Derramarme sobre Martina

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Los juegos nocturnos con Martina. Noches perfumadas con sahumerios, música suave y luces de velas. Sobre el piso del cuarto nuestras ropas sembradas al azar, mis zapatos, sus sandalias. Y sobre la cama nosotros, jadeantes, encendidos, piel, suspiros, manos que se crispan, muslos, brazos, pies, bocas. Aquellos eran nuestros juegos.

Una noche me pidió algo nuevo, quería que le derramara el semen sobre el cuerpo. Ella estaba tendida sobre la cama, entonces yo me coloqué por sobre ella, de rodillas, con las piernas abiertas, de modo que su cuerpo quedara entre ellas. La punta de mi pene apuntaba hacia sus senos. Ella me miraba sonriente. Comencé a masturbarme. Me excitaba profundamente que ella me contemplara mientras lo hacía, que me viera con el miembro en la mano, estimulándolo. Y me excitaba aún más pensar que ella iba a verme eyacular.

Mi mano aferrada al pene, el movimiento rítmico, sostenido. La erección recta, dura y gruesa, la cabecita roja de excitación. Disfrutaba a pleno mi acto exhibicionista, que Martina fuera espectadora de mi cuerpo, de mi desnudez, de mi calentura, de la expresión de mi rostro.

- Ay…que linda se te puso – murmuró.

Contemplaba su cabello castaño, su rostro deseante, sus senos redondos, voluminosos y sus pezones pequeños, casi negros. Mi excitación crecía, y mi mano aumentaba el ritmo. Sentía como ondas eléctricas en el pene, pequeños anticipos del orgasmo que se acercaba.

- Quiero que me bañes toda en tu leche - dijo Martina.

Tomé el falo con ambas manos y ahora el movimiento era de mis caderas, me movía como si estuviese cogiendo haciendo que mi miembro se moviera en mis manos apretadas. Y poco a poco le calentura subió, una sensación de efervescencia se apoderó de mis músculos, que se contrajeron: brazos, manos, muslos, abdominales, dedos de los pies, parecía que mi sangre se llenaba de burbujas mientras en el pene se desataban las sensaciones del clímax, bien desde abajo, desde mis testículos estalló una sensación de placer fulminante, y el licor blanco, brillante y espeso salió expulsado mientras lanzaba un grito. Eyaculé apretando los ojos, concentrándome en las sensaciones superpuestas que vibraban en mí mientras oía a Martina gritar.

- Sí, Renzo, sí, sí, sí

Jadeé, suspiré y abrí los ojos. Martina tenía gotas de semen sobre uno de sus pezones, sobre el pecho, el cuello y su mejilla izquierda. De la punta de mi pene colgaba un último hilo de esperma. Hice que cayera sobre su abdomen. Entonces Martina se extendió el semen por sobre el cuerpo, como si fuera una loción.

Me tendí a su lado con el corazón todavía palpitante. Nos relajamos poco a poco, en el cuarto había aroma a macho.


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