EL CIRCO DE LOS HERMANOS SIERPINSKI II (4 de 5)

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–No s-sé do-dónde está el homb-b-bre de di-diez ca-cabezas. P-pronto de-debemos hacer nu-nuestro a-acto.

–Querrás decir “su acto”; él es la cabeza del show, tú no eres más que un triste ayudante.

–Sí… sí, perdón.

–El hombre de diez cabezas no podrá actuar hoy. Sus cabezas no pudieron ponerse de acuerdo en todo el día.

–E-entonces… ¿de-debo hacer e-el acto so-solo?

–Haz lo que quieras, adefesio.

El hombre de los pies gigantes se quedó un rato inmóvil, tratando de conciliar la idea de que iba a tener el escenario para él solo. En ese momento se oyeron los gemidos que hacía Lara mientras seguía teniendo sexo con el hombre de diez cabezas. Claro que el hombre de los pies gigantes jamás se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo; solo alguien como él podría ver tantas huellas de elefante a su alrededor sin sospechar que allí había un elefante.

La ausencia del artista de las diez cabezas fue el pie para que “Adefesio” hiciera el acto que tanto le gustaba, pero que debió abandonar al ser opacado por artistas de mayor renombre. Estaba tan contento por saber que sería la estrella del próximo número que le dieron ganas de saltar, pero apenas pudo despegar sus pesados pies del suelo.   Los payasos terminaron su número y llegó el momento del espectáculo del hombre de diez cabezas, pero al ver que solo estaba su ayudante, el presentador ni se molestó en anunciarlo; prefirió dejar que el público pensara que la actuación de los comediantes no había concluido.

El hombre de los pies gigantes tuvo entonces la oportunidad para brillar y volver a ganarse su lugar como estrella del circo. De nuevo usaba su viejo traje para lo que fue diseñado: para actuar, y no para limpiar después del acto de alguno de sus compañeros. Lamentó no haber sido presentado ante su público esa noche, pero igual se dispuso a dejar su huella bien marcada.

El público relajaba sus ejercitados diafragmas después del show de los payasos, cuando fueron sorprendidos por un número aún más absurdo. Suena irónico, pero el acto del hombre de los pies gigantes era pararse de manos.   Las carcajadas no cesaron hasta que intervino el presentador:

«Damas y caballeros, niños y adefesios, hagan silencio, por favor».

Mientras se retiraba y el público lograba dominarse, unos payasos encendían las antorchas para el siguiente acto.

«Él es un maestro de las acrobacias, un genio de la pirueta.

Su madre lo dio a luz... en una motocicleta.

No sabe lo que es el miedo, y le hace bullying a la muerte...

¡Él es Gunner, el motociclista!»

De pronto estallaron los fuegos artificiales, y chispas de todos colores rodearon el escenario. Luego, con un fondo de heavy metal, se oyó el poderoso ruido de un motor y Gunner apareció en el escenario.

El acróbata aceleró el motor hasta provocar dolor en los tímpanos de la gente.

Estaba vestido de cuero negro: chaleco, pantalón, botas y guantes. La gente intentó aplaudir, pero el ruido de la motocicleta los obligaba a cubrirse los oídos. Gunner miró al público con soberbia y levantó la mano, pero su saludo consistió en mostrarles a todos el dedo medio.

El motociclista se dirigió a uno de los extremos del lugar y aceleró; de pronto levantó su pesada moto para andar solo con la rueda trasera. Muchos hacen ese truco, pero pocos con una moto Axl Jokerson de más de doscientos kilogramos.

Volvió a apoyar ambas ruedas y sacó una pequeña botella de whisky del bolsillo de su chaleco para vaciarla en segundos, luego la lanzó contra una de las antorchas causando una explosión. Les mostró su enorme brazo lleno de tatuajes a la gente y se bajó de la motocicleta para una exhibición de su hercúlea fuerza. Emitió un grito de aliento alcohólico y levantó al vehículo por encima de sus hombros. Pocos hacen ese truco, menos aún con una Axl Jokerson de más de doscientos kilogramos.

Las luces se apagaron y los reflectores iluminaron solo la jaula esférica que había armado unas horas antes.

El volumen de la música heavy aumentó mientras Gunner ingresaba a la jaula. Una vez adentro, comenzó a dar vueltas. La jaula vibraba provocando un ruido metálico que aceleró los corazones de todo el público. Giraba cada vez a mayor altura, hasta que logró hacerlo en forma vertical, dibujando una circunferencia de humo.

De pronto, cuando estaba en el punto más alto de la jaula, se soltó de la moto. Fue un salto hacia abajo, un caer hacia arriba. Entonces, en la base de la esfera, Gunner y la motocicleta se encontraron de nuevo en perfecta sincronía. El artista cayó sentado, y aceleró para seguir dando vueltas, cada vez a mayor velocidad.

Mientras el motociclista giraba, algo lo estaba imitando: el único tornillo que sostenía la jaula a la base. El tornillo se estaba desenroscando poco a poco; sucede que debieron haber sido cinco tornillos, pero Bongo no había puesto los otros cuatro.   De pronto la esfera se soltó y comenzó a rodar con el acróbata atrapado en su interior.

El público gritó. No fue un grito por miedo a que algo malo le pudiera suceder al artista, sino un grito de emoción.

La jaula chocó contra unas antorchas y la motocicleta y la ropa de cuero de Gunner se encendieron al instante. La esfera siguió girando hasta chocar contra unos cajones de madera que provocaron que el fuego aumentara.

El acróbata intentó escapar, pero la puerta de la jaula había quedado hacia abajo, y era demasiado pesada para que él la pudiera hacer girar sin ayuda.

Dentro de la esfera todo ardía: la motocicleta, los cajones de madera y Gunner, sobre todo Gunner. El acróbata se había convertido en la estrella más brillante de la velada.

Sus manos se agarraron del metal, y entonces quedaron pegadas a causa de la temperatura que seguía en aumento. Quiso apartar una de ellas, pero su piel, junto con un trozo de su guante derretido, se desprendió.

El rostro del motociclista también comenzó a desprenderse de su cráneo mientras sus gritos se hacían más potentes y agudos.

El público ya no aplaudía; estaban todos estáticos.

En ese momento llegaron los payasos trayendo cubetas con agua. Lograron extinguir el fuego, pero los gritos del artista se habían apagado antes. En la jaula solo quedaba un cadáver calcinado con los huesos expuestos; y entonces sí comenzaron los aplausos.

La muerte de Gunner logró sorprender al público más aún que la de Farkas en la velada anterior.

Las luces se apagaron para que los payasos limpiaran el escenario mientras los enanos comenzaron a tocar un ritmo de tambor selvático. Había llegado el momento del último acto.

Unas luces naranjas, blancas y verdes se encendieron, iluminando a los cinco enanos músicos que tocaban en medio de la arena. Poco después apareció el sexto enano, el más pequeño de la banda; traía consigo una flauta, y comenzó a tocar una melodía de las que se usan para encantar serpientes.

Junto a ellos se iluminó un gran canasto de mimbre, que se abrió para que saliera, meneándose como una cobra, el presentador del circo.

...

continúa en la 5ta y úlitma parte.


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