Gánsteres 1: Gino (2 de 4)

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Anteriormente: Y así fue cómo Gino cayó en una incurable frigidez y se vio abocado a renunciar para siempre al placer del amor carnal.

No importa…», se repetía cuando lo descubrió, «… hay otros placeres por los que lograr la felicidad…»

***

A los veinte, Gino dio muerte al mesonero.

Fue la postrera vez que pretendió hacer de él su fiel potrillo, siempre abierto de patas traseras… Aquella cabalgadura ya había aprendido lo suficiente de la mala compañía, se dijo. Gino había estudiado la ocasión a conciencia y accedió a los libidinosos deseos de aquel cerdo cabrón, pero a condición de hacerlo bien entrada la noche en un pequeño bosque cercano al Monte Palatino. Allí se valió de una vieja garrocha que había en el mesón -robada a un torero español ya retirado, todo hay que decirlo- que sabiamente había escondido en el lugar previamente elegido.

Todo fue muy rápido… Después de que el febril enamorado se bajara el calzón intentando consumar por cien veces ese infame acto con él, tomado en sorpresa de tal guisa, sucia flauta en mano y sin posibilidad alguna de salir corriendo, le asestó tan fuerte golpe en la mugrienta cabezota con la piedra elegida para tan digno cometido que, una vez inconsciente, de casi puro muerto, se la insertó con saña por su roñoso esfínter hasta notarla llegar a las tripas, momento en que lució la faena torera removiendo el arpón a izquierda y derecha, de arriba hacia abajo, en adelante y atrás, notando orgulloso que con ello adquiría un conocimiento nuevo, que seguía aprendiendo, esta vez como aventajado practicante, y no como un vulgar objeto “practicado”…

De la oración pasiva había pasado a la activa en pocos minutos; eso le hizo sentirse inmensamente feliz, pletórico de vida, dueño de otra valiosa experiencia y de un futuro resplandeciente, y se prometió que a partir de entonces había llegado el momento de practicar sólo “en activa”…

Él sería el actor principal del reparto, muy intensamente…

Antes de que me preguntéis, os diré que no se olvidó de la vieja mesonera.

Consideró que, aunque ella había actuado de acuerdo con sus instintos naturales, no olvidó el asco que le había producido haberle obligado a sentir contra su joven cuerpo el íntimo contacto de su rugosa piel…

Duro es contarlo, pero lo cierto es que la estranguló con una de sus medias cuando la muy zorra le tenía de nuevo bajo ella en el lecho gritándole como una loca «¡No me toques… no me toques…!». Le fue muy grato escuchar los últimos estertores que salieron de su desdentada boca, ansiosa de aire que inspirar, las viscosas babas de la ansiedad y su cadavérico rostro tomando el cerúleo color de la muerte…

Después tomó su pequeño hatillo y marchó del mesón silbando por el callejón el himno nacional italiano, notando pletórico en su pecho el orgullo que debía sentir cualquier patriota al vencer por fin a su eterno enemigo.

Al cabo de los días cayó en la cuenta de que había perdido un placer más: el de perdonar. Pero no le preocupó…

Eso me hace más fuerte; no es necesario para ser feliz…», se dijo de nuevo.

Pasaron otros ocho años…

Gino, tras subir los obligados peldaños de la delincuencia más dura, se convirtió en un temido mafioso que dominaba seis de los distritos más difíciles de Roma. Allí se cumplía estrictamente lo que él ordenaba; bares, salas de cine, teatros, circos y hasta el más pequeño ultramarinos se convirtieron en fieles donantes que llenaban la hucha de sus exigencias.

Tampoco se libraron algunos políticos y gente del poder fáctico. La extorsión y las “desgraciadas” muertes de aquellos que se le oponían (con razón o sin ella) se transformaron en sus terapias particulares contra los rebeldes, que además utilizaba casi siempre de forma muy personal e intransferible. Gino había madurado mucho y, además, se había convertido en un guapo hombre cuyas varoniles facciones y elegantes andares volvían locas a las mujeres. Él las cortejaba con envolventes palabras por el simple placer de sentirse superior a ellas y hacerlas sufrir en sus imposibles sueños de tenerle para sí; pero después las ignoraba olímpicamente y lo mejor que obtenían de él en las alcobas eran las dolorosas quemaduras de sus cigarrillos acariciando sus inflados pezones de hembras en celo. De ahí que consiguiera ser conocido en esos corrillos falderos como Gino “Lollofrigido”, utilizando con muy justa intención ese símil con el deformado apellido de una famosa y despampanante actriz cinematográfica de aquella época.

Pero a él no le importaba; aún así era el dueño del gallinero. Hacía y deshacía según sus conveniencias. Sabía que definitivamente había perdido el placer de la bondad. Pero tampoco le importó demasiado…, la bondad se demostraba consigo mismo, y lo importante era tener la dicha del poder sobre los demás:

Ahí está la verdadera felicidad, en el poder sobre las tontas gentes…», se repetía a menudo.

 

... (Continúa...)


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