VIDAS ENTRELAZADAS (1-4)

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                                    VIDAS  ENTRELAZADAS

                                                             (1-4)

 

Su  madre  adoptiva  le  dio  permiso, no  antes  de  hacerle  prometer  que  seguiría  manteniendo  contacto  con   ella  y  sus  abuelos, que  la  querían  tanto, incluso debería de  llevarse  guardaespaldas, ya  que  desde  la  muerte  de  su  padre  adoptivo, se  había  convertido  en  unas  de  las  personas más  rica  de  Rusia.

Lupita  acepto con  una  condición. Tendrían  que  guardas  las  distancias  y  por  supuesto  ser  discretos. La  madre  estuvo  de  acuerdo  con  todo, solo  le  interesaba  una  cosa; la  felicidad  de  su  hija  y  su  protección.

Lupita  compro  dos  pisos, cerca  de  la  Basílica  de  Santa  María. Era  un  edificio  de  cinco  plantas.  Ella  compro  los  dos  pisos  de la  última  planta. Uno  para  ella  y  otro  para  sus  guardaespaldas. Le  hizo  obra, abriendo  una  puerta donde  se  podían  comunicar  de  piso  a  piso.

Dicha  puerta  debería  de  estar  siempre  abierta, donde  se  podrían  andar  con  libertad, entre  las  dos  viviendas.  En  la  azotea  mando  hacer  un  gimnasio, donde  ella  como  sus compañeros  de  hazañas,  podrían  ponerse  en  forma. Estando  equipado  con todo  lo  necesario  para  hacer  deporte  sin  necesidad  de  ir  a  un  gimnasio  exterior.

Después  de  haber  solucionado la  vivienda, empezó  a  echar  currículos  para  poder  trabajar  y  pasar  desapercibida  a  cualquier  habladuría  de  los  vecinos. La  llamaron  de  una  residencia  a  las  afueras  de  Roma, empezando  a  incorporarse  en  su  puesto  de  trabajo, a  las  dos  semanas  de pisar  suelo  Italiano.

A  sus  guardaespaldas  les  proporciono  todo  lo  necesario, para  que  fueran  independientes  a  ella, pero  que  a  la  vez  pudieran  seguirla  y  estar  disponibles  para  lo  que  Lupita  necesitara. Incluso  les  dio  una  tarjeta  con  dinero  suficiente  para  necesidades  de  la  vivienda, aparte  para  comprar  información, sobre  su  desaparición  si  fuera  necesario.

Mientras  que  uno  seguía  a  Lupita, el  otro  buscaba  información  entre  la  barriada. Sin  tener  noticias  de  nada  relacionado  sobre  su  desaparición,  cuando  era  niña. Había  pasado  mucho  tiempo, negocios  cerrados  y  otros  abiertos  nuevos. Se  habían  cambiado  de  domicilio  muchos  vecinos  de  aquellos  tiempos, viniendo  otros  nuevos  a  ocupar  las  viviendas. Los  pocos  que  encontraron  con  recuerdos  de  una  niña  perdida, solo  se  acordaban  de  Lupita, no  de ninguna  niña llamada  Zita.

Lupita  se  empezaba  a  desanimar, a  creer  que  realmente  fue  abandonada  por  un  desarmado, por  un  mal  padre. Aunque  en  su  interior  se  resistía  a  creer  que  nadie  la  había  querido  en su  niñez. Que  ni  su  papá, ni  su  mamá  la  echaran  de  menos, ni  un  poquito. Eso  la  entristecía  y  a  la  vez, le  daba  miedo  que  fuera  verdad.

 Con  el  tiempo  empezó  a  conocer  jóvenes  y  estambrar  confianza  con  los  vecinos. Había  uno  en  particular, que parecía, como  si  se  conocieran  de  toda  la  vida. Se  llamaba  Juan, hacia  poco  tiempo  que  se  había  independizado  del  contorno  familiar. Había  alquilado  una  vivienda  en  la  segunda  planta  del  edificio. Era  abogado  y  trabajaba  en  la  Fiscalía. Cada  vez  que  se  encontraban, terminaban  hablando  en  la  entrada  o  en  ascensor. Hasta  un  día  quedaron  para  tomar  algo, llegando  a  vincularse, una  bonita  amistad  entre  los  dos  jóvenes.


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