La enfermera

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Hace algún tiempo estuve ingresado por una operación. Así que acabé con una herida en el vientre, unos cuatro dedos por debajo del ombligo, que las enfermeras debían vigilar y curar todos los días. Normalmente esto sería algo desagradable y que deseas que acabe enseguida, pero lo que me pasó una de las noches en el hospital hizo que todo mereciera la pena.

Aquella semana había una enfermera en el turno de noche que era muy cariñosa. De cuerpo ancho y rostro redondo, llevaba el cabello negro recogido en un moño. Siempre que venía tenía algún comentario cariñoso para mí, lo cual me hacía esperar sus visitas con anticipación.

La noche en cuestión estuve solo en la habitación. El tipo que había estado ocupando la otra cama, había recibido el alta y aún no habían vuelto a ocuparla. Fue la única noche que pasé solo y lo agradecí. Pude ver lo que quise en la televisión y dormirme cuando me apeteció, sabiendo que no me despertaría mi compañero con quejas o con llamadas a la enfermera.

A mitad de la noche me desperté con una sensación de tirantez y dolor en la herida. Presioné el botón de llamada y poco después entró la enfermera con una sonrisa en el rostro.

-¿Qué ocurre? -susurró desde la puerta.

Le expliqué lo que me ocurría y se acercó a la cama, sin encender ninguna luz en la habitación, iluminados sólo por la luz que entraba del pasillo.

-Vamos a ver.

Yo aparté la sábana descubriendo mi cuerpo cubierto por el típico camisón de color blanco atado a la espalda. Para que pudiera acceder a la herida, me subí el camisón hasta la cintura. No llevaba nada debajo del camisón, así que mi pene quedó al aire. Claro que ya estaba acostumbrado porque siempre que me hacían una cura dejaba mis genitales a la vista, así que no le di importancia.

Ella se inclinó sobre mí y empezó a quitarme el apósito que cubría la herida y los puntos. Lo hizo tan bien que no me dolió nada.

-Parece que está bien -dijo.- Espera.

Se marchó y al momento regresó con un algodón empapado de yodo y un apósito nuevo. Con golpecitos embadurnó la herida con el iodo. Lo hacía con la mano izquierda y mientras apoyó la derecha debajo de la herida, rozando mi pene. En un principio no me percaté, pero cuando sentí que este empezaba a crecer, me di cuenta de que su mano sin guante estaba rozando mi pene.

Cuando acabó con el yodo aplicó el apósito y al frotarlo para asegurarse de que estaba bien pegado, su antebrazo frotó mi pene haciendo que creciera rápidamente en una erección completa.

-Perdona... -dije avergonzado.

Ella me miró sonriendo y dijo:

-No pasa nada -y después de decir aquello volvió la cabeza para mirar mi pene al tiempo que continuaba frotando el apósito. Ahora que tenía una erección, mi glande se apretaba contra su antebrazo y al moverlo me produjo mucho placer.

-Aaahh -se me escapó un gemido.

La enfermera me volvió a mirar, mordiéndose el labio inferior. Yo no podía dejar de mirar aquellos ojos grandes y negros, con sus largas pestañas. Y me di cuenta de que sus mejillas estaban coloradas.

Levantó la mano izquierda y se puso el dedo índice encima de los labios, en el símbolo universal de silencio, mientras su mano derecha descendía desde el apósito hasta mi pene erecto, que saltó ante el cálido tacto de su suave piel.

Yo, por supuesto, asentí sin emitir sonido alguno.

Entonces empezó a mover la mano, arriba y abajo, masturbándome, mientras no quitaba sus ojos de mi ni un instante. Parecía excitarse de ver mi rostro de placer.

Continuó un rato de aquel modo, cambiando el ritmo, ahora despacio, subiendo hasta el glande y bajando hasta la base de mi pene, ahora rápido haciéndome sentir que estaba a punto de explotar.

Después, se inclinó hacia mi rostro y colocando sus labios casi pegados contra mi oreja me susurró sin dejar de masturbarme:

-¿Quieres que la coma?

Yo agité mi cabeza asintiendo y ella me miró soltando una risita. Dio un paso hacia los pies de la cama y se inclinó sobre mi pene, sin dejar de mirarme con aquellos ojos grandes. Separó los labios y sacó la lengua lamiendo mi glande que ya estaba humedecido por el líquido preseminal que había brotado mientras ella me masturbaba.

Empezó a chupar mi glande con los labios como si se tratase de un polo o de un chupa-chups, sin dejar de masturbarme con la mano. Su redondo rostro bonito me miraba con la punta de mi pene dentro de su boca, sus labios succionando y su mano frotando arriba y abajo el tallo de mi pene.

Enseguida llegué al orgasmo, y de mi pene brotó semen en tres explosiones. La primera pilló a la enfermera desprevenida y le dio en la mejilla. Abrió los ojos como platos, por la sorpresa, pero rápidamente metió mi pene en su boca a punto para el segundo y el tercer disparo de semen, que tragó tan pronto lo tuvo en la boca.

Se pasó la lengua por los labios y con un dedo recogió el semen que tenía en la mejilla y se lo metió a la boca, volviendo a tragar. Después apretó mi pene desde la base, subiendo despacio para que saliera todo el semen que se hubiera quedado por la uretra. Una gota brotó y la succionó. Repitió la operación dos veces más, hasta que dejó de salir semen de mi pene.

Volvió a pasarse la lengua por los labios. Dejó mi pene, que empezaba a desinflarse, sobre mi vientre con delicadeza y me bajó el camisón. Se irguió y tras guiñarme un ojo, se marchó de la habitación, cerrando la puerta.


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