Muerte al amanecer

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MUERTE AL AMANECER

© Carlos Higgie

 

Una profunda e inquietante sensación  de malestar, lo despertó. La noche había sido contaminada por mil pesadillas. Insectos horribles, arañas, escorpiones, serpientes venenosas, tantos seres inmundos que querían picarlo, morderlo, matarlo.

Abrió los ojos a la madrugada gris y vio el techo manchado. Era la misma mancha añeja, familiar. Eso lo tranquilizó un poco.

?  Voy al baño – se dijo y su voz retumbó en el dormitorio huérfano de muebles: apenas la cama y una silla solitaria, en el rincón en penumbras.

Dos pasos indecisos y lo vio. Estaba allí: la cabeza enorme, las patitas dobladas, como si estuviera pronto para ensayar el salto mortal, los ojitos fijos, mirándolo, acechando, desafiando. Era un bicho horrible.

Todavía contaminado por los sueños que lo despertaron, sintió un poco de miedo. Bastante.

El veneno, teniendo en cuenta el color del bicho, marrón oscuro, con tonos brillantes en las patas, debería  ser poderoso.  Una picadita y él se moría allí, sofocado, solitario, olvidado en aquel cuarto desanimado, triste y solitario.

Se inclinó un poco y el bicho se movió un poquito, ensayando un movimiento casi imperceptible. El muy disimulado se estaba preparando para el saltar y picar. Con exagerado cuidado, agarró la pantufla, vieja y deformada, y con golpes secos y rápidos, aniquiló al intruso.

Pedacitos de plástico duro se desparramaron por el piso sucio. Él se quedó allí, mirando absorto los restos mortales de un prendedor de cabellos femeninos.


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