Casada pero necesitada de macho - Parte 4

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Aún no existía una unión machihembrada entre ambos, ya que el pene aguardaba debajo del cuerpo de ella, solamente disfrutando de los lúbricos tallones. No obstante, en ese momento, la intimidad entre ambos era aún mayor que la que hubo entre aquella mujer y su marido la última noche que durmieron juntos.

Renata se desahogó con Otumbo del pesar de su relación conyugal. Mientras Renata le platicaba de su marido y su complicada relación con aquél, se mecía de la cintura pa´bajo, meciendo la mitad inferior de su cuerpo de adelante hacia atrás, en un vaivén muy lento pero constante, sin prisas. Lo hacía al mismo tiempo que se confesaba con total confianza ante Otumbo, quien la veía desde abajo, recostado en el catre. Esta vez no había alcohol de por medio, así que no había pretexto, ambos estaban muy conscientes de lo que hacían.

Ellos continuaron así durante un rato; platicando entre sí con familiaridad, cachondeando suave pero rico. Como si se conocieran de años. De vez en vez, ella se inclinaba para besarlo, y él le correspondía con la pasión de un amante, no sólo deseoso, sino plenamente enamorado.

Renata sabía en esos momentos que estaba traicionando el amor incondicional de su actual cónyuge, pero... ¿a quién le correspondía su fidelidad? ¿A él...? ¿O a sí misma?

—¿Sabes cuándo fue la última vez que mi marido me provocó un orgasmo? —de repente Renata le expresó a Otumbo.

Él no halló palabras con las que responder. Sin embargo, Renata no buscaba una respuesta.

—Estoy lista. Cógeme —dijo ella decididamente y se levantó sólo lo suficiente para poder guiar el morsolote a su vagina.

Con mucho cuidado, ella misma se montó en tan tremendo pedazo de carne tiesa.

—Que no me duela —todavía pidió la Licenciada.

Llegado el momento, Renata apenas podía creer que había sido capaz de resguardarlo dentro. Todo entero había ingresado en su cuerpo.

Otumbo la llenaba. Jamás había sentido algo tan ajustado y delicioso. Cuando el movimiento copular se hizo presente, Renata disfrutó de las lentas arremetidas de Otumbo que pese a lo laxas la hacían gemir. Otros hombres (como los vecinos de al lado) se le hubieran ido impulsivamente desde el inicio, pero no Otumbo; él sabía hacerla disfrutar el momento pues él, a su vez, así lo hacía.

Fue la propia Renata quien pidió que la fuerza de los bombeos se incrementara:

—¡Dále, dále! ¡Con más fuerza! ¡Más rico! ¡Sigue, sigue... aaasííí...!

Llegó el turno de cambiar de posición y Otumbo la recostó en el catre, abriéndola de piernas para llenarla toda. Los bombeos para ese instante ya eran bestiales, y como Otumbo tenía aguante la hizo llegar al orgasmo nuevamente. No obstante, los vigorosos embistes eran tan tremendos que hacían rechinar el catre y ese ruido se comunicó al camarote vecino.

Mientras uno de los trabajadores tomaba conciencia de lo particular de aquel sonido, del otro lado, el canal femenino estaba más que dilatado y así recibió el esperma de aquel mulato que ya lo había resguardado por mucho.

De la vagina de Renata escapó un poco de aquella semilla masculina, sólo un poco pues el tolete seguía bien ensartado, impidiendo el escape de más. Y es que, aunque Otumbo se había venido, su sexo seguía fuerte y duro intentando complacerla.

—¡Aaaahhh, ¡qué delicioso! —exclamó ella, al reconocer lo que era coger de verdad.

Ahora la tenía empinada sobre el catre, mientras él la seguía bombeando.

—¡Hasta adentro! —se decía el trabajador que los espiaba sin comunicárselo a sus compinches pues, esta vez, no quería perderse de nada de aquel espectáculo sólo para sus ojos.

Fue así que aquel compañero fue el único testigo del aguante verdaderamente salvaje de Otumbo. La Licenciada podía darse el gusto de proporcionarse unos buenos sentones sin que aquel falo se le doblegara. Ella se retorcía de placer manifestando que disfrutaba de las poderosas arremetidas.

Cuando Otumbo se le vino por segunda vez, en esa ocasión lo hizo sobre las nalgas de la Licenciada, embarrándole todo su esperma en ellas con el mismo fuste que había escupídole aquello. Como verdadera mandarria, el mulato golpeó con su falo aquellas bellas carnes.

Húmedos por la faena, ambos se echaron en aquel pequeño catre; una encima del otro para poder caber.

—¿Crees que debo dejar a mi marido?

—Sí, hazlo. Vente... vente conmigo. Yo no te puedo ofrecer mucho pero...

Los dos quedaron en silencio. Tal vez reflexionando en distintas direcciones.

Pero luego de aquel encuentro de sexos Renata regresó a tierra, tras cumplir con su trabajo. Otumbo se despidió de ella esperanzado en que la volvería a ver, pues le prometió regresar, pero ella no lo hizo. Aquello sólo fue una aventura, algo con lo que podría llenar sus solitarias noches recordando tan carnal encuentro.

Cuando tuvo la oportunidad, Renata consiguió un mejor empleo y jamás tuvo la necesidad de arribar a otra plataforma. Mientras tanto, meses más tarde, Otumbo se hacía a la idea de que sólo había sido utilizado.

La Licenciada Campos nunca se enteraría de que aquel enorme mulato se arrojaría al mar, totalmente descorazonado al saber que, pese a haber conocido al amor de su vida, nunca más la volvería a tener entre sus brazos. Renata Campos, Trabajadora social, disfrutaba de una calidad de vida que él nunca le podría ofrecer.


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