El último viaje (3)

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Anteriormente: ... El portón principal, de doble hoja, presentaba también un aspecto deplorable; de dura madera y metal forjado, el óxido había carcomido el hierro con saña y ajado de tal manera que más pareciera chatarra abandonada que el acceso de la mansión. Y por encima de la puerta, labrado en la piedra que hacía de falso dintel (sostenido ilusoriamente por dos imitaciones de columnas neoclásicas que, a modo decorativo, enmarcaban la entrada) seguía resistiendo el desgaste del tiempo el bajorrelieve que cada noche aparecía en sus insufribles pesadillas: "ORFANATO MUNICIPAL"...

 

***

 

-III-

 

Dio un pequeño rodeo por los alrededores y los recuerdos se fueron amontonando en su cerebro como feroces diablillos.

 

El estrecho camino empedrado de pizarra que conducía hasta el pinar ahora estaba deshecho y levantado; la fuente del Ángel Redentor, quebrada ya su estilizada  figura, la pileta resquebrajada por varios sitios y los grandes macetones que un día contuvieron el contraste verdor de unos jaspeados evónimos eran hoy desconchados recipientes llenos de sucia materia muerta…

 

Todo, todo seco y triste, todo ajado por el tiempo, sólo lozano en los lejanos recuerdos de una triste niñez perdida…

 

Sintió un nudo en la garganta y no quiso ver más; volvió sobre sus pasos en dirección a la entrada principal diciéndose que quizá no debiera haber vuelto a ese lugar. Las ideas se le mezclaban en  el cerebro, era como si hubiera estado allí cien veces más desde su marcha; quizás la locura se había apoderado de él. Ahora que lo pensaba, en realidad ni siquiera sabía por qué había regresado, salvo por aquellas pesadillas que actuaron en su interior con una llamada agónica rayana en la esquizofrenia.

 

-IV-

 

El acceso a la mansión no parecía que pudiera realizarse por la puerta principal; estaba cerrada con llave y, aunque oxidado, un férreo candado firmemente casado a una enorme cadena aseguraba también la imposibilidad de acceder a su interior por aquella entrada.

 

Carlos sabía de la existencia de una pequeña puerta de servicio que daba salida al jardín posterior. Rememoró que en algunas ocasiones, a espaldas de los tutores, se había escapado por allí en compañía de Isabel para jugar ambos entre los pinares, unas veces a las "escondidas", otras al "tú-la-llevas", y la mayoría como una simple justificación para estar a solas los dos, lejos de la vista de todos, sentarse muy juntos en la base de los pinos y sumergirse en la profundidad de los ojos del otro, estudiándose, pretendiéndose, amándose de forma inocente…

 

… Hasta que Doña Felicitas -la gruñona y fatua tutora jefe- localizaba por fin su escondite y los mandaba castigados a sus respectivas habitaciones para repetir doscientas veces en aquellos improvisados cuadernos de cuarteado papel de desecho: "LOS NIÑOS DEL ORFANATO NO SE JUNTAN CON LAS NIÑAS DEL ORFANATO"…

Y al revés…

 

Eso ocurría cuando era ella quien los descubría, porque de ser el director del Centro benéfico, el maldito y odiado señor Cifuentes, quien lo hiciera, el castigo se convertía en la brutal crueldad de azotarlos por separado (ante la angustiada mirada del otro) con el zurriago con que hacía sujetar sus pantalones. Siempre supo por qué el muy cerdo repartía los golpes arrellanado en aquella silla maciza de su oficina cuyo asiento se acomodaba a su orondo y sucio trasero: para que no se le cayeran. Después de infligidos los respectivos castigos, ya sin la presencia del otro y con aquéllos orondos pantalones caídos definitivamente entre sus tobillos, llegaba la peor parte para nuestros inocentes ojos… Ni nuestros cuerpos ni nuestras mentes jamás se liberarían de la inconmensurable suciedad con la que quedaron impregnados por aquel monstruo.

 

Que Dios lo acogiera en su seno, pero en realidad le deseaba que padeciera en el infierno, mil veces cada día desde su muerte durante mil años, aquellos injustos y viles castigos y abusos que tanto les hizo sufrir a ambos de forma tan injusta.

 

Se dirigió hasta la parte trasera de la casona y, si bien se encontraba medio oculto por la madreselva que había invadido la casi la totalidad de la pared exterior, enseguida encontró el acceso. La puerta, estrecha y acristalada con dos minúsculos ventanales, de una madera ya podrida y sin apenas vestigio de la pintura que en mejores tiempos luciera, estaba desvencijada, pero aún ofrecía la posibilidad de dar acceso al interior. Supuso que costaría algo de trabajo abrirla. Se dispuso a hacerlo, pero cuando tomó en sus manos su batiente y comenzaba a intentar su apertura esperando alguna dificultad, se encontró con la sorpresa de hacerlo sin esfuerzo franqueándole el camino, libre a su intromisión.

 

No se lo pensó dos veces y entró, pero le extrañó mucho esa pasmosa facilidad para acceder al interior. Le pareció haber vivido ya otras veces aquella sensación… Era curioso… De no ser por lo abandonado del lugar, daba la sensación de que aquella entrada hubiera sido usada antes por alguien conocedor de su existencia y después ocultada de la mejor manera posible para no levantar sospechas. Pero acabó por desechar la idea; no era posible que alguien se atreviera a entrar en aquella ruinosa casa de locos, ni siquiera para guarecerse de las inclemencias del tiempo.

 

Aunque todavía la tarde aguantaba los últimos rayos del sol, el pasillo que antecedía se mantenía en una oscuridad absoluta. Dejó que sus ojos se acomodaran al ambiente mientras intentaba hacer memoria de aquellos pasillos que durante sus años de niñez supusieron para él lo más parecido a un hogar, el único hogar que conoció en su vida. Hasta donde alcanzaban sus recuerdos, sabía que siguiendo recto daría con las cocinas y, tras ellas, el rectangular salón donde a diario los tutores reunían a los cuarenta y nueve huérfanos con que contaba el orfanato, niños y niñas separados en mesas diferentes. Allí se repartían las raciones de supervivencia en las respectivas escudillas desde las cuatro ollas de barro donde se preparaba el ágape a base de aquella insípida sopa, ora de tripas de cordero, ora de patas de gallina, las veces más felices migada con algo del pan duro de centeno sobrante que el orfanato recibía de los lugareños para "ayuda" de los niños acogidos.

 

Para ellos no había nada más, y a veces ni siquiera eso...

 

¡Tiempos de dolor y hambre...!

 

(Continúa...)


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