M, mi primera madura (V) - Arco de la condena (parte II)

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Jadeando como una fiera, fui detrás de ella, con sutiles empujones a su habitación, ella me correspondía acercando sus nalgas a mi cadera y controlando mi ansía, usando uno que otro beso perdido, apenas recuerdo haber notado que la puerta de la alcoba de F y J estaba abierta, pero nada me importaba más que arrancarle aquel vestido azul a M que me tenía como un animal rabioso. Ella atrancó la puerta con llave y la corrida inició.

Se sentó al borde de la cama, abriendo discretamente sus piernas y poniendo sus manos entre los muslos, su postura recta y los pechos turgentes combinados con una expresión extraña, mezcla entre años vividos y curiosidad malsana, daba la imagen de una fémina plena y empoderada, aquella que podría comerse el mundo sin llegar a corromperse por este, era como si la viese no por mis propios ojos sino mediante algún tipo de barrera, o mejor, una pantalla; bendito invento capaz de acercarnos a las realidades más absurdas y distantes, de engañar al más reacio ante cualquier idea haciendo uso de juegos de lentes y encuadres de cámara, donde todo se ve bien aunque nada lo esté; sin embargo, era el momento de descarnar la poesía y las ilusiones.

Mi ropa estaba sucia con tierra, de aquella tarde acostado en el campus, me la saqué de encima y la puse junto a la puerta. Nos vimos entonces, yo de pie y desnudo frente a ella, que permanecía sentada, me deslicé de rodillas hacia sus piernas, a las que inicié dándoles suaves besos y mordidas, mientras que, mis manos buscaban meterse bajo su falda, sus piernas estaban duras y musculadas. -- «Esta yegua podría matarme de una patada si quisiese» pensaba; ella por su parte pellizcaba sus pezones, me encantaba que jugase con sus tetas.

Mis manos finalmente llegaron a su tanga; mediante juegos con los dientes y la lengua, levantaba su falda; me tomaba el tiempo necesario para hacerlo. De chico siempre tuve aquella fantasía de poseer a una hembra partiendo desde su falda. -- «¡Que eso no se hace!, debes de ser respetuoso con las damas ¡Deja de verles las piernas a las chicas!» decían los maestros en el insti porque para ellos era elemental no solo enseñar sus asignaturas sino también difundir el respeto y las buenas costumbres; o tal vez solo eran las ínfulas de la edad que constituían la base para promover un discurso mediocre, porque ni siquiera se lo creían ellos mismos.

Aún recuerdo al buen profesor Fernando R, un destacadísimo docente de matemática aplicada que por aquel entonces enseñaba en el décimo grado; tendría veintiocho en esa época, sin embargo, aparentaba mucha más edad, se vestía con saco y corbata, peinado hacia atrás, sin gracia alguna, pero pulcro; se sabía por los corredores que estaba liado con una docente de idiomas algo mayor que él y cuyo nombre escapa de mi memoria, no obstante, a quien si tengo presente de vez en cuando, deambulando por mis pensamientos, es a Jimena, era la chica más alta de mi clase, cabello rubio, piel blanca y tersa, brazos delgados, cintura de hormiga y pechos apenas visibles, todo este conjunto se complementaba perfectamente con una sonrisa de femme fatale y unas piernas fornidas que no tenían nada que envidiarle a M; tal vez era su antítesis, o una variación. Por alguna razón nunca generó algún tipo de interés sexual en mí, sin embargo, sabía de primera mano que esta chica era el diablo en falda paseándose por los salones, si algún profesor hubiese tenido que impartir lecciones de educación sexual en ese entonces, ella de seguro lo sentaba en su silla para peinarlo y mostrarle lo neófito que era frente a semejante alumna.

Durante cada clase de matemática; y no sé por qué, el profesor Fernando se cansaba de escribir sobre el tablero; por no decirlo de otra forma, y Jimena era quien pasaba de forma involuntaria a terminar de redactar las fórmulas, resolver ejemplos y ejercicios, aunque la verdad, no se le daban muy bien los números; que puedo decir, era muy rico ver a semejante pibón; que, por alguna razón, nunca le bajaba el ruedo a su escocesa; rellenando de símbolos la pizarra, de arriba hacia abajo. Todo un manjar para los ojos, sin duda mis compañeros de clase pueden dar fe de aquello y cómo no, también Fernando; cuya pericia me sorprendía de seguido. Sentado en el escritorio ubicado en la esquina del salón, miraba al auditorio de soslayo para constatar que la clase prestaba atención al tablero; luego, se llevaba la mano izquierda a los huevos y los rascaba con diligencia, usando los tres dedos del medio. Una breve sonrisa socarrona escapaba de su rostro cada vez que Jimena se veía obligada a romper su fina postura de a poco para poder escribir en la parte baja del pizarrón.

Habrá quien juzgue de impúdico este comportamiento, no puedo defenderlo y tampoco es de mi interés, pero no puedo quitarle el morbo que había presente en esas pequeñas acciones, las cuales configuraban en la mente de muchos en el salón y fuera de éste, la fantasía onanista de levantarle la falda a esa o alguna otra fémina; sea joven o entrada en años y empotrarla contra una pizarra o simplemente un muro para luego desgarrarle la ropa interior a punta de verga dura, a ritmo parejo y sin contemplación. 

Continua...


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