Un paseo, un sueño

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UN PASEO, UN SUEÑO

 

Aunque hace mucho frío, no deja de ser agradable pasear por las húmedas y empedradas callejuelas de Praga.

A pesar de lo abrigada que vas, te aprietas contra mí mientras caminamos. Me dices que te gusta más sentir mi calor.

Será por eso que solo llevamos puesto un guante en una mano: - "para sentirnos la otra".

- "¡Qué ideas tienes, amor!" - te digo casi susurrando

Sonríes cuando, con cara infantil, contemplas esa tienda de juguetes de madera de la calle Karlova y solo cierras los ojos y acercas tu mano a mi cara cuando sientes un beso de mis labios en tu sien. Me enternece verte mirar tiernamente esos juguetes. Ya no son de artesanía y lo sabes... pero: - "¡son tan bonitos!". Que diferencia con los de ahora. Nos quitan el poder de la imaginación y seguro que cuando crecemos no nos acordamos de ellos. Seguimos paseando hasta la orilla del Moldava. Cuando llegamos nos apoyamos en la baranda. Te quedas hipnotizada. El río. El puente de Carlos. La figura omnipresente de la catedral y...

- "¡¡¡ mira... cisnes!!!!!!".

De nuevo la niñez vuelve a tus ojos humedecidos por el frío y me pides que te bese... ¿por qué esa extraña combinación que siempre ejercen los cisnes sobre el amor?.

Nos besamos. Un beso apasionado como buscando esa cercanía que el clima permite y hasta exige.

Me encanta como acaricias mi nuca cuando nuestros labios y nuestras lenguas entran en una lucha que no importa perder.

Seguimos caminando hacia el puente y en una papelera encuentro un trozo de pan. Te quedas mirando extrañada cuando me ves cogerlo.

- "¿Quieres darle de comer a los cisnes?" - te pregunto adivinando cuál será tu respuesta.

- "¡Siii, mi amor!" - me respondes con voz aniñada.

Entramos en el puente de Carlos.

- "Es majestuoso ¿verdad?" - te digo mientras lo observas totalmente admirada.

Sus estatuas, sus vendedores ambulantes, sus músicos. Todo forma un conjunto del que no pueden escapar los sentidos. Te paras en todos los puestos. No quieres dejar nada por ver o por tocar. De repente nos llega el sonido armonioso de un saxo. Tratas de adivinar de donde puede venir hasta que te digo que es un señor que se pone debajo de uno de los ojos del puente. Supongo que prefiere más estar a solas con su música que no las pocas monedas que le puedan echar sobre el concurrido puente. Una vez hemos atravesado el río tiramos por las callejuelas de la derecha. Me preguntas donde vamos y te digo que a una especie de pequeña playa donde están los cisnes y patos. Son calles silenciosas, casi desiertas hasta que de pronto... la playita!.

Es un recodo de río, sin nadie que perturbe su paz. Solo ambientado por los grajeos de los patos y cisnes que al vernos se acercan como si adivinaran que en la otra orilla habíamos recogido pan de una papelera. Al ver como caminan hacia nosotros, con ese bamboleante movimiento, se te escapa tu risa de niña y con tu dulce voz (¡¡¡ tu voz !!!) me preguntas con los ojos muy abiertos: - "Amor... no nos morderán ¿verdad?". Pero no te fías y escondida detrás de mi arrojas el pan a todos, que no dejan de formar un barullo tremendo tratando de llevarse el mendrugo más grande. Y tu risa de niña me llega.

Se nos empieza a hacer de noche y volvemos al hotel. Está situado al lado mismo del puente de Carlos, en la isla de Na Kampe. Es un hotel antiguo, muy adecuado a la zona donde se halla. Austero y elegante a la vez. Nada más entrar nos invade el contraste de temperatura con el exterior.

Entramos en nuestro cuarto y sin pensarlo un momento... como en el juego al que todos jugamos de pequeños al regresar de un día de playa y siempre gritábamos..."yo prime", te desnudas y te diriges al cuarto de baño, a tomar una ducha muy caliente, sobre todo, para calmar el cuerpo del no acostumbrado frío. Cuando sales, totalmente desnuda, te encuentras con un té casi hirviendo que he ido a buscar, sin que lo supieras, al bar del hotel. Lo tomamos muy calmadamente, sorbemos mientras acariciamos la taza sin decirnos apenas nada y haciendo gala de una perfecta sincronía.... al terminar, nos dirigimos a la cama. Hacemos el amor, más que por una necesidad sexual, por una afán de acercamiento, de relajar nuestros cuerpos y músculos exhaustos tras un intenso día de frío y cansancio. Nos movemos acompasadamente, sin prisas, como temiendo que el placer, que llegará, suponga el fin del momento. Cuando este se produce, nos mantenemos unidos, evitando que el calor que hemos generado se evapore. Solo el roce de nuestros labios supone el único movimiento. Te giras sobre ti misma y me das la espalda. Continuas unida a mi hasta que de repente... tomando el suave y liviano edredón para cubrirte... te diriges a la ventana y me llamas: - "Cariño, ven... han encendido las luces del castillo". Me acerco hasta donde estás y contemplo como el brillo de la imponente catedral y sus vidrieras de colores, lo inundan todo y el mismo reflejo que se posa sobre las aguas del Moldava, tiñe también de policromía tus bellos ojos marrones.

Te beso en la cara... y me respondes con la más dulce de las miradas, mientras tu mano acaricia mi cara y el edredón deja al descubierto uno de tus pechos

 


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