Deseo y peligro en la montaña de Japón

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       El verano en Japón es caluroso en la región de Kansai y aquel año no fue una excepción. El sol se colaba por la ventana cerrada mientras un gran ventilador de pie, silencioso, movía el aire del pequeño salón.

"Hanabi" dijo Airi mirándome a los ojos. 

"Hanabi.... hanabi... ¡ah! Fuegos artificiales" respondí con expresión de victoria.

    Mi amiga japonesa suspiró y haciendo un esfuerzo por hablar mi idioma dijo con acento.

"Fuegos artificiales ¿que es? En tu pueblo... sí"

          Sus palabras sonaban a reprimenda. Y entonces recordé que debía pensar en japonés y mi mente olvidó el español por un instante y se centró en las imágenes. Visualice esas flores de fuego* que había visto tantas veces en las películas y que adornaban las cálidas noches niponas durante los festivales.

Eran bonitas. 

Y dije.

"Hanabi kireinaaaa"** aspirando ligeramente la "h".

La profesora sonrió.

    Ella si que era bonita. Llevaba el pelo negro recogido en un moño y vestía una yukata*** de color azul cielo llena de motivos florales. Me había invitado a su casa en Kioto, y habíamos pasado unos días disfrutando de la gastronomía local.

"Mañana vamos a la montaña. ¿Tienes todo preparado? - dijo en inglés.

           El tren se esforzaba subiendo la montaña. A ambos lados, en pendiente, los árboles se aferraban con sus fuertes raíces a la ladera. De vez en cuando se veía una corriente de agua, un pequeño arroyo asomaba fluyendo entre rocas o un estanque salía unos instantes de su escondite verde para exhibir su belleza.

         El hotel se encontraba a unos cuarenta y cinco minutos caminando de la estación de destino. La temperatura, varios grados inferior a la que había abajo, se agradecía. Cargados con las mochilas de montaña seguíamos el sendero al lado del río. De repente comenzó a llover y el olor a tierra mojada lo inundó todo. Unos minutos después el sol encontró su camino entre las nubes dibujando un arcoiris. 

       El día siguiente amaneció claro aunque la previsión meteorológica, hablando en probabilidades, no descartaba chubascos. Desayunamos fuerte y nos vestimos para ir de excursión. Agua, protección solar, impermeables y un pequeño botiquín con tiritas, alcohol e ibuprofeno formaban parte del equipaje.

      Al principio todo fue bien, los paisajes eran bonitos, las fuerzas y el entusiasmo estaban intactos. Pronto llegamos a la primera meta, el lago era espectacular. 

- ¿Seguimos? - preguntó Airi con dudas mirando al cielo.

Unas nubes, todavía lejanas, se estaban formando.

      Dudé. Pero no quería quedar mal. Pude preguntarle si estaba cansada, yo lo estaba, o simplemente inventarme una excusa y pasar con ella un tiempo en aquel lugar. Sin embargo me deje llevar por los cantos de sirena. Solo unos metros (bastantes metros) más alla la montaña se reflejaba en el río y una pequeña cascada natural pintaba un cuadro paradisiaco. Imagine, porque solo estaba en mi imaginación, que la japonesa y yo tomábamos un baño en aquel lugar salvaje y...

- Vamos. - dije decidido.

Ella, con cortesía japonesa, me siguió.

       El cielo se oscurecía a medida que el sendero se hacía más traicionero. A punto estuve de resbalar en dos ocasiones y Airi, casi se precipita por un terraplén. Otro, con más luces que yo, hubiese desistido, aunque solo fuese por responsabilidad, pero estaba cegado por llegar a la tierra prometida.

Airi lo vio primero.

Una huella de animal grande. 

       No tuvimos mucho tiempo para jugar a las adivinanzas. Se oyó un trueno y luego resonó un rugido.

Airi, consciente del peligro, se agarró a mi. Su cuerpo temblaba.

          En otro momento cualquiera, aquel roce hubiese sido un sueño hecho realidad. Pero saber que aquel animal andaba suelto, quizás cerca, pasó a ocupar el primer puesto en la escala de prioridades. 

Supervivencia.

Un nuevo rugido. Más cerca. 

       Airi, de nuevo, fue la primera en verlo. Era un oso negro, grande, muy grande... y lo peor de todo es que venía hacia nosotros.

           Miedo, un miedo que paraliza, un miedo que no deja pensar, se apoderó de mí. La chica intentó escapar, pero no pudo zafarse de mi mano que, en ese momento, agarraba su brazo con fuerza. 

        El oso pasó muy cerca, si en ese momento hubiéramos echado a correr, quien sabe lo que hubiese ocurrido.

     Por suerte el animal siguió su camino y se perdió entre los árboles.

      Minutos después, con el recuerdo del susto pasado. Me di cuenta de que todavía sujetaba a mi compañera por el brazo y la solté.

- Lo siento, ¿te he hecho daño? Claro que sí, que pregunta más tonta... yo...

Ella pareció notar su brazo por primera vez, dibujando una mueca de dolor. Luego respondió.

- Sí, me has sujetado con fuerza, pero quizás... quizás me has salvado la vida.

- ¿Quieres ir todavía a la cascada? - me preguntó a continuación.

No tardé en responder.

- No, lo más sensato es que volvamos. -

Tras caminar unos minutos ladera abajo.

- Lo siento... yo... si te hubiese pasado algo, yo... - dije a punto de llorar.

Airi paró a mi lado y me abrazó.

Su cuerpo cálido, el aroma de su piel, el gesto en sí.

- ¿Mejor? - me dijo sonriendo.

- Gracias. - dije. 

Nota: Hana-bi se representa con dos idiogramas o kanji en japonés, el de flor y el de fuego. Una yukata es una especie de kimono ligero para el verano, mucho más sencillo. La frase "hanabi kireinaaa" puede traducirse como los fuegos artificiales, son tan bonitossss. En Japón hay montañas con osos negros, normalmente no se acercan a la gente, pero cuando lo hacen, combiene mantenerse alejado de ellos para evitar el peligro.


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