desembalar en cada rincón. Judith deseaba un cambio en su vida, pero aquel cambio no estaría relacionado con el orden de su recamara.

Esa tarde solo tenía una idea en mente: tomarse fotografías. Sacó varias de sus ojos, eran verdes y de pestañas largas. Muchos dirían que tenía un exceso de rímel, pero a ella le gustaban de ese modo. Tomó varias fotos de su cabello, bien oscuro; al principio bien peinado y luego otras desarreglado. Se colocó unas medias a rayas blancas y negras, unas que la cubrían justo hasta sus rodillas inquietas. Se acostó en la cama bocarriba y se fotografió las piernas mientras las levantaba en diferentes poses provocativas. Luego se aproximó a un espejo de cuerpo completo y acomodó su escote. Levantó sus enormes senos para que se vieran más firmes y redondos, y se tomó una última fotografía. Tenía planeado publicarlas en internet, a todas con excepción de aquellas en las que se le notaban las cicatrices en los labios.

Judith se sentó en su escritorio y encendió su notebook. Junto a ella había una perfecta rosa roja ahogándose en tintura negra. Cliqueó en su ordenaron e ingreso a amigochat.com; esa noche se crearía una cuenta, esa noche conocería a su primera víctima.

FIN


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