Gánsteres 1: Gino (1 de 4)

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Cuando Gino dijo que había decidido ser el hombre más feliz del mundo no se anduvo con contemplaciones; el mismo día que cumplía diecisiete años les dijo a sus padres que se olvidaran de él, que estaba harto de ellos, se ahogaba en aquel mundo de carantoñas y dulces cuidados maternales. Decía que el mundo estaba hecho para explorar sus sueños de aventuras y que nada ni nadie le iban a impedir tomar para sí todo lo que la vida ofrecía fuera de aquella prisión paternal; libertad, viajes, dinero, mujeres, los vicios más obscenos que pudieran imaginarse… y hasta el alma del enemigo si fuera necesario.

¡Quería aprender de la vida, encontrar la felicidad...! ¡Aún a costa de la de los demás, si fuera el caso!

Benoni y Assunta le vieron partir esa tarde con su hatillo colgado a la espalda y veinte liras en el bolsillo, sin siquiera ceder un adiós, una sola lágrima, un hipócrita “os quiero”, ni tampoco un mísero beso rogado en los pómulos de sus tristes caras. Sabían que nunca sabrían de él… Y allí quedaron afligidos, sentados frente a frente, mirándose a los ojos, derramando sus lágrimas por un hijo perdido en el río de la incomprensión y del odio.

 Diréis que esta historia ya os suena, que es normal que los hijos se vayan del nido… Y sin duda estáis en lo cierto; la vida está llena de estas decisiones; a veces buenas, a veces muy malas por extemporáneas, y casi siempre sin término medio. Pero si seguís leyendo -no será muy largo, así os lo prometo- veréis que la historia de Gino es algo más compleja, algo que merece sentarse un par de minutos en torno a un corrillo y contárosla sin tontos tapujos.

Pues veréis…

Tras abandonar su casa familiar, Gino anduvo dos años vagabundeando de un lado para otro por las calles de Roma aprendiendo entre sus oscuros recodos esas malas artes que hacen del hombre un preciso instrumento para dañar al hombre.

Su primera escuela fue la práctica que hicieron de carne tierna como él violadores, estafadores, putas, borrachos, ladrones y esa gente de tan malos hábitos que pueblan y curten el sucio empedrado de la pobreza en los bajos fondos… Y de los altos también, aunque éstos más a escondidas.

De esta manera, a los diecinueve, Gino había sido cien veces desvirgado como joven hombre, a veces,  y mujer de reemplazo, en otras, las más; insultado, apedreado, pateado, amordazado, escupido, atado, roto a latigazos, emplumado, robado y tantas inhumanas acciones que sería muy prolijo enumerar aquí. Cuando esto le sucedía, Gino se armaba de valor y lo tomaba como algo útil y necesario para su adecuada formación. Tenía que endurecerse para conseguir su meta: aprender de todo aquello para lograr conocer algún día de qué color era el poder y la felicidad de tenerlo.

 -«Quien no conoce lo malo, no puede conocer lo bueno…», se decía seriamente para su consuelo.

Recordaba a veces la frase de su maestro de primaria, Don Tadeo, cuando siendo él un rapazuelo le oía repetir en el aula de la escuela infantil de Cortina D’Ampezzo aquello tan manido de que “la letra con sangre entra…”, y acto seguido tomaba con seriedad la pesada regla en sus manos yendo con calculados pasos hasta el rincón de castigo donde esperaba temblando el asustado “justiciable”…

Así llegó a entender el verdadero sentido de aquella rigurosa sentencia.

Se decía a si mismo que estaba aprendiendo con todo aquello; lo notaba al recibir las violentas palizas, o al sentir en su cogote el fétido aliento de aquel orondo mesonero frotando su asquerosa verga contra su espalda a cambio de un trozo de pan de desecho… O a la sucia puta de su mujer chillándole que no la tocara (siempre no estando el marido, claro) cuando era ella la que le atacaba al bajarle el calzón en la alcoba, conseguir tumbarle a empujones en su lecho y acomodarse después encima de él a su libre antojo…

¡Qué asco le daba notar aquel pegajoso contacto…! ¡Y su mal olor…!

Pero supo soportarlo. Se obligó a ello en aras a su buscada “educación”. Sentía que con ello aprendía mucho, y así lo llegó a admitir como una lección más del Libro del Buen Saber, como él lo llamaba. Todo por saber; y en pago de sus favores un mendrugo de pan y un piojoso rincón en el mesón donde acomodar sus jóvenes huesos durante las frías noches de invierno. «Ya llegaría el momento de la felicidad buscada…», se decía. Pero, sin apenas darse cuenta, ocurrió que aquellas prácticas anti natura y sucias violaciones le hicieron perder en el camino algo muy importante: su sexualidad, su carta de presentación, la valiosa tinta con la que cargar su varonil pluma y poder escribir con ella a la futura amada cientos de bellos poemas de cama.

Y así fue cómo Gino cayó en una incurable frigidez y se vio abocado a renunciar para siempre al placer del amor carnal.

No importa…», se repetía cuando lo descubrió, «… hay otros placeres por los que lograr la felicidad…»

 

... (Continúa)...

 


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