La casita de pescadores

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Tenemos una casita de pescadores en la playa que mi mujer ha decorado como si fuera la suite de un hotel de lujo. Aquí es donde ella disfruta más yendo de un lado para otro y por eso venimos con cierta regularidad. Hoy hemos cenado temprano y a las diez ya está acostada cansada de tanto trajín. Yo me he sentado en la puerta al fresquito donde hago mis elucubraciones de cuanto se me ocurre o viene en gana. Es un rato sosegado que nada suele alterarlo ya que la casita se encuentra en una zona poco transitada.

En estas, aparece una joven, lozana, que viene de capa caída. Me cuenta que estaba enrollándose con un pibón y la cosa prometía, pero, apareció una fresca y se lo levantó por las buenas. Me lo explica sentada frente a mi sobre el cajón que puse antes para hacer unas manualidades. Conforme me lo explica se altera de cabreo, pero también de sensaciones. Como le llevo a la confianza entra en detalles. Según me dice el muchacho era para perder la cabeza y ella estaba dispuesta a dejarle un buen recuerdo. Mientras habla gesticula y creo que ya me mira con otros ojos, vamos, que despierto su interés. Estas cosas no solo se intuyen, sino que son manifiestas por su forma de ir abriendo las piernas. En nada ya tengo a la vista sus finas braguitas negras marcando rajita. Me aclara que estaba excitada y como mi mirada está hipnotizada en su entrepierna, se envalentona y me aclara, que sigue muy cachonda, lo dice tal cual, sin embagues, no está para tonterías y es una insinuación directa. Le señalo para dentro de la casa en clara alusión a que no estoy sólo. Me sonríe picarona porque me da por cogido en el anzuelo y con ganas de ser izado. Mira hacia la playa abriendo posibilidades y me apercibo de que mi rabo también está conchabado con ella. No recuerdo la última vez que ligué y esto es lo más.

No tengo capacidad de reaccionar de otra forma, me levanto y con paso vivo me voy hacia la playa, ella me sigue cogiendo mi ritmo y acabamos junto a una barca abandonada. Ella lo tiene claro y no está para calentamientos previos, me da la espalda se sujeta con ambas manos y se inclina sin más. No llevo ni correa, tiró para abajo con todo y ya estoy armado. Le sujeto la cadera con una mano y con la otra le bajo la braguita y busco colocársela bien. Es un instante mágico, huelo su deseo, se la encajo y gime, se mueve para facilitarme la entrada, chorrea de gusto y el cabezón le entra de golpe. Está realmente deseosa y comienza a moverse con frenesí. Siento como le llego hasta sus límites por sus quejidos. La sujeto como dios manda y el mete y saca la vuelve loca. La tengo plena y nervuda, la siento en cada centímetro y ella grita de placer con un desahogo manifiesto. Creo que también necesitaba soltar los demonios que tenía dentro. Como tengo por costumbre doy marcha atrás y lo suelto todo fuera, ella me lo agradece con un sentido beso y luego se marcha rápida.

Vuelvo y me siento de nuevo en la puerta de casa y pienso que todo ha sido una ensoñación, pero las sensaciones están tan vivas que suelto engreído ¡carajón!

Tres semanas después, a la misma hora, aparece de nuevo, esta vez viene de pantalón americano y blusa suelta, me encuentra en el mismo sitio. Se me acerca y me dice que es la tercera vez que viene porque tenía muchos deseos de mí y que temía que tampoco esta vez me encontraría. Me señala para adentro para saber si la cosa apunta a favor y le hago un gesto afirmativo. Con tan poco ya estoy enervado. Lo aprecia y me confirma que ella también está así. Salimos casi corriendo para la playa, vamos soltando sonidos como animales ansiosos. Cuando llegamos a la barca nos reímos de nuestra propia excitación. Esta vez se apoya de espalda, nos abrazamos y nos damos un recital de besos.

Esta muy deseosa, pero se recrea, lleva tiempo esperando esto y lo quiere disfrutar bien.

Es la que lleva la voz cantante, se me roza, me acaricia, me da bocaditos en el cuello y en las orejas, nunca me sentí con más lisonjeo físico. Incluso es ella la que en esta ocasión tira de todo para abajo y me deja blandiendo el sable enfrente suya. Se pone en cuclillas me sujeta por las nalgas con las dos manos y golosa me disfruta poniéndome a tope, estoy tan a gusto que no puedo reaccionar, comienza a hacerme virguerías con la lengua y me adentro ya en la fase caballo, necesito montarla como un semental. Me dice que no precisa de caricias que lo tiene desde hace rato como una caldera. Se baja los pantalones con decisión se coloca como la otra vez y a la primera envestida da un grito de excitación, le siguen muchos otros y no paramos, no podemos, estamos contagiados del mismo deseo. Acabamos los dos de rodillas con estocada completa y gritando como posesos.

Antes de marcharse me anota su móvil y me dice que ya está esperando mi llamada, pero me aclara que la próxima requiere de otro escenario.

Nos vemos tres días después en el piso de un amigo, cuando llego ya me está esperando en la entrada, subimos andando porque está en un primero y ya en el pasillo me mete mano, viene tan embalada que nos morreamos al traspasar la puerta y allí mismo me pide que le coma el coño, me recreo y se corre. El bribón no me cabe encerrado, corremos y en el dormitorio la embisto, esta empapada y entro y salgo de ella con un placer enorme. La tengo muy cabezona y siento sus chasquidos dentro. Nos aplicamos a fondo, llevamos un ritmo endiablado y perdemos el compás, gritamos fuera de sí, sus contracciones son tan fuerte que me corro intermitente. Nos duchamos y volvemos a la cama, está mimosa y tierna, me habla de amor eterno y yo miro al techo buscando un agujero blanco por donde dejar escabullirse al casado. Ella sigue oliendo a hembra en celo, la siento tan mujer y sus ojos me miran con una entrega que ya tenía olvidada, que un rato después y una vez que me ha contado su vida al detalle, volvemos a enroscarnos y esta vez me pide postre, quiere que le dé por su agujerito más cerrado, nos cuesta, pero luego la cabezona no quiere salir de ahí, cada quejido suyo son notas musicales y la sinfonía se hace eterna hasta que ambos quedamos extenuados.

Vuelvo a casa con la sensación de haber nacido otra vez, es como esa sensación que dicen los que salvaron la vida estando al borde de la muerte, pero seguro que cuando esté en mi entorno familiar y con mi mujer me sentiré distinto, lo pienso y entro en duda. Suelto un ¡carajo!, pero ahora es, como si me cogieran fuerte por los cojones o simulando a un marica acobardado.


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