Gánsteres 2: "El Rayao"

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Thomas tenía toda la razón: yo carecía de la madera de un hampón.

Él presumía siempre del viejo calibre 45 que escondía tras la chaqueta; y, aunque a veces dejaba ver el lustrado cuero de la sobaquera que la contenía, era muy celoso de que el metal del arma jamás viera la luz del más mínimo foco. Decía que era como una bella mujer a la que había que cuidar su brillante desnudez, evitarle la concupiscente mirada de los demás, que el hecho de verla tal cual debía ser la única y última ocasión en que pudiera descubrirla el desgraciado de turno que se hubiera ganado el derecho a ponerse frente a su ánima.

Thomas tenía mucha razón: yo no gozaba de esa madera de pistolero que él demostraba poseer.

Vestía con verdadera elegancia el típico traje de chaqueta cruzada, y cubría su cabeza con un negro sombrero fedora que acentuaba aún más los aires de hombre sin escrúpulos que le daba la horrenda cicatriz que cruzaba su cara, desde la ceja izquierda hasta el mismo hoyuelo de su roqueña barbilla. El cristal de aquella botella de bourbon supo hacerle un bonito recorrido facial. Desde entonces, todos le llamaron “El Rayao”. Pero aquello no importaba demasiado, ni siquiera se sentía insultado o compungido por el apodo que dieron a su doliente estética.

Thomas era un tipo duro en el sentido más literal del término y nunca comulgó con mis remilgos hacia situaciones tan extremas como las que él adoptaba.

A menudo, me confesaba que las más de cien muertes que guardaba en el bagaje de su maleta lo enorgullecían. Todos se lo tuvieron merecido por haber contribuido a hacer de este planeta un lugar insufrible para personas tan decentes como él… Su filosofía era un tanto extraña, desde luego; pero en cierta manera tenía sus razones, porque “El Rayao” en realidad se convirtió en matón siendo casi un niño. Apenas había cruzado el umbral de la pubertad cuando tres vulgares ladronzuelos mataron a su padre a navajazos frente a la puerta de su casa para quitarle el maletín que tan sólo contenía una tartera en la que su madre le preparaba el almuerzo que el pobre desgraciado tomaba en la oficina de correos donde trabajaba.

La venganza ciega fue su compañera desde entonces.

Pocos meses después, los tres responsables de aquel vulgar asesinato pagaron con sus vidas la que a él le arrebataron. Pero la ansiosa sed de sangre no se apagó para él en aquel día, ni mucho menos; le siguieron otros, y otros… y muchos otros más a lo largo de casi treinta años.

El Rayao” está muriendo esta mañana. Los estertores frente a la muerte los siento espeluznantes. Mi corazón no ha podido soportarlo, lo ha roto en mil pedazos el último plomo que guardaba la maldita cartuchera. Por fin, ése mi "otro yo" ha entendido que jamás debió tomarse la justicia por su mano, que matar es morir un poco cada vez, que cada bala escupida de esta arma era un boleto más hacia mi particular infierno.

Thomas tenía toda la razón: yo no servía para esto.


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