Silencios: Evento 2

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Del “Libro de las voces silentes. Evento Segundo: Delirios

… y, cuando todo pareció presumir un mundo lleno de amor para el ser humano, ese Paraíso trocó en maldad por verse trocado en envidias y odios. Y, de verse creados por un dios incomprensible para caer en sus debilidades, tras borrarlos de la faz de la Tierra, volvió a fallarse en la tentación de recrearlos…

Mas, esta vez, fue Abel el que mató a Caín… Y todo volvió a la normalidad.

Duermen los hombres; pero, sin apenar notarlo, se han encendido los tubos del frio neón y un lejano jolgorio inunda con negrura los calabozos de los delirios donde esperan el sacrificio sus desamparadas almas.

Poco a poco, como para infundir su horror, se va acercando el efluvio del retumbar de sus gritos y risas… Hasta abrir sus puertas, por fin.

Huele a rancio sudor, a sexo promiscuo y vomitivos caldos…

Vástagos del dios maldito atacan sus fantasmales sentidos, hieden las silentes mentes a su contacto e insuflan engañosas mentiras sobre su terrenal existencia; se agarran a esas desventuradas almas, las consumen, mastican, estrujan, trituran, revuelven y cuelan los zumos de sus avaricias y odios, tirando el sobrante al cubo inorgánico para ser recicladas mil veces de nuevo; y mezclan después el venenoso zumo con el lechoso ron que supuran los homosexuales senos de ese dios maldito para hacerse con ellos enormes daiquiris que tragan sus fauces hambrientas de sed de maldad… Después, ahítos de su droga azul, hacen largas colas hasta el escusado para expulsar sin pausa negros chorretones de alcohólico orín que después retorna una y otra vez al grifo común para lavar con él sus ponzoñosas copas…

Es el Bar del Infierno, donde la lujuria es moneda de pago en billetes de mil.

Y las calaveras, sus cóncavas copas siempre a rebosar.

Y la barra, un bajorrelieve de variadas columnas entretejidas por descarnadas vértebras cosidas entre sí por secas arterias, tras la cual, sonriente y jadeante de viscosas babas, enseñando su lengua de fiero caimán, el barman bate con celo su amada coctelera; al tiempo que ritma con ella los estruendosos golpes de un Gong que golpea el dios del Rencor, el Odio, la Venganza y el Miedo… Y, desnudo, mostrando orgulloso un enorme cipote rojizo y purulento, del que enarbola y presume con su risa macabra, uniforma tan sólo una pajarita anudada al cuello con un ojo en medio del nudo por el que vigila a las camareras que surten los tóxicos zumos.

El mal sueño… sólo ha empezado.


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