El caño de pole dancing

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Un lunes mi jefe me anunció que nos visitarían auditores en la empresa, y me encargó que los atendiera durante los días que estuvieran con nosotros. Mala noticia, aquello significada tener que soportar a unos sabuesos que pedirían información sin parar. Pero resultó que no eran auditores, sino una auditora: la Licenciada Acosta, una bella mujer de 31 años, de pelo lacio, largo y oscuro, ojos grandes y expresivos, labios finos, una piel suave y perfumada; su cuerpo no era exuberante, pero era perfecto, sus curvas, sus redondeces, la forma de sus piernas y el relieve de sus glúteos eran exquisitos. Eso sí: era una sabuesa y pedía información sin tener piedad. Mis compañeros se reían de mí cuando les decía que me tenía harto, “hacete amigo” me decían entre carcajadas. Y yo intentaba hacerme amigo, pero Aldana era totalmente refractaria a mis simpatías, mis chistes no le hacían el menor efecto y su minuciosidad profesional era implacable. Era bellísima, pero no veía la hora de que se fuera. Sin embargo -como casi siempre ocurre- cuando ella decidió acercarse se acercó. El último día (por fin) de la auditoría deslizó la posibilidad de que tomáramos un café, “como premio”, dijo. Como era de prever, terminamos en la cama.

Fuimos a un hotel en un sector apartado de la ciudad. En la habitación que ocupábamos aquella noche había un caño de pole dancing ubicado sobre una pequeña tarima alfombrada en negro, iluminada por una luz verde. Luego de explorarnos en nuestro primer polvo, fumamos un cigarrillo, bebimos champagne y la invité a una encendida sesión de sexo por el culo. Se puso muy seria y dijo  –“Sos un desubicado, ¿cómo me proponés eso en nuestro primer encuentro?”, pero inmediatamente desplegó una sonrisa atrevida,  salió de la cama, se paró en la tarima, se agachó aferrando el caño con ambas manos y me ofreció su trasero con gran delicadeza; en el centro de sus nalgas separadas podía verse su pequeño orificio, ligeramente oscuro. Entonces tomé un sobre de gel lubricante, lo abrí con los dientes y fui hasta donde ella esperaba. Con el dedo mayor de la mano derecha le unté el orificio anal y la penetré durante un rato con el dedo para ayudar a que se dilatara. Luego, coloqué la punta del glande en su orificio y empujé hasta hacerlo entrar, y me detuve, solo la punta. En el espejo pude ver como la Licenciada Acosta se mordía los labios en gesto de dolor. Seguí introduciendo el tronco del pene, poco a poco hasta colocarlo por completo dentro de su cuerpo. Ella suspiró mientras decía: “Dámela toda, papito”. Respondiendo a su pedido comencé a ondular mi cadera rítmicamente, haciendo que mi falo se deslizara en su culo hacia dentro y hacia fuera, mientras mis manos se aferraban con fuerza a su cintura. Podía sentir como mi pene era aprisionado por aquel orificio tenso, que se resistía a estirarse. La imagen en el espejo era fabulosa: la Licenciada Acosta aferrada al caño, ahora con un marcado gesto de placer en el rostro, su cuerpo bellísimo, bañado en luz verde, se sacudía al ritmo de mis embates. Yo le decía “Cómo me gusta abrirte la cola, perra hermosa” y ella respondía “Abrímela toda, haceme sentir lo macho que sos”. En un momento dejé de darle, y sin dejar de tenerla penetrada comencé a acariciarle el clítoris. Enloqueció. Poco tardó en tener un ruidoso orgasmo mientras apoyaba la mejilla en el caño: -“Amo acabar penetrada por atrás”, murmuró. Entonces retomé mi tarea, pero ahora con más fuerza, mi pelvis golpeaba contra sus glúteos haciendo un rítmico ruido de choque de cuerpos, mi pija iba y venía veloz y enérgica, entrando y saliendo del culo de la Licenciada, que gritaba “¡Ay, así, dame fuerte, dame todo, partime al medio!” Mi cuerpo empezó a enviarme las señales del orgasmo inminente, cada sector de mi piel se volvió hipersensible, la de mis manos aferrando su cadera, la de mi pubis chocando contra su culo, la de las plantas de mis pies apoyadas en la alfombra, cada contacto se volvió más intenso. Los músculos se me tensaron, un escalofrío me recorrió las piernas y la espalda. Podía sentir como el semen estaba a punto de saltar. Entonces comencé a darle todavía más fuerte hasta que sucedió, el pene parecía arder mientras mi leche brotaba en chorros sucesivos. Me sentí flotar, era como si toda mi esencia fuese absorbida por el culo de Aldana. Rugí, jadeé, me desagoté en un vértigo imposible de contener. Se la saqué suavemente, ella soltó el caño. Nos besamos. “Ahora sí podemos decir que la auditoría está completa”, dijo Aldana.


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