Quizás para entender la vida sólo hacía falta eso

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 El niño no dejaba de llorar y la niña que lo acompañaba miraba al suelo con mucha tristeza. 

 —¿Por qué lloras niño? —le pregunta la niña mirándole de reojo.

 El niño respira más calmadamente, tratando de no seguir llorando y dice con frustración:

¡¡¡Quiero destruir la realidad!!!... Pero no sé cómo...

 La niña le contempla con compasión y ternura y, sonriéndole, le abraza con amor. Al dejar de abrazarle, ambos ya no son niños, sino un par de ancianos sentados en el primer peldaño de una escalera: han transcurrido ochenta años. El anciano se mira las arrugadas de sus manos y llora amargamente otra vez. 

 —¡¡No lo entendí!! ¿Puedo tener una segunda oportunidad? Por favor —le suplica llorando a la anciana. 

 —Lo siento —responde esta, a quien se le empieza a aguar los ojos, y le extiende la mano para llevárselo. Él asiente con la cabeza —ha dejado de llorar— y le sigue escaleras arriba para nunca más regresar. 

                            Fin

 


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