Sin víctimas fatales (Conclusión)

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Empujé con tal fuerza que resbalamos sobre la superficie de madera. Oí que el cenicero estallaba contra el piso. Las manos de Camila reptaron por debajo de mi camisa. Sus uñas abrieron surcos de fuego en mi espalda.

—Puta —le dije—. Arrastrada de mierda.

Camila se arqueó con un suave gemido, los ojos en blanco. El teléfono nos sacudió, pude percibir el espasmo de su sexo, envolviendo al mío.

—¡No atiendas! —puso la mano sobre el auricular—. Seguí, no pares ahora.

El siguiente campanillazo se me antojó más urgente. Debía ser Benítez de nuevo.

—Dejame —dije—. Sacá la mano de ahí.

—No atiendas, no atiendas.

—No puedo —luché con su mano, con el auricular—. Dejame, Camila.

—¡Matalos!

El teléfono resonaba como las campanas de la muerte.

—¿Qué decís?

—¡Matalos! —siseó—. ¡Matalos a todos! ¡Sacá a Benítez del túnel y que los otros se mueran todos! ¡Matalo a él! ¡Matalo a Santiago, ahí abajo!

—Loca. Estás loca.

Entonces me atrajo hacia su cara y me besó. Besó mis labios, mis párpados.

—Van a decir que fue por no arriesgar más hombres —siguió besándome, ávida—. Que sacaste a Benítez y la cuadrilla de rescate por el peligro de más derrumbes.

—No.

—Sí. Vos podés hacerlo. ¡Vos podés!

La campanilla me taladraba la cabeza, y no podía hacer que Camila soltara el teléfono.

—¡Basta!

—Una orden, te pido. Da esa sola orden y soy tuya para siempre. Tu puta, tu esclava. ¡Salvame! ¡Salvame de esta vida asquerosa!

Le arranqué el auricular. Con un movimiento me desprendí de ella.

—¡Stassen! —dije.

—¿Está loco o qué? —era la primera vez que escuchaba alterado al impasible Benítez—. ¿Cómo se le ocurre alejarse del teléfono?

—Hay otras cosas que atender —jadeé.

—¡Claro! Y nosotros, molestándolo. ¿Quiere que le pida disculpas?

—¿Qué pasa allá?

—Controlamos la vía de agua, pero hay nuevos desprendimientos. No sé cuánto tiempo más vamos a poder sostener la bóveda de acceso.

—¿Volvieron a escuchar golpes?

—No. Calculo que ya no debe haber oxígeno.

Camila apretó mi muñeca, seguro había oído la noticia. Nuestras miradas se encontraron.

—Benítez.

—¡Apúrese Stassen! ¡Aquí estamos en graves problemas, por si no se dio cuenta!

—Benítez —dije—. Hacé otro intento... pero no corras riesgos innecesarios.

—Usted es el que manda.

Colgamos.

Camila se había subido los pantalones. Con el torso desnudo, se acurrucaba sobre un lecho de carpetas arrugadas y papeles rotos. Pensé en el nido de una rata, de dos ratas.

—Alcanzame el suéter —dijo sin mirarme. Y señaló hacia ninguna parte—. Debe haberse caído por acá, creo.

Levanté la prenda del suelo y se la entregué.

Se vistió con movimientos desmañados.

—No podía dar esa orden —dije—. No podía.

—¿Qué orden? —sonrió con un lado de la boca—. No sé de qué me hablás. Yo vine a despedirme, Ricardo. Lástima que nos interrumpieron.

Asentí.

—Te dejé rouge en la cara —dijo y me frotó la mejilla con un dedo—. Ya está.

Supe que su piel y la mía no volverían a rozarse.

Caminó hacia la puerta, pero su andar ya no me despertaba nada. Al salir no se volvió a mirarme.

Un repiqueteo me despertó.

—¿Qué hay, Benítez? —dije.

La línea restallaba más que nunca. Se me cruzó una esperanza feroz. Los chasquidos arreciaron. Ni siquiera reconocí si el que hablaba era Benítez

—… milagro... todos vivos... subimos.

Por la ventana mugrienta vi que Camila, con los brazos cruzados, como abrazándose, se reunía con las otras mujeres. Ya mordía otro Marlboro, y la trenza rubia destellaba.

Llamé a Andrade.

Le dije que les franqueara el paso a los móviles de la tele. Me dijo que yo era un loco hijo de puta y que ya podía ir con la Remington a cagarlo a tiros, que él me iba a agujerear el cuero sin asco en cuantito me asomara por el portón cuatro.

Salí a la puerta de la oficina. El hollín velaba el sol. Di vuelta a la galería y apoyé un hombro contra la pared de madera.

El ascensor ya escupía su primera carga de sobrevivientes. Caras tiznadas: todas ojos y dientes. Los gritos de las mujeres, y un abalanzarse sobre los hombres. En medio del tumulto, perdí de vista a Camila.

Encendí la pipa y aspiré una bocanada de Half & Half.

Las primeras camionetas con periodistas derraparon en la playa de maniobras, justo frente a mí.

Uno de ellos me puso un micrófono en la boca.

—¿Qué sabe del derrumbe en la mina? —gritó— ¿Hay muertos? ¿Cuántos son?

—Ha sido una desgracia con suerte —dije—. Un accidente sin víctimas fatales.

 

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