EL MONOLITO (3 de 3)

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Durante el viaje de regreso hablaron menos que en el de ida. Fernando ni siquiera se atrevió a escuchar música. No se iba a dormir de ninguna manera, solo deseaba alejarse de allí y celebrar en su interior cada kilómetro recorrido. Seis horas más tarde estaban de regreso en su casa.

Durmieron un rato y despertaron por la noche. Cocinaron una pizza que tenían congelada y comieron mientras Karen buscaba blogs de senderismo y notas sobre el río Pombo; había demasiados textos acerca de la reserva, pero ninguno decía nada sobre lo que les había ocurrido. De pronto encontró un artículo sobre el monolito. Se trataba de una piedra que había estado allí desde la era precolombina, que en la antigüedad fue adorada y esculpida por los indígenas que habitaban la zona. Con el arribo de los europeos, partes de dicha piedra fue vuelta a labrar, por desgracia quienes lo hicieron eran adoradores de Astaroth, un execrable demonio padre de todos los vicios terrenales. Tallaron runas de cada pecado capital que este mítico ser ofrece saciar a sus seguidores, en especial la lujuria, su debilidad favorita. Todo ello no era más que mitos a ojos de Karen y Fernando, pero al final del artículo hubo algo que llamó mucho su atención:

«El monolito fue destruido en el año 1890, cuando un grupo de trece adoradores de Astaroth fue atrapado realizando un sacrificio de una mujer virgen. Los cultistas fueron enjuiciados y la roca dinamitada. Hoy solo quedan trozos de ella».

–Nosotros lo vimos entero –dijo Fernando–. A menos que hayamos visto otro monolito.

–Tal vez se levantó solo; hubo varias cosas que se levantaron solas esa noche –dijo Karen mientras buscaba con su mano entre las piernas de Fernando.

El sonrió, pero enseguida se puso serio.

–¿Por qué lo dices?

–Por lo que hicimos esa última noche. Fue mágico. ¿Quién habría dicho que era lo que necesitábamos para salvar nuestra relación? Algo tan simple. Si fueron los indios que vivían allí, pues bien por ellos, si fueron los adoradores del demonio ese, me alegro también. Quien sea que haya sido le estoy muy agradecida. Tal vez debamos volver cada año a dormir al lado de esa piedra.

Fernando no cambió su semblante, continuaba desconcertado incluso con la mano de su novia tocando su miembro flácido.

–No volvería a ese lugar jamás.

–¡Estoy bromeando! Tampoco volvería, pero la última noche fue estupenda. Aunque la verdad no recuerdo con detalle lo que sucedió, porque luego tuve un sueño en el que también cogíamos y lo confundo un poco.

–Karen…, no tuvimos sexo en el bosque. Hace meses que no cogemos.

–¡Claro que sí! –dijo ella. Fue increíble; fue como al principio.

No. No habían intimado. Pero ella lo sintió así; demasiado real para haberse tratado de un sueño, demasiado de ensueño para haber sido real. Esa noche tampoco lo hicieron, ni durmieron más que unas pocas horas. Ambos se quedaron pensando hasta tarde, mirando al techo, caso sin cruzar palabras.

A la mañana temprano Karen despertó descompuesta. Le dolía el vientre y se sentía hinchada. Se levantó y se encerró en el baño. Fernando golpeó la puerta, pero ella prefirió estar sola:

–¿Te llevo al hospital?– pregunto él desde el otro lado.

De pronto ella salió:

–Debe ser algo que comí; necesito descansar.

–Estaba pensando en ir a la oficina, para aprovechar que volvimos antes, pero me quedaré contigo.

–No, no. Ve tranquilo. Te llamaré si pasa algo.

–Llámame cualquier cosa y vendré enseguida.

Esa tarde él no pudo pensar en otra cosa. En la oficina volvió a leer las páginas acerca de los adoradores de Astaroth, y más que nada releyó lo que habían encontrado acerca del monolito. Encontró una foto en blanco y negro en la que se veía el monolito destruido, pero luego encontró otra en la que se lo volvía a ver entero, los datos no cuadraban, aunque no había mucha información al respecto.

Karen durmió durante horas, pero de nuevo tuvo sueños lúcidos. Soñó con una carretera de asfalto que se volvía de tierra, para desaparecer en medio de un bosque. Allí, rodeada de árboles, se vio descalza, y hasta pudo sentir la hierba entre sus dedos. El viento refrescaba su rostro echando su cabello hacia atrás, un cabello que se había vuelto más largo de repente. Se acercó al arroyo; las sierras eran majestuosas e inalcanzables. Miró hacia abajo, buscando su reflejo en el agua, pero entonces ésta tomó un color cobrizo, y al asomarse en el río no se vio, vio un rostro demoníaco que la despertó al instante.   Fernando había llegado, e ingresó corriendo mientras oía los gritos de su novia. Esa vez no hubo excusas, no hubo dudas. La llevó de inmediato al hospital. El vientre de Karen estaba inmenso, y había roto fuente en medio de la cama. No fue una ruptura normal, las sábanas estaban llenas de un líquido negro, una ponzoña aceitosa que emanaba un olor repugnante. Ella no lo notó, estaba demasiado dolorida y asustada, y él prefirió no decir nada al respecto. Él siempre fue de los que decía que una pareja debe basarse en la confianza, pero aquella vez sintió que ocultar la verdad era lo más acertado.

Al llegar al hospital la ingresaron de urgencia a una sala de parto.

–¿Para cuándo tiene fecha? –preguntó la enfermera.

–No… –dijo Fernando–. No sé.

Estaba aturdido, y aguardó sin saber qué pensar en la sala de espera mientras oía los gritos lejanos de Karen.

El parto duró horas, y Fernando se acercaba de vez en cuando para preguntar cómo estaba su pareja, pero las enfermeras le insistían en que siguiera esperando.

Fue a medianoche cuando un médico se acercó para darle las noticias. Karen había fallecido.

El médico apoyó una mano temblorosa sobre el hombro de Fernando, y luego le dijo que a su hijo le estaban haciendo unos estudios, que aún no podía verlo. Pero Fernando ya no escuchaba, ya no sentía. Caminó entonces hacia la sala de donde había venido el médico.

–Espere –dijo el doctor sin aliento–, no puede pasar.

Intentó contenerlo, pero no tenía fuerzas; él también estaba sorprendido por la situación.

Fernando atravesó varias puertas, guiado por un llanto infantil. Finalmente llegó hasta una ventana en medio de un pasillo y vio al bebé a través del vidrio. No era humano ni animal, era otro tipo de criatura. Tenía una piel amoratada, y no tenía la obesidad propia de un recién nacido; aquel niño era delgado, de miembros largos, y al ver su rostro notó que no estaba llorando, sino gritando, un grito lleno de odio que ensordecía a Fernando.

Se alejó caminando hacia atrás sin dejar de ver a la criatura, hasta que chocó con un ventanal que daba a la calle. Sin dudarlo saltó atravesando los vidrios para caer justo al lado de la puerta de ingreso al hospital. Fue impactante verlo estrellarse la cabeza contra el pavimento. Una escena atroz, dirían algunos, pero no se debe juzgar a alguien sin conocer al demonio que enfrenta.  

.

FIN

.

Autor: FEDERICO RIVOLTA

Ilustrado por: ZEQUI GIRDOR


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