SIETE ALMAS (2 de 3)

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El obeso cocinero comenzó a mostrar sus inseguridades a medida que avanzaban, y también a medida que se le iban acabando los caramelos de arándano:

–¿Qué haremos si ese Wingakaw resulta ser en verdad un monstruo?

–Correremos –dijo Billy.

–Es fácil para ti decirlo; eres delgado. Yo corro muy despacio.

–Yo también, pero al momento en que el Wingakaw haya terminado de devorarte, estaré a varias millas de distancia.

Todos rieron; todos excepto Russell, quien seguía a paso firme al frente del grupo.

Llegaron a un pequeño claro de suelo plano, ideal para asentar campamento. Los hermanos Pommer fueron en busca de ramas para hacer una fogata mientras los demás armaban las tiendas. Todos trabajaron para tener el campamento listo antes de que oscureciera; todos excepto Billy, quien fingió estar clavando un poste en el suelo y, cuando nadie lo vio, fue a esconderse detrás de un árbol para descansar.

Armaron tres tiendas. El viejo Russell fue a dormir a la más grande. Fue el primero en acostarse, mientras los demás se quedaron sentados alrededor de la fogata.

El cocinero sacó seis latas de frijoles ante la mirada hambrienta de sus compañeros:

–¿Qué están mirando? –dijo–. Estas son para mí.

Los seis rieron.

Abrieron las latas y las pusieron cerca del fuego. La noche estaba fresca y las estrellas dibujaban constelaciones nítidas sobre el cielo. Incluso Ringo dejó a un lado su actitud y esbozó una sonrisa mientras bebía de su petaca llena de Whisky mezclado con pimienta y aguarrás. De pronto un ruido puso fin al buen ambiente que se había creado. Imposible determinar de qué se trataba, alrededor del campamento no se podía ver nada; los árboles junto con los arbustos formaban una cortina negra tras la cual podrían pasearse espíritus y monstruos con total impunidad. Se hizo un silencio, y los hombres cruzaron miradas hasta que el más tonto de los mellizos Pommer intentó reanudar la conversación:

–¿Cómo haremos para encontrar al Winkaman?

Ojo de Águila decidió dar algo más de la información que había guardado hasta entonces:

–El Wingakaw aparecerá pronto. El hecho de que lo nombremos lo hará manifestarse. A él, al igual que a todos los dioses, le gusta que le teman y lo veneren.

–¿Un dios? –preguntó Ringo– ¿De qué hablas, idiota?

–Un dios… o un demonio –dijo el nativo americano–, como usted prefiera considerarlo. Bueno o malo, es el espíritu que gobierna el bosque.

–Solo hay un dios, piel roja: mi dios. Solo él gobierna en este bosque por encima de mí. Te lo demostraré cuando cace a tu Wingakaw sin ayuda de nadie.

–Los hombres blancos se creen todopoderosos –dijo Ojo de Águila–, creen conocerlo todo sobre este mundo. El hombre no es más que una pequeña parte de la naturaleza; no tenemos la capacidad de comprenderla ni de controlarla. No importa qué tan buen cazador sea, usted no puede cazar al Wingakaw; nadie puede.

Ringo sujetó el mango de su enorme cuchillo y lo sacó levemente de la vaina, pero antes de que pudiera hacer algo más, Russell gritó desde la tienda:

–¡Vayan a dormir!, mañana debemos levantarnos temprano.

Ringo se fue a su tienda mientras giraba la cabeza para no perder de vista a Ojo de Águila. Se fue con los mellizos, pues no quería dormir junto al sudoroso cocinero ni escuchar los ronquidos de Billy.

La primera hora de guardia le tocaría al joven nativo. Antes de ir a acostarse, Billy y el cocinero le preguntaron para qué había ido, siendo que según él nadie podía cazar al Wingakaw:

–Vine porque recibiremos algo de dinero aunque no lo cacemos –dijo–. Mi único objetivo es regresar con vida.

Así, los cazadores durmieron mientras Ojo de Águila se quedó sentado frente al fuego, atento a cada pequeño ruido del bosque.

A las cero horas se oyó un fuerte rugido, y los hombres despertaron. No se trataba de un oso, tampoco era un lobo; era algo diferente a todo lo que habían escuchado en sus vidas.

...

 

Continua en la tercera y última parte...


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