ENTREVISTA CON EL DEMONIO (3 de 6)

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Al abrir los ojos estaba fuera de mi casa; fuera de mi cuerpo. Viajé lejos de allí, y enseguida abandoné mi ciudad. Atravesé selvas, ríos y mares. Viajé a otros mundos, más allá de los desiertos, volando a la velocidad del pensamiento.   De pronto vi una luz en medio de un campo, se trataba de una antigua taberna. Ingresé, y en el centro del lugar estaba Astaroth en una de las mesas. Aquel demonio grotesco estaba sentado acompañado por dos mujeres, una a cada lado. Tenían rostros deformes y cuerpos voluptuosos, y ambas lo acariciaban con lascivia. Astaroth estaba jugando a los dados, y entonces tomó un par de ellos con su garra desproporcionada y los lanzó sobre la mesa. «Siete» me dijo, «Perdiste».   El suelo bajo mis pies se derrumbó, y caí en un infierno resquebrajado con lava ardiente debajo. Era un escenario desolador, lleno de almas arrastrándose suplicantes, prisioneras de sus deseos y obsesiones. Un ser se paró frente a mí, se trataba de Azazel. Era un demonio de piel blanca, cabello negro y lacio, cuernos, y unas enormes alas retráctiles. Tenía nariz aguileña y unos ojos amarillos que parecían leerme el alma. Fue tan fuerte la sensación de tenerlo frente a mí, que debí apartar la vista por un momento. Volví a mirarlo y me di cuenta de que aquel demonio no era más que mi reflejo en un espejo. Estiré la mano, y al tocarlo con las puntas de mis dedos el espejo se rompió, y aparecí en una llanura que se extendía en todas las direcciones.   De la tierra surgieron unos individuos enmascarados que danzaron a mi alrededor, haciendo movimientos similares a los de un mimo. Sus máscaras eran todas iguales, de color rojo vivo, a excepción de una que tenía una enorme sonrisa pintada. Los sujetos se quitaron las máscaras mostrándome que no tenían rostros, pero el de la sonrisa pintada aún la llevaba puesta y continuaba bailando. Al sacarse la máscara lo pude ver: era el Wingakaw: una enorme bestia con partes de múltiples animales. Abrió sus fauces engulléndome, y en ese instante desperté.   Al regresar del trance vi el libro sobre mis muslos, estaba abierto exactamente en la última página.   Lancé el ejemplar al suelo y subí las escaleras hasta mi habitación como preso de un embrujo. Allí estaba Adriana durmiendo. La observé, observé su rostro, su cuello…, todo su cuerpo; jamás la había deseado tanto. Mi pulso se aceleró, y al respirar sentía cómo se me inflaba el pecho.   Se trataba de mi esposa; la madre de mi hija. Pero nada de eso me importaba. No deseaba hacerle el amor, estaba en búsqueda de algo más brutal.   Nuestra vida sexual se había aplacado con los años, y más de una vez conversamos sobre el hecho de que haber formado una familia nos dificultaba vernos como objetos de deseo. Pero estoy seguro de que Adriana tampoco habría querido que yo la mirase como lo hice aquella noche.   No me importaba quién era; es más, tampoco habría hecho diferencia si ella se hubiera negado. Me acerqué a la cama y quité la sábana. Vi sus piernas desnudas y bien torneadas, y mis latidos se intensificaron más aún.   Me puse sobre ella y me acerqué a su oído:   –Te voy a coger.   Adriana despertó y frunció el ceño. Intentó decir algo, pero enseguida apreté sus senos. Tenía puesta una vieja remera que había sido mía, y se la saqué para poder besar y morder su piel.   La penetré con fuerza, cada vez más rápido, mientras respiraba y sudaba sobre ella:   –¡Ay, no puedo más! –dijo Adriana más de una vez.   Pero aquella frase, mezcla de cansancio y éxtasis, me ponía más caliente.   No veía nada concreto a mi alrededor, solo había sombras y figuras dibujadas por las luces de la calle. Los jadeos de Adriana sonaban cada vez con mayor intensidad, los sentí envolverme junto con las imágenes que comenzaban a tomar formas monstruosas, mientras yo seguía penetrándola sin descanso. Terminamos tarde, y apenas dormimos para despertarnos a las siete de la mañana.   Adriana se levantó cansada, pero yo me sentía renovado.   Durante el desayuno la noté con un mejor humor que los días anteriores:   –Viniste con muchas energías anoche –dijo– ¿Pasó algo en particular?   –Sí…, tendré una entrevista para un trabajo este viernes. Luego te cuento bien.   Jamás le había mentido a mi esposa, sin contar las ocasiones como cuando le dije que el café no estaba frío o cuando me preguntó si había recuperado su forma tras haber tenido a nuestra hija. Sin embargo, aquella vez sentí la necesidad de hacerlo, solo deseaba sacármela de encima para poder hacer mi investigación en paz. Incluso la odié un poco en el momento en que me hizo esa pregunta.   –¡Qué bueno, papi! –dijo Giselle con una sonrisa.   Intenté sonreírle, pero no pude, y enseguida di un sorbo a mi café para cubrirme el rostro.   Ese día regresé a la tienda de mi amigo, llevando el libro para que se lo pudiera vender al sujeto de la secta.   –Ese tipo está loco –dijo Luciano mientras buscaba el número de teléfono–, y tiene unos ojos saltones que me dan escalofríos.   Luego de encontrar el número lo llamó:   –Hola, soy Luciano –dijo mi amigo al teléfono–; el de la librería de la calle 7. Ayer me vendieron una caja llena de libros viejos y no me vas a creer, pero entre ellos tenía una edición del Tacet Larvis. No sé si te interesa, puedo vendértelo por...   Luciano guardó silencio; el sujeto había cortado la conversación.   –¿Qué te dijo?   –Dijo que viene para acá.   ... ...continúa en la cuarta parte...


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