Masajes en los pies

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Decidí pasar unos días de descanso en la playa. No se trataba de eliminar las rutinas sino de cambiarlas para reponer energías. Cada mañana hacía una hora de gimnasia, luego caminaba por la playa, almorzaba en un parador. Unas horas de lectura en el momento de sol más intenso, y regresar a la playa hasta el crepúsculo. Por la noche podía ser una cena en un buen restaurante, une película o un poco de lectura.

En una de mis caminatas por la playa descubrí un lugar en donde se ofrecía un servicio de reflexología, un masaje de pies que -según dicen- mediante la presión en puntos exactos en las platas se logra una sensación de bienestar y equilibrio energético. Me interesó, sobre todo porque vi que la encargada de aplicar el tratamiento era una rubia de senos atrevidos y labios carnosos. La observé un rato, trabajando serenamente bajo la protección de una sombrilla. Esperé a que finalizara la sesión y me acerqué para solicitar sus servicios. Se presentó como Daniela y me dijo que podía darme un turno para el día siguiente a las 11.30. Reservé mi turno y me despedí.

Al día siguiente legué a las 11.30. Daniela me indicó que me tendiera sobre una reposera de plástico, luego ella se sentó en una silla baja frente a mis pies y comenzó a masajearlos y aplicar presiones en diferentes puntos. Se sentía muy bien. Daniela no hablaba, parecía muy concentrada. Vestía una musculosa blanca y una tanga negra. Sus tetas parecían luchar por desbordar la musculosa y sus glúteos redondos lucían tersos y bronceados. Se inclinaba sobre mis pies y eso dejaba sus tetas en una posición perfecta para admirarlas. Ella lo sabía. Y sabía que yo miraba. “¿Qué tal se siente?” preguntó. “Se siente delicioso” respondí. Me miró sonriendo, con una mínima mueca de provocación. “Tendrías que hacerlo una vez al día, el efecto de bienestar es acumulativo ¿sabés?”, comentó. “¿Se puede hacer dos veces el mismo día?” pregunté. “Sí, por supuesto”. “¿Podrías venir hoy a mi departamento a hacerme una segunda sesión?”. “No acostumbro a hacerlo, pero en este caso puedo hacer una excepción”.

<p">Le propuse que viniera a las 20.00, sonrió y dijo “Ah…es una cita nocturna ¿tengo que vestirme de alguna manera en especial?”, “Vestite como quieras, no creo que tengas la ropa puesta por mucho tiempo”. Me miró con una fingida cara de indignación, luego sonrió y siguió con sus masajes.

A las 20.00 llegó Daniela, vistiendo un vestido color marfil de pollera corta y ojotas color negro. La invité a pasar, cerré la puerta, la tomé de la cintura y la besé. Mientras nuestras lenguas se hacían amigas sentí la firmeza de sus senos contra mi pecho y le hice sentir la firmeza de mi pene sobre su abdomen. “Esta sesión te la voy a cobrar más cara”, murmuró. “Pago lo que sea” respondí. Le levanté la pollera y le toqué el culo, luego la llevé a la cama y le pedí que se desnudara. Se quitó todo. Yo hice lo mismo. Le dije que se acostara y abriera las piernas, ella obedeció y me ofreció una concha carnosa y brillante de jugos que comencé a degustar lentamente. Le lamí los labios, le besé el clítoris, hundí mi lengua en su vagina. Sentía como su cuerpo se tensaba y comenzaba a dar gemidos.

Me coloqué sobre ella, de manera que mi pene quedara delante de su boca. Besó la punta, lamió el tronco y comenzó a chupar. Sus labios gruesos se tragaban mi falo por completo, sus enormes ojos negros me miraban mientras chupaba. Sentía su lengua acariciarme la cabecita, y luego la sentía hundirse en su garganta, su mano derecha me acariciaba los testículos. Se la sacó y con los labios brillantes de saliva me dijo “Cojeme ahora, por favor”.

Se la clavé con fuerza, cerró los ojos y jadeó. Empecé a moverme rítmicamente, clavando mi miembro en su concha una y otra vez. Mientras lo hacía contemplaba su rostro, transformado por la excitación, sus tetas sacudiéndose por mis embates, sus pezones pardos y enormes. Con ambas manos me aferraba del culo y empujaba para que le entrada más profundo. Le dije con una sonrisa: “No me estás masajeando los pies”, “No, te estoy masajeando la verga con mi concha”. Comencé a darle cada vez más intenso, su cabeza golpeaba contra el respaldo de la cama. Acabó en un grito explosivo, mientras su rostro temblaba en un gesto convulsionado por el placer. Gritó, jadeó, suspiró hasta que llegó mi propio orgasmo, con más gritos y jadeos mientras mi falo disparaba chorros de semen en su interior.

Nos derrumbamos uno junto al otro, mientras recuperábamos el aliento, sus tetas subían y bajaban con su respiración agitada. Nos miramos, nos dimos un beso suave. Ella dijo: “Reponete pronto, te queda un orificio por atenderme”.


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