Un crimen vulgar (1 de 2)

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Ese caso, lamentablemente, le tocaba muy cercano; fue por ello que pidió a su inspector-jefe Steel hacerse cargo de su investigación procurando no ponerle al corriente de unas ocasionales relaciones que nada tuvieron que ver con el luctuoso suceso. Unió al expediente las pruebas forenses y mantuvo la nota entre sus manos dejando correr sus pensamientos en busca de algún indicio que hubiera podido escapársele. Parecía que todo estaba claro; pero había algo que no le cuadraba en aquel rompecabezas, aunque era consciente de que aún debía esperar el resultado de las pruebas dactiloscópicas para poder cerrar el caso. El crimen, como tantos otros cuyo origen estaba casi siempre en los típicos celos, era tan deprimente como vulgar: hombre despechado mata a la mujer tras enterarse de su aventura con otro… Siempre había algo de esto, lo sufría en sus propias carnes, aunque él nunca podría llegar hasta ese final. Muerte por estrangulamiento. Era evidente que el individuo no se había parado siquiera en ocultar las pruebas que le incriminaban como autor del asesinato. Sus huellas dactilares aparecían por todas partes: en la pitillera encontrada al lado del cadáver, en el cuello de la mujer, en el pomo de la puerta de entrada a la casa y, por su fuera poco, hasta en el teléfono desde el cual había tenido la osadía de llamar a la policía para denunciar su propio crimen.

Tenía toda la pinta de ser un tipo desesperado, se dijo. Y, para colmo, aquel enigmático mensaje que tenía entre sus manos, enviado a su nombre esa misma mañana en sobre cerrado y escrito sin firma alguna en la característica tipografía informática: “Inspector Mc’Cully: Por fin he tenido el coraje de hacerlo… Le hablo de la putita de Cotton Avenue…

Siempre escuchaba los mismos reproches al llegar a casa. Era entrar por la puerta y no paraba de hablar y hablar, gritando y echándole en cara que nunca se ocupaba de ella y amenazarle con que algún día se marcharía para siempre de su lado. Hacía meses que no hacían el amor. Estaba harto de sus coqueteos e infidelidades; pero la quería y siempre procuraba darle una nueva oportunidad. En muchas ocasiones, al entrar al jardín, la había sorprendido charlando en actitud muy melosa tras el cercado con Elthon Coleman, el alto y atlético vecino de la 1112 que ni siquiera tenía el rubor de ocultar sus libidinosas intenciones y comérsela con la mirada. Quizá a ella le embelesaran sus absurdos y hormonados musculitos, o puede que le atrajera su profesión de actor de tercer nivel en aquellas horrendas películas de la serie B que veía con tanta fruición en la cadena de la televisión local, en las que ni tan sólo era el protagonista secundario.

Él hacía como que no se enteraba… ¿O en realidad era su asquerosa cobardía quien le impedía cortar definitivamente aquellos devaneos estúpidos…? Se sabía débil, incapaz de cometer tropelía alguna, pero algún día tenía que despertar de aquel mal sueño, armarse de valor y afrontar la realidad. Aquello le estaba haciendo perder su dignidad. Necesitaba ayuda, y no sabía a quién acudir. Todo estaba roto entre los dos, era consciente de ello, pero no tenía la suficiente entereza como para plantear el divorcio sabiendo que después caería en la más profunda locura tan sólo con imaginarla enroscada y concupiscente entre las sábanas del lecho de otro.

Aparcó el Ford frente a la entrada y abrió la cancela con cierto recelo… Antes de entrar al jardín se prometió que ese mismo sábado arreglaría de una vez por todas aquel maldito número cuatro que se empeñaba siempre en girarse al contrario de su posición correcta. “El 1114 era un bonito número” -se dijo.

En el 1136 de Cotton Avenue el improvisado encuentro se había convertido en una especie de bacanal en la que el alcohol y unas cuantas rayas de coca propiciaron esas situaciones que, con cierto cinismo, los más educados podrían calificar como “no muy decorosas”. Pese al frío reinante, el fornido varón salió riendo completamente desnudo del interior de la casa y se lanzó a la piscina climatizada para intentar aplacar sus exacerbados deseos biológicos; mientras, en el interior del salón, la mujer, también completamente desnuda, borracha hasta las cejas y tendida sobre la alfombra, hacía resoplar una especie de burda corneta hecha con el papel de aluminio con el que apenas una hora antes el hombre se había afanado en modelar a modo de cuenco uno de sus blancos senos y usarlo como improvisada copa del champán que había contribuido a llevarles hasta ese paroxismo. La grotesca escena se vio interrumpida de pronto por un repentino apagón y todo quedó en silencio. Casi de inmediato, el hombre salió del agua envuelto entre densos vapores y con sumo sigilo cruzó vacilante el jardín y entró de nuevo en la casa por la puerta trasera protegido por la oscuridad…

“… ¿Sabe…? Al principio creí que me iba a resultar imposible llevarlo a cabo… Dicen que la primera vez es la más difícil, pero le puedo asegurar que no es cierto. Me he sentido libre al hacerlo, libre como un pajarillo. He descubierto que somos animales dispuestos a todo, incluso a solazarnos con el terror del otro, en disfrutar del último hálito de vida que escapa por esa otra boca ansiosa de una bocanada de aire que nunca llegará a entrar en sus pulmones… Le puedo asegurar que es delicioso, que lo he disfrutado; y créame… ha sido por una causa justa…

Aquel individuo estaba loco, no cabía la menor duda. Dejó por un momento la nota encima del escritorio y tomó un largo sorbo de café. Pronto llegaría por fax el resultado de las huellas y estaría en situación de solicitar al juez su orden de arresto.

“… Es un caso vulgar pero interesante, ¿verdad, inspector…? Me alegra que lo disfrute; sé muy bien que a usted le encantan estos sutiles rompecabezas. Su mente trabaja lenta pero segura, lo sé, le conozco bien. Es usted listo y no le costará mucho descubrir la identidad del asesino… Les he dejado piiiiistas… ¡Suerte, amigo!

(Continúa...)


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